Tu fiebre me mata

Cualquier tos me duele, tu fiebre me mata, tu malestar me puede, sucumbo ante tus ojos apagados, caigo sin tu sonrisa, no hay ibuprofeno para el dolor que siento en cada golpe que os hacéis.
Quiero prepararme, hacerme dura, aprender a vivir sabiendo que algo malo os puede pasar, pero soy incapaz. Duele…
Soy tonta lo se, pero es imposible amaros a medias, soltaros sin miedo, veros volar sin el estómago encogido. Saber de vuestro dolor sin contagiarme.
Da miedo, terror perderos en manos de una enfermedad, de una fiebre, de un virus.

Me hubiese gustado saber antes de ser madre que me doleríais tanto.
Que me enamoraría locamente y dolería. Porque duele quereros.
Me hubiese gustado saber que nunca nada me parece suficiente si es para vosotros, que nada sentiría suficiente.
Hemos pasado por muchos sustos, pero nunca te acostumbras. Ni a los grandes ni a los pequeños.

Y es que la maternidad es la posesión más dura, el más fuerte de los compromisos.
Irrompible como el acero.
Una fuerza arrolladora que te hace dueño de todos sus males, responsable de todos los nublados que le oscurezcan.
Tal vez esa sea la faceta más dura de la maternidad, y a la vez tan hermosa.
La responsabilidad infinita por todo lo que no podemos controlar.

Durante una semana hemos tenido a los tres malitos, Alma, la guerrera, el pilar de nuestra casa, nuestra fortaleza también ha caído, lo que empezó como gripe terminó como un principio de neumonía.
Mi preciosa niña, siempre sonriente se apagó y marchitó, y en ella la enfermedad es más dura, porque nunca enferma, siempre en pie, siempre inmensa.
Se hizo pequeñita. Volvió a ser por unos días mi bebé indefenso. Mi flor, a la que la fiebre hizo diminuta, perdía su color.

No puedo, no podré nunca, el tiempo no me basta, la experiencia no me llena, no puedo verte enferma. No valgo, no quiero.
Me cambiaría mil veces por ti, hipotecaría mi alma por que jamás perdieses la sonrisa.
Multipliqué mi pecho y ahora no cabe más que quereros, no me cabe esto.
Me supera, me entristece, me agota.

Mi princesa.
Fiebre

Mi niña ya vuelve a brillar,  la fiebre ya pasó, pasó la tos, las noches sin dormir, las medicinas, los abrazos ardiendo…
El sol ya ha vuelto a salir, y tengo que vivir sabiendo que jamás después de ser madre brillará con la misma fuerza, nunca brillará de nuevo sólo para mi.
La maternidad es tan grande que cambia la órbita solar y su fuerza.
Que des-alinea tu vida.
Derrumba tus creencias.
Oscurece tus ojos, y sin embargo, nunca la luz ha sido más hermosa.

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