Golpes…

016

Golpes. No sabe cuando comenzaron, pero cree recordar que ya le pegaba cuando se fueron a vivir juntos, antes de casarse.

Y por más que lo piensa sigue sin sentirse una mujer maltratada, eran bofetones, algún empujón, gritos.
Formaban parte de su rutina diaria. En parte creía que lo merecía.
Después de los golpes, cuando todo se calmaba, alguna vez hasta le pidió perdón.
Perdón por haberle sacado de quicio. El se lo decía: Tu tienes la culpa, y a veces piensa que lleva razón.

Se quieren. Tan solo es que son de caracteres incompatibles.
La psicóloga dice que tiene síndrome de Estocolmo, o síndrome de adaptación paradójica.
Pero ella sabe que la realidad es otra.
Simplemente perdió los nervios, pero la ama con locura.
Ella no es una mujer maltratada como las de la casa de acogida. Ellas si son maltratadas.
Aunque tiene miedo. Miedo porque sabe que cuando vuelva estará enfadado, y con razón, le han dejado solo.
Pero no le puede decir a la psicóloga que quiere volver.

No recuerda el primer golpe, recuerda muchos, y todos con motivos, aquella vez que quemo las lentejas, esas camisas mal planchadas, esos días de nervios por exceso de trabajo, el calor… El calor le pone muy nervioso, irascible.
Y el alcohol. Pero también se pone nervioso si le pide que no beba, eso le ha supuesto varias peleas.
Y cuando el niño era pequeño y lloraba, y ahora que es grande y saca malas notas.
Y los celos. Pero así es el amor, tiene celos de todos, porque teme perderla.

La trabajadora social no tiene ni idea. Qué sabrá ella? Seguro que nunca ha estado enamorada.
Ni sabe lo que es sentirse necesitada.
Porque a ella la necesita.
Y después de cada pelea, de cada golpe, se lo dice.
Te quiero. Te necesito.
Y ella también le quiere, por eso le perdona, porque es el hombre de su vida.

Normalmente no le deja marcas, apenas algún moratón, un resto azulado en la cara, que se tapa con maquillaje.
Un hombro inflamado o la marca de unos dedos en un brazo.
Y es que tiene tanta fuerza! Lo hace sin querer, pierde los nervios y no mide.
Después siempre se arrepiente.

Lo del otro día fue culpa suya. Comenzó a discutir, había llegado una factura de la luz enorme, y cuando la vio al llegar a casa se puso nervioso, olía a cerveza.
La culpó de no tener cuidado, de encender sin medida, de gastona, ella le entiende, el trabaja mucho para mantenerlos, ella le espera en casa.
Pero se defendió, ella se esfuerza mucho también, aunque no tanto como el claro. A el le enfadó que le contestase.
Los gritos dieron paso a los empujones, y a empujones terminaron en el balcón.
Viven en un sexto, el la miró serio y le pidió que saltara.
Estaba muy nervioso, sabe que no lo decía en serio. La ama!
Pero ella se asustó, Y por primera vez, se defendió, le apartó de un manotazo, apenas le dio en un brazo.
Pero importa la intención, quería defenderse, no, quería pegarle. Y claro, se volvió loco.

Y comenzó a golpearla una y otra vez, y otra, y otra, y otra mas, hasta que cayó al suelo.
No recuerda más.
Los vecinos habían avisado a la policía.
Y tras dos días de hospital acabo aquí, en una casa de acogida donde ya habían llevado a su hijo.
Tiene la cabeza llena de chichones. Un par de costillas rotas, la cara hinchada. La nariz rota.
Le duele respirar…
Su hijo dice que le dio patadas estando en el suelo.
En cuanto pueda le llama, tiene que estar preocupado por los dos.
Aquí nadie entiende que es el hombre de su vida…

Hay salida
Hay salida

Tiene 9 años. Y por primera vez se siente seguro. Aquí no tiene miedo, nadie les hará daño.
No como en casa. A el no le pega, casi nunca. Pero teme por su madre.
Ella se empeña en decirle que papá les quiere, pero el no lo entiende.
No entiende por qué pega si la quiere?
Los gritos y los golpes son habituales, y ella siempre los justifica, busca excusas para defenderle.

Cuando se acerca la hora de su regreso tras el trabajo recogen la casa, y revisan que no haya nada fuera de lugar que pueda molestarle, apagan luces, tele, la cena hecha y una sonrisa. Ropa limpia. No ocupes el baño hasta que papá este tranquilo.
Compórtate en la mesa, Shhh no hagas ruido.
Pero muchos días no basta, siempre hay algo, algún motivo para humillarla, para gritar, para darle algún golpe.
Suelen ser bofetadas, algún empujón.
Mamá dice que es porque se pone nervioso. Pero ella no ve la ira y el odio en sus ojos.
No sabe leer el rictus de su boca los días en que llega nublado.

Lo compara al cielo, cuando llegan esas nubes, que tapan, que apagan la luz, a veces traen agua, a veces pequeños chaparrones, a veces lluvias torrenciales. Y después de la lluvia todo queda limpio, silencioso y en calma.
La lluvia arrastra todo…

El ultimo día fue distinto.
Olía a cerveza, esos días son los peores, mamá no deja que diga que bebe, pero el sabe que estaba borracho.
Sus ojos, muertos, de pupilas agrandadas, ese hablar escupiendo…
los ojos de ella vivos, nerviosos, asustados.

Empezó a gritos por algo de un recibo, insultándola, empujándola.
Cuando comienza la tormenta mamá siempre le pide que se esconda en su cuarto, pero tuvo miedo, había algo distinto en su cara.
Se mantuvo cerca llorando.

Terminaron en el balcón, y entre el momentáneo silencio alcanzó a oír:
Salta, te he dicho que saltes.
Despacio, claro, conciso. Salta.
Viven en un sexto. Ella se asustó.
Vio el terror en sus ojos, entonces le miró, a el, a su hijo, por un momento el mundo quedó congelado.
El se movió hacia ella, y ella por primera vez se defendió, y le golpeó, fue apenas un manotazo, en el brazo.
Un segundo de silencio, y la ira del mundo se hizo en su cara.
Pégale, dale, dale, mátale antes de que te mate… Pensó. Pero no pudo llegar a mover los labios.
El primer puñetazo, con saña, en la nariz. El hueso rompiéndose, nunca olvidará el ruido. Y la sangre.
Siguió como un púgil entrenando con un saco, en la cara, en la cabeza, en el torso, golpeándola una y otra vez, y otra, y otra vez,  hasta que cayó al suelo, y siguió.
Siguió, dándole patadas en la cabeza, en la cara, en el pecho.
No recuerda como entró la policía, cree que rompieron la puerta.
Los vecinos debieron avisar.
Recuerda los golpes a cámara lenta y pensar que iba a matarla.
Aún le duele la garganta una semana después.
Estuvo dos días afónico, sin poder hablar, por los gritos dados para que parara.
Gritaba, porque un fantasma le atenazaba y era incapaz de moverse. El fantasma del miedo que le susurraba al oído, el próximo serás tu…

Ahora están en un centro de acogida, protegidos.
Mas seguros que nunca.
Pero tiene miedo, sabe que ella tarde o temprano querrá volver…

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