La buena madre.

La buena madre
Ayer leía un mensaje de una mamá en uno de esos grupos maternales.
Os leo, tengo dos niños pequeños. Me gustaría saber cómo puedo hacer para ser una gran mamá. Todos los días al llegar la noche sufro pensando en que podía haberlo hecho mejor…
No le di importancia al mensaje y pensé que seguro que tendría muchas contestaciones. Leí algunas al día siguiente. Y no me gustaron. Sigo dándole vueltas…

Qué contestarle? No hay reglas para ser una buena madre.
Creo. O tal vez simplemente yo no las cumplo si las hay.

Lo confieso. Yo también me esfuerzo por ser mejor madre y muchos días soy consciente de que no lo consigo.
Lo confieso, pierdo los nervios a veces, más a menudo de lo que quisiera. Me agotan a veces, como a ti. En un mismo día puedo amarlos con locura y sin embargo necesitar durante un rato un desierto entre nosotros.
Lo confieso. Yo también pongo dibujos para descansar media hora en el sofá. También me juré embarazada del primero que no lo haría, y soñé que todas mis horas serían en exclusiva para ellos. Se me olvidó preguntarme…
Lo confieso no tengo paciencia para hacer manualidades, tampoco hacemos galletas a menudo. No soy de esas madres de libro. Y sin embargo como tu hacemos cosas, y buscamos juegos, y bailamos, y reímos, y cantamos…
Tal vez debiéramos comparar menos y disfrutar más. Dejar de buscar decálogos y normas absurdas para vivir.

Lo confieso, me aburren los parques, aunque salte de tobogán en tobogán y sonría pese a todo (Como hoy) cuando se me llenaron los zapatos de arena.
Y seguí sonriendo cuando por enésima vez empujé el columpio y una vocecita bramó: Más alto!
Y cuando el sol me achicharraba y hubiese pagado por una terraza y un refresco seguí empujando con la misma fuerza. Y con más sed.
Y estando sentada(Tirada) en la arena entre las palas y los cubos construyendo carreteras para sus coches, confieso: Se que es donde debo estar pero a veces, me iría, lejos, muy lejos.
Me hace peor madre? Peor persona?

Lo confieso, también maquillo la coliflor para que coma verduras, y hago la ola si hace falta porque pruebe ese arroz, aunque siga convencida de que la autorregulación es lo mejor, aunque sepa que no morirán de hambre, aunque estén sanos y felices. y practiquemos el baby led weaning con convicción.
A veces me pueden las sombras y me empeño en quitarles la sed con leche, para estar segura de que están alimentados.
Y mido los percentiles como tu. Como casi todas…
Aunque nunca me hayan importado, hasta que en lugar de niño tuve guisante y me empezó a importar.

Lo confieso, tras seis años de lactancia entre los tres a veces estoy tan cansada que traspaso a otros brazos su necesidad y reclamo diez minutos de paz tetil. Aunque defienda la lactancia materna, aunque sea una convencida.
También he conocido la agitación, y el dolor, y a veces, sólo a veces, necesito que mi cuerpo sea solamente mío durante unos minutos que saben a gloria.
La gloria de saberme mía, persona, individuo además de madre.
Tan horrible es mi confesión? No, no voy a gritar al mundo que me estorban mis hijos, pero tampoco voy a maquillarme de madre amantísima, sufridora y llena de renuncias, porque no es lo que quiero ser, ni el ejemplo que quiero seguir.
Tu tampoco deberías… Se tu misma, no te guíes por las irrealidades de otros.

Lo confieso. Amo a mis hijos sobre todas las cosas, pero adoro conducir al trabajo, en un coche vacío, silencioso o escuchando música, disfrutando de una merecida soledad. Lujos que sólo valoras cuando tienes hijos.
Apenas un par de veces hemos salido sin ellos desde que nació el mayor, no lo echo de menos, eso no.
Pero un café tranquilo, sin vigilar con diez ojos, un libro al sol, una siesta interrumpida sólo por el ruido de los grillos, un paseo silencioso por la ciudad, un rato de compras…
Ya ves. Pequeños placeres.
30 minutos…
O 3… Los justos para cerrar la puerta del baño sin observadores.

Confieso. Disfruto de la paz de ir al baño de madrugada, de que nadie se siente en mis piernas, de que nadie supervise mis bragas, sin que nadie me meta prisa…
Y sin embargo a diario me río con ellos cuando me acompañan, y estoy segura de que algún día lo echaré de menos con añoranza, esa falta de intimidad, o mejor dicho esa intimidad tan compartida. Tan nuestra.

