La que promete.

Un aborto terapéutico.
La que promete.

Un embarazo deseado, un inicio mágico y feliz, las primeras ecografías, la ilusión de esas imágenes en el móvil.
Unos parámetros preocupantes. Una amnio. 14 semanas. El fin del sueño.
Una decisión que tomar, una malformación grave, incompatible con la vida…

Cuando la ilusión de un embarazo se nubla con la sombra de una malformación. Aborto terapéutico. El fin del sueño.

Prometió que le amaría siempre, y lo hizo, más que a su vida, desde antes del primer instante.
Desde todas las lágrimas, desde las despedidas.
Le amó tanto que no supo como seguir haciéndolo sin dañarle, no se sintió capaz de condenarle.
Se sintió cruel cuando le dieron el veredicto. Cruel por decidir continuar, cruel por decidir interrumpir.
Tiene una malformación grave, incompatible con la vida, las palabras resonarán siempre.

Lloró. Y lloró. Y lloró.
Cómo no hacerlo cuando el mayor regalo llega plagado de espinas?
No puede ser se dijo, a mi no.
No a nosotros.

Y debió tomar la decisión de continuar o decirle adiós para siempre.
Continuar y condenarle a vivir, a malvivir.
Condenar a todos, sin saber si habría futuro.
Saber que tal vez jamás sería autosuficiente, vivir con miedo de dejarle en otras manos.
Condenarle a sufrir, a una corta vida plagada de dolor.

La otra opción, igual de difícil.
Decirle adiós para siempre y dejarle con sus alas de cristal surcar el infinito.
Evitarle la condena de una vida corta pero dolorosa.

Y decidió.
Siempre serás perfecto vida mía, porque jamás nadie osará dañarte, ni abandonarte, no vivirás temiendo.
Siempre serás perfecto, maravilloso, y tu adiós será entre manos que arrullen, entre lágrimas que te den luz, entre latidos que te amen.
A media luz, en silencio, con amor.

La promesa de amarte para siempre, cumplida, hoy más que nunca.

Mi pequeña promesa, se dijo.
Un adiós terrible, antes de tiempo.
Despedirse de su vientre, ya visiblemente abultado, de su diminuto cuerpo, fue lo más fácil.
Lo más fácil fue pasar el dolor, las contracciones, la noche de hospital, escuchando los llantos de otros bebes de madrugada.
Mientras lloraba al suyo.
Eso fue lo fácil, ese desgarro en carne viva, abrazarle, despedir su cuerpo, dejarle marchar.

Lo difícil aún perdura, decirle adiós a su promesa, a su futuro.
Despedirse de todos los sueños soñados, sentir robados todos los besos, esos brazos llenos de abrazos que ya nunca se darán.
Despedirse de ese pedacito gigante de felicidad, de todas las risas futuras, de las cosquillas compartidas, de los primeros patines…
Un futuro truncado, un adiós permanente.
El más difícil.

No hay nada tan duro cuando se ama como decir adiós.

Las noches son terribles, oscuras y largas, la soledad tiene uñas que desgarran.
El dolor se mantiene, y late.
Pasará, o simplemente te acostumbrarás a su presencia cadenciosa, en silencio.
Le amabas, aún lo haces. Y ese ha sido el mayor acto de amor, el más puro, el más valiente, dejarle marchar.

No necesitas perdonarte, tomaste la decisión adecuada y coherente.
No hay un “ Y si?”, no lo hay.
No permitas que sea el dolor quien te gobierne, hablan los hechos, las pruebas. No hay un “Y si”
Grita, llora, enfádate con la vida.
Derrúmbate, porque sin caer es imposible que te pongas en pie.
Deshazte como un hilo, desmadéjate, para reconstruir los pedazos, más fuertes si cabe, más grandes, pero date tiempo.
Necesitas tiempo.
El dolor te volverá hercúlea, granítica, mañana, hoy no olvides que debajo sigue latiendo un corazón roto, permítete ser frágil y latirá de nuevo con fuerza.

La vida es todo esto, ámala con todas tus ganas, pese a todo. Amate con todas tus fuerzas, como lo hace el, desde donde esté.
La que promete, prométele que vivirá en ti por siempre, entre un recuerdo y una sonrisa, la de haberle conocido.
Fugaz pero importante. Vida.

Para la MAMÁ de A. Así con mayúsculas.

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