Esas lactancias. Feas, dolorosas, negras…

Te quiero

Esas lactancias. Feas, dolorosas, negras por un luto antinatural, hiriente y horrible.
El luto de una muerte intrauterina, de un bebe prematuro, de uno enfermo. Esas lactancias, de lágrimas y lucha.

Compartía hace unos días una foto de Pink, con un sacaleches puesto.
Lo compartí porque me encanto la visibilización de esa otra lactancia. De la que aunque se habla, y conocemos pocas veces se enseña.
Esa lactancia lejos de fotos bonitas, lejos de bebes gorditos y felices, de mamás posando con sonrisas brillantes.
Esa lactancia a veces oscura y dolorosa.

La lactancia de bebés enfermos, que no cogen peso, que resisten entre los cables de la incubadora como náufragos del barco que nunca debió de hundirse. Esa lactancia a la que te agarras, con sacaleches y paciencia, mitigando el dolor de esa maternidad atípica que jamás se te ocurrió que conocerías.
Una maternidad que sientes como un castigo, heredado de tu vientre. Una bienvenida a la vida triste y solitaria.

La lactancia de sujetar a un bebé frágil, con manual de instrucciones de un sanitario para que no se rompa, en silencio, alerta a cualquier alarma, a cualquier movimiento.
Diminuto sobre tu pecho pero sintiéndole ajeno.
Un bebé ajeno, propiedad de otros y no tuyo.
De otros, del que le coloca el respirador en la nariz, de quien le cambia la vía cada día, obstruidas las venas, roto el cuerpecillo incapaz de entender porque hay tanta luz en su mundo. Del que le salva la vida cada vez que sus pulmones se rinden. Del que comprueba cada día si todo fluye. Mientras tu, mera espectadora sólo eres capaz de rezar porque sobreviva.

Oleo. Vilma Fabretti de Amarillo.
Oleo. Vilma Fabretti de Amarillo.

Esa lactancia alimentando a un bebe a través de los agujeros del nido, con una leche artificial, mientras guardas la tuya como un tesoro, como un talismán, para protegerte del miedo.

Esa lactancia de un parto tras muerte intrauterina, esa macabra naturaleza que permite que tus pechos se hinchen mientras yaces en una cama de maternidad silenciosa.
Una habitación a oscuras, sin regalos de bienvenida, sin flores, sin visitas, sin bebé…
Mientras agarras con fuerza la pastilla que alivie ese suplicio que te infringe tu cuerpo, y que sin embargo también temes, como si el alivio fuera también pérdida.

La lactancia de las grietas, de los malos agarres, del dolor.
Cuando llegas con un bebe diminuto tras el alta de neonatos, de un bebé que aprendió a alimentarse de un tubo, y después de un biberón y que sólo necesita consuelo y brazos.
Y que a la vez los teme. Porque los brazos hospitalarios significan pinchazos, dolor, desesperanza, para un ser prematuramente destronado de su reino acuático.
Y le abrazas y te abrazas mientras duele.

Esa lactancia que cuenta los días para la reincorporación al trabajo, atesorando tu oro liquido en el congelador. Sabiendo que te dolerá como un puñal separarte. Temiendo el día, contando las horas.
Soñando con leyes que defiendan la maternidad, que la respeten, que entiendan que no puede sobrevivir lejos de tus brazos tan pronto, lejos de tu pecho.

La lactancia de volver al trabajo, del pecho pleno en mitad de una oficina, de las camisas manchadas.
De las visitas al baño con el sacaleches en marcha, de tener que pedir permiso por tercera vez porque se te moja el uniforme, de esconderte, porque seguro que alguien dirá que rindes menos, que paras más.

Esa lactancia de llegar a casa y llorar porque se ha dormido sin ti y lo único que necesitas en ese momento es abrazarle con fuerza, tras tantas horas lejos de el. Esa lactancia.

Esa lactancia de llorar de camino al trabajo, de sentimientos encontrados, de miedo.
Esa lactancia a la que te agarras como a un salvavidas por tu bebe. Un cordón umbilical que permanece abierto y vivo entre ambos mientras te reincorporas al mundo laboral.

Esa lactancia llena de fotos imposibles. Las mías con el sacaleches puesto en el coche para aprovechar el viaje hasta el trabajo.
Las tuyas sacándose leche en el coche a la puerta de la oficina, o en el comedor de personal, o en el metro, o en un camerino, como la foto de Pink.

Esas lactancias. Feas, dolorosas, negras por un luto antinatural, hiriente y horrible.
Y sin embargo hermosas también, con la belleza que da el no rendirse, el escuchar a tu cuerpo pese a todo, pese al dolor, a la ira, al miedo.
Esas lactancias, que son sólo otra forma de abrazar a tu bebé.
Cuando no puedes hacerlo de otro modo.
Un abrazo que le regalas,  lácteo y hermoso.

Foto de Instagram, 16 agosto 2017
Foto de Instagram, 16 agosto 2017

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2 comentarios

  1. Hola, hola Noe, Que difícil escribir sobre la otra cara, la que lástima, la que avergüenza, la que ocultamos, la engorrosa… la otra cara de tantos fenómenos y eventos.

    Lástima no todas las lactancias son propias, felices, y de cuento.
    Un abrazo

    1. No es tan difícil, hay que hacer el esfuerzo para retratar realidades y no sólo fotos 🙂 Encantada de conocerte, ya voy echando un vistazo a tu blog, me encantan los papás blogueros.n Un abrazo

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