La vida es música.

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La vida es música.

Un pequeño relato escrito para La pedagogía blanca. Y publicado en su web el 14 de abril de 2014

Un instituto.
Una clase con 36 chavales de entre 14 y 16 años, hormonados, beligerantes, ruidosos…
Os suena?
Es el marco donde comencé el instituto, a mediados de los ochenta.
Entonces aún se separaba a los que “valían” para estudiar de los que no, ofreciendo ir al instituto o a formación profesional la mayoría de las veces como recurso para separar a los más alborotadores de los menos…
Yo era de los alborotadores, aunque muchos años después y casi rozando los cincuenta sea un hombre de pro, responsable y con hijos adolescentes.
Me llamo Diego, y en el instituto aprendí que un docente puede hacerte cambiar la vida, que el amor por lo que se hace y el respeto por las personas a las que se enseña puede marcar la diferencia.

La vida es música.

El primer año de instituto y un primer trimestre agotador intentando sobrellevar las once asignaturas, muchas de ellas desconocidas hasta entonces, lidiando con una situación nueva donde habíamos dejado de ser niños para entrar en la era adolescente, sin sostén ni cobertura, enviados a un terreno aterrador y en un ambiente poco estimulante.
Arenas movedizas…

Una de las asignaturas de esas sin importancia al principio, que se había convertido en pesadilla para la mayoría de la clase, música, impartida por un profesor recio que simplemente siguió a rajatabla un libro donde se hablaba monótonamente de la historia de la música, una asignatura de empollar, donde jamás habíamos escuchado un acorde, transmitida por un orador monocorde empeñado en llenar nuestras cabezas de hechos, nombres y fechas, que habríamos de vomitar después en un examen.
Una de esas asignaturas de relleno que se había convertido en horror, cuando mas de la mitad de la clase se había llevado un suspenso en Navidad.
Cómo odiábamos a aquel tipo! A la música, a aquella aula de aire enrarecido.

Tras las vacaciones navideñas un cambio, una profesora nueva, Cecilia, un digno nombre para impartir música.
sorpresa entre la audiencia, casi 40 adolescentes en pie de guerra, a la espera de la víctima.
Una víctima perfecta nos habían contado en el recreo.

Su primera clase, la bienvenida apoteósica…
Un enjambre de adolescentes dispuestos a no darle tregua.
Por su aspecto, pequeñita de ojos bondadosos y pelo entrecano, estuvimos seguros al primer vistazo de que sería un bocado fácil…
Entre el ruido, las voces, las miradas de soslayo y las sonrisas se intentó inútilmente presentar.
Diez minutos después seguía, de pie, delante de la pizarra, esperando un cambio, una pequeña atención por parte de su audiencia…
Sin perder la calma… Y sorprendentemente tampoco la sonrisa.
Y sonriendo se dio la vuelta y escribió en la pizarra:

LA VIDA ES MÚSICA.

Para unos segundos después poner Eleanor Rigby de los Beatles bajito. Apenas perceptible entre el ruido, y sin embargo algo cambió. Se fue haciendo el silencio entre nosotros, fruto de la sorpresa, de la incredulidad…
Los Beatles!!! Comentó alguien de forma audible.
Cuando la calma nos conquistó subió el volumen.
Y comenzó:
Sentid la música, forma parte de vuestra vida, vosotros tenéis en la mano elegir la banda sonora de vuestra existencia…
Comenzaba a danzar las manos ante nuestra estupefacta admiración.

Esa fue su presentación y el inicio de un romance con sus 36 alumnos por la asignatura que impartía.

Vosotros podéis elegir la banda sonora de vuestra existencia.
Y nos dio herramientas para elegirlas, porque sus clases eran un oasis en nuestro rutinario horario, donde entre solos de violín, pop, folk, rock, nos enseñaba a disfrutar y amar la música.
Aprendimos a escuchar hasta la sombra de la última baqueta en una canción.
Nos enseñó la sensualidad del susurro de una voz cantando soul.
Nos aceleró el corazón con arias de ópera maravillosas.
Bailamos al ritmo de melodías orquestadas, y aprendimos las letras de canciones que han entrado en la historia, no de la música, sino de la humanidad.

No nos enseñó música.
Nos enseñó a comprenderla, mediante la única forma que conocía, enseñándonos a vivirla.
Amándola.

Mediante las maravillosas clases de Cecilia aprendimos cadencias, colores y notas.
Timbres, texturas, ritmos, acordes, melodías…
Disfrutando, mientras sin darnos cuenta, nos ilustrábamos en el lenguaje musical, naturalmente, espontáneamente.

Hoy me he cruzado con Cecilia…
Su pelo ya es completamente cano y sé que dejó la enseñanza, pero no su amor por la música, pues aún canta en una coral.
Ella no me recuerda, probablemente una cara más de las miles que pasaron por su clase, yo sí la recuerdo.
Dejó una marca en mi vida, una extraordinaria huella en mi alma

Cecilia no se acuerda de mí, debe rondar los 80 años, pero no he podido evitar sostenerle las manos y honestamente decirle:

La vida es música.
La música forma parte de mi vida y usted me dio la llave.
Gracias.

Simplemente.

Portada de The beatles
La vida es música

Noe del Barrio

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