Yo no lloro nunca

Yo no lloro nunca, me dijo con aire de suficiencia, poniéndose de puntillas para parecer más alta. Nunca, nunca.
Por qué? Le pregunté yo.
Porque yo soy gigante. Grande como una montaña. Yo no lloro porque soy muy fuerte.
Nunca lloras? Insistí.
Nunca! Ya te he dicho que soy muy grande!

No importa lo grande que seas, a veces se necesita llorar, soltar las penas, liberarlas.
Llorar no empequeñece, porque sentir agranda. Los que no sienten, tienen el corazón pequeñito.
Nunca has notado de pronto que una arenilla te ha entrado con el aire en el ojo? Es una Pena.
Las Penas se esconden en los ojos, de un salto se meten cuando son pequeñas y se agazapan para que no las veas. Y allí viven, en los ojos.

Las Penas crecen y te ciegan, se hacen enormes y dejan de caber en los ojos, y se mudan al pecho, cerca del corazón, para alimentarse de su calor y de su música.
Porque tu corazón hace música, y palpita al compás tuyo. Las penas lo silencian, te roban la música, la alegría, la luz.
Cuando una Pena se cuela en tu ojo, llorar es bueno, porque si lloras cuando son pequeñitas, las Penas se ahogan y se marchan con las lágrimas lejos de ti. Fluyen.

Las lágrimas te devuelven la vista que te robaron las Penas, y hacen más limpio y claro el camino.
A veces las penas no desaparecen con las lágrimas, pero tu ayudan a conocerlas y aprendes a vivir con su presencia, a sentirlas más pequeñas y llevaderas.
Otras veces no sabes que tienes una Pena hasta que lloras, porque llorar te devuelve todo lo robado.
Después de las lágrimas siempre sale el sol para que puedas seguir caminando hacia delante.
Las Penas a veces se cuelan entre los trozos rotos de corazón, y las lágrimas los cosen, y las cicatrices hacen que su latido suene más fuerte. Y pese a las Penas, sigas teniendo música.

Llorar no te reduce tamaño, no te resta grandeza, no te humilla, es sólo un río por el cruza a veces nuestro camino. Por el que atraviesa la vida.
Ese río hay que cruzarlo siempre, a veces de un salto, a veces te cubren sólo los pies, otras veces tendrás que cruzar nadando.
Te mojarás la ropa, y te encontrarás húmedo y frío, sin abrigo.
Pero sabes qué? La ropa mojada se seca mientras caminas…

No dejes nunca de caminar, cruces los ríos que cruces.
Tengas las Penas que tengas,  llora cuando lo necesites, porque todos los robles milenarios nacieron de una semilla alimentada con la lluvia.
Río Salvaje

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