Lo confieso, me gusta trabajar, darme ese espacio, en el que no hay cabida para ellos, ese espacio en el que sentirme útil más allá de sus necesidades.
Y sin embargo no hay un solo día en el que no les eche de menos.
En el que vendería mi alma por no tener que alejarme.
Confieso mi locura. Ese ni contigo, ni sin ti.

Lo confieso, colechamos desde el primer día, necesito sus abrazos, y sus besos, y ese olor a niño, y esos mofletes besables de madrugada, y ese calor blandito.
Y sin embargo raro es el día que no piense en una cama para mi sola, en estirar brazos y piernas y disfrutar del espacio.
Cada vez que me muevo y con el cuidado y la precisión de una bailarina me coloco entre sus piernas y sus brazos, cuidando no tirar de su pelo, colocando su cabeza…
Dormir… 8 horas del tirón.
Sin “mamá tengo sed”, sin teta, sin “mamá tengo miedo”, sin “mamá tengo pis”.
Confieso que ahora cuando apenas es ya uno el que se despierta, soy yo la que seis años después sigo buscando su respiración, acaricio a oscuras su pelo, y doy besos de madrugada, pensando en que algún día no los tendré tan cerca, ya no serán míos.
Tal vez sueño dormir sin ellos soñándolos.

Confieso, que echo de menos un salón recogido, sin juguetes por la alfombra.
Y es que ya no concibo una casa sin muñecas, sin trenes, sin coches, que mi terraza se vería vacía sin las bicis, triciclos y motos.
Y se que un día llegará el esperado adiós de la primera infancia y también sé que me despediré con lágrimas.
Y cambiaremos unos juguetes por otros.

Confieso que me gustaría encontrar un boli a la primera, y rezo por un folio sin pintar cuando lo necesito. Misión imposible.
Y ruego paciencia, paciencia y paciencia cuando encuentro una factura pintada, una pared, la ropa…
Lo se, es normal, son niños.
Pero confieso que hay momentos en que debo contar hasta mil para no explotar manchándoles con mi estupidez.
Lo sabes, es normal, somos humanas…

Confieso. Que no puedo darte lecciones, ni decálogos de madres perfectas, porque no soy una de ellas.
Porque creo que no existen, que no los necesitamos, que no nos convienen…
Apenas te puedo dar unos pocos consejos que creo acertados.

No te midas.
No eres ni mejor ni peor que nadie, y si alguien te hace sentir mal y utiliza tu maternidad para dañarte aléjate.

No cuentes tu maternidad por el número de manualidades, zapatos, parques, juguetes, excursiones…
Si has de contar cuenta los “Te quiero”, los abrazos, las risas. Y recuerda que no recordarán los números.
Recordarán las emociones.
No te esfuerces es llenar sus mentes de recuerdos, esfuérzate en el hoy, en la sonrisa del ahora.
Quiérele, como tu sabes, como te dicte el corazón.
No permitas que las costumbres os alejen, os separen.
Dale brazos cuando los necesite, dale brazos cuando lo necesites tu.
Abrázale siempre, por todas las cosas.
Nada cura tanto como un abrazo, recuerda siempre aquel dicho, cuando menos creas que lo merezca es cuando mas te necesitará.

No pierdas tu tiempo en buscar ser la madre excelente. Simplemente se su madre.
La maravillosa que a diario les hace felices.

Observa su dormir, porque pasa pronto, esa época mágica, frágil y maravillosa. Pasarás por otras en las que añorarás su sueño cuando el cansancio te pueda, y más adelante cuando te parezca increíble su altura, rememorarás aquel cuerpecillo suave…
Disfruta del tiempo a su lado. Mastícalo, aliméntate de el.
Es un tesoro, el tiempo.
Cuando te des cuenta de la velocidad a la que pasa lo sentirás despilfarrado.

Yo no puedo decirte como ser una gran madre. Tal vez porque no lo soy.
Pero si puedo decirte que eres la mejor para ellos si temes no serlo.
Confiésate y perdónate.
Porque la única medida que existe de tu maternidad son tus hijos…
No te esfuerces por ser mas grande, esfuérzate por que sean felices, en que sepan lo especiales y queridos que son.
Y eso amiga, ya lo saben…

“Madre Tierra” por Mireya Duart

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