No estas sola…

No estas sola. Madres separadas.

 

 

Mañana puede ser tu historia…

Hoy es una historia de una madre separada, pero hoy, no está sola.

Lo sabía todo. Tenía toda la información y el conocimiento sobre sexualidad, y sin embargo me quedé embarazada. Tenía 16 años y las cosas muy claras, tan claras que cuando descubrí mi embarazo ya había terminado la relación, decidí tenerlo sola.
No, no fui valiente, más bien consecuente. También debo decir que no hubo dramas, mi familia me apoyo y acogió sin preguntas.
Había decidido mi camino, y me ceñí a el. Mi embarazo y maternidad joven no supuso tragedia. Era mi decisión, y seguí mi vida ateniéndome a ella. No fue fácil lanzarse, pero salimos adelante.

Con mi bebe recién nacido conocí al que sería mi marido. Me enamoré perdidamente, era todo lo que yo podía soñar, atento, amable, encantador y adoraba a mi pequeño bebé.
Era demasiado joven y tan pronto otra relación no fue bien vista, yo me cegué, creía en el, en nosotros. Y creía que mi hijo no podía pagar mis errores, merecía un padre. Una familia.
Nos fuimos a vivir juntos, a su lado los días pasaban felices. Vivíamos alejados de la familia, en las afueras. Nos casamos apenas un año después de conocernos.
En las fotos se puede ver la felicidad. Yo estaba enamorada.
La vida me había hecho un gran regalo al encontrarle.

Poco después de la boda nos mudamos, por motivos laborales volvimos a la ciudad, y todo comenzó a cambiar, aunque entonces no me di cuenta. Buscábamos un hijo. La noticia del embarazo fue la guinda de nuestro empalagoso pastel y el momento en el que empezaron a derrumbarse nuestros cimientos
Todo se complicó. Mi salud se vio muy afectada por el embarazo, perdí el trabajo y me derrumbe anímicamente. Y sin embargo aparentemente todo era perfecto, no fue hasta verlo desde la distancia que fui consciente de todo.
Lo teníamos todo, hoy veo que nunca tuvimos nada.
Volver a la ciudad en la que crecí, rodeada de familia, amistades, conocidos, para mi significó decir adiós a la soledad de la distancia. Sin embargo, en lugar de mejorar, mi vida se convirtió poco a poco en un infierno.

Mi príncipe azul perdió la pátina brillante y comenzó a sacar la piel de ogro que habitaba dentro.

Mi príncipe azul perdió la pátina brillante y comenzó a sacar la piel de ogro que habitaba dentro.

Llegaba a casa y tras el beso cortés comenzaba el interrogatorio.
Dónde estuviste? Con quién? A quién viste?
Desconfianza, temor, inseguridad…
No le di importancia al principio tenía 18 años. Lo llamé amor.

Para complacerle deje de relacionarme con todo aquel que le supusiese una nube en los ojos.
Dejé de tener amigos, así. En masculino.
Perdí el contacto con casi todos los hombres de mi vida.

Yo era su posesión mas preciada.
Y temía perderme.
Y yo lo comprendía.

Comprendía sus celos y los valoraba, porque significaban que me amaba.
Valoraba su enfado si me veía hablar con un hombre.
Admitía que él era un hombre y sabia más que yo. Las mujeres se relacionan con mujeres. Es lo normal.
Los hombres no entienden de amistad, quieren algo siempre, decía. Y yo lo entendía. Y transigía.

Después de los amigos, llegaron las amigas, que también se interponían entre nosotros.
Me dolía aceptarlo, pero estaba cegada, y entendía que era el pago por nuestra felicidad.
Si era dañino para mi matrimonio era justo que rompiera los puentes.
Hoy atisbo un miedo escondido detrás, el mío, miedo a perderle, a reconocer ante todos que me había equivocado.
A negarle a mi hijo su recién adquirido padre, a negarle a mi hijo aún en mi vientre la posibilidad de una familia completa…

Un matrimonio se basa en el amor y la amistad, sólo el puede comprenderte, acompañarte, tu marido, confesor, dueño…
Dueño…

Pero los puentes no eran sólo de amistades. Sin darme cuenta también rompí con la familia, con todo…
Cualquiera que requiriese de mi tiempo sobraba.
Comencé a perder el control sobre mi persona.
Me sentí sola. Fui perdiendo mi alegría, me sentía insegura, sin consuelo, ni compañía.
Mi familia tenía todas las alarmas puestas, recibí avisos, pero no quería escuchar.
Mi marido me amaba, lo hacía por nosotros, por nuestra familia.
Con cinco meses de embarazo, y problemas circulatorios me costaba andar y moverme.
Me dejó claro que como ya no trabajaba la casa era cosa mía. Y el niño.
Tras conseguir dejarme sola se desenmascaró. Dejó de ser la persona atenta y maravillosa.
Ya no tenía necesidad.
Yo no tenía donde ir.

Yo no valía para nada.
Me lo recordaba con su mirada reprobatoria a cada paso.
Me dejaba claro que debía cumplir con mis obligaciones, sin poder moverme o agacharme debía seguir el ritmo.
Miraba como me tenía que tirar al suelo para recoger juguetes.
O como me subía a una escalera para limpiar.
Me exigía cumplir mis obligaciones. Las impuestas por el.

Cuando ya no quedaba nada de mi, se alejó.
Estaba saturado por mi culpa, no podía llegar para ver mis lágrimas.
No hacía más que quejarme y amargarle.
Se buscó hobbys y nuevas amistades, que le ocupaban el tiempo que antes pasaba a mi lado.

