Niños cansados.

Siempre nos quejamos de la oscuridad de la maternidad/paternidad.

Se nos acumula el cansancio.
El trabajo, las obligaciones diarias.
La casa, la crianza, la educación de nuestros hijos.
La convivencia con esos pequeños seres que dependen de nosotros.

Estar pendiente de sus horarios, educarlos, acompañarles a diario en su crecimiento, dirigir la dirección de su camino.
Seamos honestos, no nos cansan ellos, nos cansa el entorno, la infinita lista de quehaceres, la auto exigencia diaria que nos colgamos de la espalda.

Tenemos malos y buenos días, pero los malos pesan, mucho.
Y se nos hacen largos, infinitos.

La oscuridad de la maternidad.
Las ojeras por la falta de sueño, el trabajo que nunca acaba, porque cuando llegas a casa siempre hay mas.
Nos venden a diario el agotamiento de los padres,
Pero y ellos?
No se les acumula nada?
Pocas veces nos ponemos en su lugar.
También tienen un trabajo diario. Un día y otro día y otro día.
Van al colegio, en jornadas interminables para sus pocos años.
Se las alargamos además con extra escolares, con deberes, presión, exámenes…
Una vida social agotadora, con cumpleaños y visitas familiares.
Con idas y venidas en ciudades donde todo queda lejos. Donde a diario el coche es parte de su vida.
Conozco familias cuyos hijos desayunan y meriendan en el coche, para ahorrar tiempo, para llegar a todo.
Esa es su vida.
Obligaciones diarias, llenas de imperativos, levanta, vístete, come, estudia, duerme, se bueno, no contestes, dúchate, ponte el pijama.
Llena de normas que a nosotros nos costaría aceptar, duerme a tal hora, ahora no puedes ver la tele, báñate ahora, estudia, ordena, juega, no juegues, ayuda en casa…
Todos los días del año, y sin vacaciones.

Aguantan además estoicamente nuestra falta de tiempo.
Nuestro abandono diario a causa de unos trabajos con horarios insufribles, lejos de casa, con atascos…
Y cuando lo tenemos, el tiempo, soportan nuestra convivencia, con las manías y costumbres propias de nuestra edad a las que se amoldan. Porque siempre son ellos los que se amoldan.
Porque queremos niños “no niños”.
Si en tu vida hay días en los que no puedes más, por qué crees que la de ellos será diferente?
Pongámonos en su lugar.
Esperamos de ellos que sonrían, que no contesten, que estén de buen humor siempre, que rindan en el colegio, que rindan en casa, que lleguen a todos los esfuerzos.
Esperamos de ello lo que nosotros no hacemos y justificamos con el cansancio.

No podemos esperar que siempre estén tranquilos y sonrientes cuando nosotros no somos capaces muchas veces de estarlo.
No podemos esperar que siempre estén receptivos a nuestras peticiones, a nuestro ritmo de vida, sin mostrar desinterés, cansancio o agotamiento, cuando no se lo pediríamos a un adulto de nuestra familia.
No se trata de paciencia, se trata de empatía. De no esperar más de ellos de lo que le pedirías a un adulto.

De entender que un niño “normal” necesita jugar, descubrir y moverse constantemente.
Necesita expresa como se siente y como está aprendiendo a ello gritará, llorará o reirá como si no hubiese mañana.
Necesitan tiempo para aprender y vivenciar por si mismo, aunque no sea nuestro momento o haya cien obligaciones urgentes antes que cumplir. Necesitan tu paciencia para explicarles, y su paciencia para entender porqué anteponemos nuestras necesidades a las suyas
Un niño necesita que le escuchen cuando tiene un mal día, que le acompañen y le comprendan. Exactamente como tu.
Un niño necesita espacio y tiempo para si mismo. Para desconectar, como tu.
Necesitan descanso, para no hacer nada o para hacer lo que les pida el cuerpo, como tu.
Sin más.
No necesitan nada especial, mas allá de ser vistos como personas. Como tu.

Cuando veas un niño enfadado, movido, ruidoso, agotador, piensa que probablemente sea un niño cansado.
La misma empatía que muestras con una madre agotada, utilízala para su hijo.
Tal vez a el, le haga más falta…

Cansancio. Héctor Ferraro
Cansancio.
Héctor Ferraro

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2 comentarios

  1. En casa lo descubrimos con el mayor: era un niño tranquilo y bueno de unos 2 años, pero a veces, de repente, se liaba a barrer hacia el suelo todo lo que hubiera sobre mesas o muebles, entre gritos y lloros. Mi marido creyó que solo llamaba la atención y que merecía un castigo, pero yo le miré más: estaba cansado. Lo llevé a la cama y se durmió en seguida.
    Con el pequeño ha habido que volver a mirar, porque sus signos son diferentes, pero también los tiene.
    La vida es más fácil si aprendes a mirar a tus hijos. Y a ellos se la facilitas también si les ayudas a poner palabras a lo que les pasa, porque no lo saben: “ven, estás cansado. No te preocupes que no me enfado. Vamos a la cama y cuando te despiertes te sentirás mejor”. Al principio no te creen, pero a la larga se dan cuenta de que tienes razón y ellos mismos acaban por mirarse a sí mismos y decirte: “estoy cansado. Podemos ir a dormir?”. Y la vida vuelve a fluir.

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