Muerte obstétrica.

TRISTEZA
María Cristina Faleroni

Muerte obstétrica.

Hace dos meses os conté la historia de Ana. Dura pero con un maravilloso final, su pequeño Moisés.
“Después de la violencia obstétrica”
Hace unas semanas hablamos de contar la historia completa.
El nacimiento de David, su primer hijo.
Un testimonio tremendo, pero necesario, regenerador.
Una historia muy dura, aun queda mucho por hacer, pero estamos en el buen camino, uno en el que la violencia obstétrica no tenga cabida.

—–

Mi primer hijo nació y murió en agosto de 2009.
Fue un claro caso de mala praxis.
Nos habíamos casado dos años antes. Mi marido estaba destinado en el golfo de México en una plataforma petrolífera.
Había sido la oportunidad de su vida, de los dos. Terminó su ingeniería en geología y le ofrecieron hacer un máster de ingeniería geofísica.
Lo terminó con un contrato y un billete de avión a Pensacola, en Florida.
Decidimos seguir adelante con nuestra relación pese a la distancia.
Nos casamos un año después. Cuando terminé mis estudios. Siempre había querido ser maestra, y estaba terminando mi grado de educación primaria.
La vida en las plataformas es dura, trabajaba 90 o 100 horas a la semana pero a cambio disfrutaba de dos semanas de descanso por cada dos de trabajo. Las juntaba y solía venir cada tres meses a pasar un mes completo. Éramos felices.
La lejanía no nos alejó, esperábamos cada reencuentro, hablábamos a diario, nos escribíamos, siempre en contacto.

No planificamos el embarazo, pero llegó. Y aunque nos sorprendió, también nos hizo muy felices.
Decidimos que formaríamos nuestra familia en Florida, tierra de oportunidades. Fue el paso necesario para determinar nuestro futuro. Hacía mas de un año que nos habíamos casado.
Arreglamos todo para mudarme.
Fueron meses de preparativos aquí, y allí.
Me marché de 28 semanas. Feliz, con un embarazo maravilloso y todos nuestros sueños en la maleta.
Nos había buscado un apartamento para empezar, una vivienda dentro de la ciudad. Con vistas a cuando estuviésemos instalados y con el bebé, organizar nuestra vida y buscar una casa en propiedad.
Me sorprendió Pensacola, con su playa mar adentro y su larguísimo puente por el que parece que vuelas sobre el mar.
Hicimos nuestra broma personal y decíamos que vivíamos en el Benidorm americano.

Seguía trabajando dos semanas y descansando otras dos, hacíamos de turistas, yo con mi tripa, sonrientes y morenitos.
Nos dio tiempo a dos permisos.
Hablaba mucho con la familia, mis padres aprendieron a hacer videoconferencias.
Estaban ilusionados, planeando visitarnos a la llegada del niño.
Había salido dándome un beso en la tripa la mañana anterior, tranquilos y confiados ambos. Cuando volviese comenzaría vacaciones, hasta después del nacimiento.
Todo se torció y apenas 24 horas después estaba de parto. 34 semanas.

El dolor llego de golpe sin avisar. Me puse muy nerviosa. Era pronto.
Avisé a Madison, una compañera de Victor en su empresa, destinada en las oficinas de la base en Pensacola.
La única persona que conocía mas allá de un hola desde que había llegado. No me había dado tiempo a vida social.
Llegué al hospital nerviosa, pero confiada, Madison ya me esperaba allí, ya conocía el centro, había ido varias veces a conocer a mi ginecólogo y el equipo de obstetricia, también asitía a las clases de preparación al parto.
Mi ginecólogo no estaba pero me atendería alguien de su equipo.
Ecografía. Tranquila, estas de 38 semanas, no habeis calculado bien la fecha. No es un parto prematuro.
Según su ecografía (porque las anteriores no contaban) era un niño grande y sano.
Con mi imperfecto inglés les intenté explicar el trabajo de mi marido, y que al vivir en España, teníamos cronometrados nuestros encuentros, era imposible un mes de desfase.
Vas a saber tú más que el ecógrafo me dijeron, dándome a entender además que venía de un sistema sanitario tercermundista.
España? Dónde está eso?
Las contracciones eran muy irregulares pero tremendas.
Me dejaron un rato en la sala del ecógrafo, con las piernas en los estribos, incómoda, desnuda, expuesta, sola…
Un nuevo médico. Un triste hola.
Un tacto y un dolor tremendo.
Me acababa de romper la bolsa, sin consultar. Sin explicar.
Hoy lo entiendo, entonces no sabía nada. No entendía nada.
Me trajeron una silla de ruedas y con el humillante camisón me trasladaron. Sin ni una triste sabana para taparme.
Siempre he sido una persona sumamente pudorosa, lo recuerdo como un horror, uno más.
En la puerta pude ver a Madison, tranquila y sonriente, me acompañó hasta una sala de sofás blancos, impoluta, estéril, y me pusieron las correas, no dejaron que se quedara:- Waiting outside.
Me quedé llorando, no lo entendía, no había nadie más, no podían comprender que estaba al otro lado del mundo? Con un idioma que además no dominaba, sin ningún familiar, asustada… A nadie le importó.
Había pasado un embarazo sola, viviéndolo con mi marido por teléfono y debía seguir sola, porque no dejaban entrar a mi amiga, la única amiga que tenía allí.
No es familiar así que no entra, dijeron. En la sala de partos si quieres.

