Me divorcio.

Me divorcio.

Me casé por primera vez hace muchos años. Me divorcié de aquel chaval nada más casarnos, le abandoné por otro.
Abandoné a mi enamorado para casarme con mi compañero.
Dejé al de las fiestas y risas cuando le conocí, el que me dio estabilidad y escuchó mis penas.
El que me abrazó y me llenó de paz.
Crecimos juntos felices.

Pero también me divorcié. Dejé a mi compañero para casarme con mi amigo.
El que siempre me escuchaba, el que me acompañaba en mis sueños.
El que veía mis alas y me pedía que las fortaleciera. Con el que comencé a soñar construir algo.

Con aquel finalmente firmé el divorcio.
Le dejé tras encontrar a un valiente, maravilloso, con el que recorrí el mundo y conocí nuevos lugares.
El que creyó en mi fuerza y estuvo siempre a mi lado, sin miedo, sin duda.
Con el que crucé el mar y descubrí horizontes sin sentirme jamás sola.

Pero tampoco fue para siempre.
Fue abandonado por un amante fogoso en la treintena, por un hombre luchador, con el que construimos los cimientos de un hogar.
Y juntos creamos un lugar en el mundo, único, nuestro.
Era especial, único, era el que contenía al enamorado, al compañero, al amigo, al amante, al valiente…

También de el me cansé, llegué a una edad en la que necesité relajarme y encontré un hombre de paz, y abandoné la vorágine.
Junto a el aprendí a mirar el mar, a respirar la tierra, a plantar y recolectar, y disfrutamos de nuestro mundo lleno de animales y flores.

No duró mucho. La paz me hastía.
En el camino conocí a aquel que quiso a mi lado formar una familia, con el que creí que habría futuro permanente, el padre de mis hijos.
Y a su lado nacieron uno, dos y tres, nuestros pequeños milagros.
Nuestra huella en el mundo, nuestro futuro, nuestro porqué.

Pero nada es eterno, y de nuevo un divorcio, y es que conocí a alguien que me llenó de seguridad, que me acompañó en la crianza de mis hijos, que los sintió suyos y se desveló por ellos desde el primer día.
El hombre tierno que les llenó de caricias y besos, el que cada día se esforzó por ellos. El que le dio un nuevo significado a la paternidad.
Bastó el primer segundo a su lado para enamorarme locamente.

Me divorcio.
Cada día, a cada rato, desde que te conozco.

Tampoco fue suficiente para mantenernos unidos, y de nuevo fue abandonado por otro.
De 40, que fue capaz de acompañarme mas allá de mi maternidad, que me dio alas y aliento.
Con el que aún convivo, el que me sujeta cuando escalo el mundo, mi red, mi hogar.
Con el sigo, de momento…

Y cada día, durante un rato, echo de menos a alguno de los otros, y cada día, durante un rato me iría con alguno de los otros.
A veces con el amigo con el que hablar cuando las voces infantiles lo llenan todo, a veces con el compañero que me de la mano, cuando las tiene ocupadas con las de nuestros hijos.
Con el que me llena de risas y bailes.
Con el que me acompaña con vino y charla.
Y es que a todos los amo, y todos son maravillosos.

No hay amor eterno, el amor es caduco, y necesita seguir en movimiento, enamorar en cada etapa, alentar cada paso, besar cada herida, acompañar cada sueño.
A veces echo de menos en silencio sonreírnos y besarnos. O pasear despacio con las manos entrelazadas.
Y sin embargo se que mañana me enamoraré de un hombre nuevo, el que sigue a mi lado desde hace tanto tiempo.
Todos los que puedo necesitar, el único que me necesita.
Tal vez es eso el amor, enamorarse cada mañana del nuevo compañero que amanece a tu lado, a veces dulce, a veces agrio, pero siempre cerca.

Divorciarse cada mañana del hombre de ayer para dar el sí quiero al de hoy.
Crecer juntos, e irnos descubriendo cada día.
Seguir sorprendiéndonos, creer que nada es eterno, y estrenar a diario.

Te quiero. A ti, el amigo, el compañero, el amante, el padre…
A ti. Tras casi 18 años desde el primer sí quiero.

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2 comentarios

  1. Qué bonito Noe, y cuánta razón tienes… Quizá si muchos leyeran esto en una de esas crisis… se lo replantearían. Esta noche se lo daré a leer a mi marido.

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