Y la culpa era mía.
Estaba sola.
Y creí que era lo que merecía.
No era nada, no valía nada. No había futuro.

A punto de parir estaba destruida como persona. Desnutrida de afecto.
Había perdido el contacto con todos, y aunque lo necesitaba, no podía permitirme pedir ayuda. Ya no había puentes…

 

Una tarde recibí una llamada. Una amiga de toda la vida.
Y me derrumbé, le conté en que se había convertido mi vida. Como me abandonaba para correr y desahogarse. Como me sentía.
Mientras hablaba fue aclarándose mi mente, haciéndome consciente de la realidad.
Y el golpe final.
Tu marido no está corriendo. Tiene una amiga.
Por eso te he llamado.

Mi venda se cayó.
En ese momento contabilicé la dignidad perdida, el amor propio regalado, el tiempo donado para nada, y sobre mis cenizas y los trozos que aún quedaban de mi corazón supe que había terminado todo.
Recogí las pocas cosas que cabían en una bolsa, y con mi hijo y mi embarazo me marché.
Volví a casa de mis padres.
Me costó explicar, tuve que romperme de nuevo para uno a uno arreglar los trozos.
Me di cuenta de la ruina que era mi vida.
De la devastación de mis ilusiones.
Seguía creyendo que era culpa mía, que lo merecía, pero había cambiado en algo, mis hijos no lo merecían.
Mi hijo no merecía esa vida, ni esa mujer aniquilada como madre.
Tenía 19 años. Separada. Madre de dos.
En el transcurso de las siguientes semanas fui consciente de que nuestra vida estaba basada en mentiras.
Que probablemente nunca me quiso, y si lo hizo yo no merecía esa clase de amor.
Sobretodo fui consciente de que nunca me querría.

Tras unas semanas de tranquilidad protegida y cuidada por mi familia necesité respuestas.
Y obtuve el mapa de una mísera y triste red de mentiras y engaños.
Deudas, infidelidades…
No me dio explicaciones. Las pedí, pero me tenía en tan poca consideración que ni siquiera creyó que las mereciese.
Le dio igual mi dolor, mi desesperación, mi angustia. Nuestro bebé…
Decidí separarme.
Le dejé todo, tan sólo le pedí la custodia de mi pequeño a punto de nacer.
Y me la dio.
Hoy soy consciente de porque no le quería.
Entonces lo consideré generosidad, la señal inequívoca de que aún me amaba…

Mi hijo nació, y al poco el reapareció en mi vida, yo aún no era consciente de la magnitud del daño que me había hecho, necesité ayuda psicológica para asimilar todo lo ocurrido, pero a mis 19 años, a pesar de todo, estaba enamorada.
Y retrocedí, aún a riesgo de perder definitivamente a mi familia.
Me pidió una oportunidad y se la di.
Era mi marido, el padre de mi hijo, mi familia.
Desandé el camino de la comprensión haciéndome creer que había sido mi culpa.

La oportunidad apenas duró un par de meses.
El tiempo exacto en el que desperté e hice preguntas.
Necesitaba respuestas. Y el volvió a intentar manipularme, acusándome de quererle hacer daño.
De querernos destruir como pareja, como familia.
Dos meses después al fin vi que no habría respuestas porque nunca hubo nada.

 

No quedó nada. De mi. Solo escombros de la mujer joven y llena de vida que debía ser.
Sin autoestima, sin ilusión, con una maleta llena de miedos y desconfianza.
Mi yo había muerto para siempre, y comenzaba el resto de mi vida.

La terapia me trajo las respuestas, había vivido sometida, en un juego macabro de posesión y manipulación que me había destruido.
Durante años las heridas me han impedido quererme y rehacer mi vida.
Me ha costado mucho volver a confiar, cualquier acto, un pequeño detalle, hace saltar mis alarmas de auto protección.
He tenido que aprender de nuevo a no apartar a nadie de mi camino.
Hoy diez años después puedo decir que forma parte superada de mi historia.

Ya no duele.

Esa vivencia ha forjado a la persona que soy hoy, no soy la misma, sino la versión mejorada de mi misma.
Más fuerte, madura.
No le guardo rencor, ni siquiera espero que entienda lo que hizo.
Probablemente no es ni consciente.

 

Detectar que te están anulando no es fácil. Aprender que tu vida no puede supeditarse a los deseos de otro tampoco.
La manipulación es un íncubo que te posee e invalida tus sentimientos.
Si alguna vez lo sospechas cerca, huye, lucha por ti…

No. No estas sola. Hoy menos que nunca.
Ha nacido una maravillosa iniciativa para ayudar desde todos los ámbitos a las madres separadas
Madres separadas

También podrás encontrar grupos de apoyo también grupo online y toda la información que necesites.
No lo dudes. No estas sola. Estamos contigo!

 

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2 comentarios

  1. Lamentablemente me veo reflejada tan bien en ese espejo y me resultan tan familiares esas sensaciones, esos sentimientos, y sé lo mucho que cuesta reconstruir esos miles añicos en los que se convierte tu persona, que sólo puedo admirar y abrazar a esa gran mujer, enorme mujer que hay tras estas líneas.

    No estás sola, nunca lo estuvimos, y ahora nuestro papel es hacer ver a todas esas mujeres que efectivamente así es. No están solas. Hay un futuro lleno de proyectos por soñar y hacer realidad.

    Un abrazo, amiga. <3

  2. Wow!!! Increíble descripción de lo que un dia sentí, y de cómo me siento ahora. Tus palabras demuestran fortaleza y valor. Estoy contigo! 😉 :*

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