Más de 3 horas, allí.
El tiempo pasaba despacio entre contracciones, y aún más despacio cuando me llegaban, largas, profundas, rompedoras.
Sentada en un sillón incómodo con las correas puestas, inmóvil.
Una de las veces al moverme se descuadraron las correas, vinieron a reñirme. Estaba conectada a una sala de control.
Si pudiese dar un paseo pensaba… Pero ya no me atreví a volver a moverme, tenía miedo de que volvieran a regañarme.
Me sentía como una niña en el parvulario.
Cuando el dolor se hizo insoportable avisé.
No puedo más, le dije cuando vinieron tras tocar el timbre.
Esta vez era una doctora, me hizo un tacto allí mismo, semi erguida, me sentí tan avergonzada, miestras mis aguas manchaban el camisón y el suelo.
Me reprendió, una vez más, por quejarme tanto, vas a ser madre, compórtate!
Pedí la epidural, volvió a increparme, faltaba mucho. Espérate, es pronto.
Se marchó.
Aguanté el dolor, de nuevo sola, todo lo que pude.
Llegó un punto en el que las contracciones me partían en dos, incapaz de contener el grito cuando me llegaba, volví a tocar el timbre.
Miedo, qué me dirán cuando vengan? No tenían prisa, tardaron unos 15 minutos en venir, una enfermera, para decirme que estuviese tranquila, que ahora vendría la ginecóloga.
Tardó más de 50 minutos.
El reloj en la pared de la sala de espera parecía inmóvil.
Llegó un momento en el que ya no podía dejar de gritar del dolor, entonces vinieron riéndose, diciéndome que no hacía falta que hiciera escándalo que ya venían a llevarme y me pondrían la epidural…
Como el que promete un caramelo a un niño.
Great actress! Me dijeron. And the Oscar goes to…

Tumbada en la camilla en la que me trasladaron veía los fluorescentes del techo, recuerdo haber pensado que no llegaría consciente a la sala de partos, el dolor era insoportable.
Cuando llegamos no tenía fuerzas para cambiarme al potro, tuvieron que ayudarme.
La epidural nunca llegó.
Al colocarme no hizo falta ni tacto.
Mi bebé estaba atascado en el canal. Llevaba de parto más de una hora.
Prisas, Carreras, Gritos…
El tiempo comenzó a volar.
Ventosa. Había que sacarle de inmediato.
Escuchaba y lograba entender a medias que llegaban tarde para una cesárea.
La placenta ya esta desprendida.
Urgencia, llamad a pediatría.
Forceps.
Una episiotomía brutal, sentí como me desgarraba por dentro al sacarle y de lejos pude verle.
De lejos…
Azul, silencioso.
Diminuto.
Siguieron las carreras, sangre.
La placenta salió en un charco, una transfusión para subsanar la hemorragia. Le seguirían dos más. Un desgarro con mas de 60 puntos.
Y mi bebé? Está bien?
Silencio.
Cuando terminaban de coserme yo no podía parar de llorar, no recuerdo sentir dolor físico, tan sólo la opresión, el no poder respirar, mi bebé, dónde estaba mi bebé?
Susurraba su nombre como un mantra, necesitaba saber.
Una doctora vino a hablar conmigo.
-Spanish?
-Yes.
-Mis papás son cubanos, podemos hablar en español.
-Dónde esta mi bebé?
-Ha sufrido falta de oxigeno, esta muy enfermito, en cuidados intensivos…

No le volví a ver vivo.
Y le lloré sola, como sola recibí la noticia, apenas un par de horas después.
Incluso entonces no dejaron entrar a mi amiga. Necesitaba un abrazo, calor. Recuerdo el frío.
Estaba amaneciendo cuando me trasladaron a una habitación.
Ya no era capaz de llorar. Pude ver a Madison, ella si lloraba. Victor estaba en camino.

Llegó un par de horas después y encontró una mujer destrozada y un bebé muerto.
El sol brillaba.
Era precioso, su cabecita alargada, símbolo inequívoco del tiempo que paso en el canal de parto, símbolo de su sufrimiento.
Sus manitas, pequeñas y perfectas. Su boca…
Si me hubiesen atendido a tiempo, estaría vivo.

Nos quedamos destrozados, lejos de nuestro hogar, de la familia, de los amigos.
Los días pasaron entre brumas, entre protocolos absurdos, burocracia…
Intentamos repatriar su cadaver a España, ni siquiera tenía derecho a formar parte de nuestro libro de familia en la embajada, porque según nuestras leyes si no viven 24 horas fuera del vientre materno no tienen derecho a partida de nacimiento ni de defunción.
Le incineramos para poder traer sus cenizas. Porque es nuestro hijo, aunque no conste en ningún sitio.
Lo será siempre.
Y volvimos rotos, Sin esperanza, a empezar de nuevo.
Un comienzo sin David. Porque se llamaba David.
Nuestro pequeño ángel. Nuestra estrella en el firmamento.

“Después de la violencia obstétrica”

TRISTEZA María Cristina Faleroni
TRISTEZA
María Cristina Faleroni

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3 comentarios

  1. Ay por Dio! qué historia tan aberrante, qué aberrante el trato que has sufrido y no entiendo dónde va a parar la humanidad! cómo es posible tanta crueldad
    Espero que pronto les llegue el regalo del cielo de otro hijo ♥

  2. He llegado aquí por casualidad. Cuando he empezado a leerlo pensé que iba a terminar de otra manera. Lo he sentido muchísimo y he llorado más. Un abrazo muy fuerte.

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