Al niño que no sabía mirar

Al niño que no sabía mirar.

Mi niño, y el de J, y el de V, y el de M, y el de C, y el de X, y el de S y tal vez el tuyo.

Al niño que no sabía mirar.

Al niño que se le olvidó cómo sonreír.

Al niño que se le olvidó que necesita besos, que no sabía que los abrazos llenan el corazón y los rechazaba a veces.

Al niño que se olvidó cómo se llamaba.

También al niño que se le olvidó cómo hablar.

Al niño que se le olvidó que el mundo no quiere conocer toda la verdad, al que no sabía callar.

Al niño que no sabía cómo jugar.

Al niño que nunca conoció el miedo, y bailaba sobre los filos de los acantilados.

Al niño que temía al mismo miedo, y nunca bailó más allá de su sombra.

Al niño que no aprendió a expresar lo que sentía y todos pensaban que no sabía sentir.

Al niño que nunca supo diferenciar entre caricias y golpes, al que se dañaba a sí mismo .

Al niño que sólo vivía en blanco y negro y al que vivía en colores, y algunos le daban vida y otros se la quitaban.

Al niño autista.
A todos los niños autistas del mundo.

Y a su mamá.

La que todos los días pide que le mire.

La que todos los días le sonríe.

A la que todos los días le besa cuando duerme, y muere por un abrazo suyo.

La que todos los días le dice su nombre una y otra vez para que lo recuerde.

y la que insiste en vivir en un monólogo constante para que el escuche y sueña con el primer mamá de su boca e imagina cómo será su voz.

A la que explica todos los días qué no decir, e intenta explicar las normas que rigen el mundo, incomprensibles para el.

La que pacientemente se sienta a su lado e intenta llamar su atención de una y mil formas para que juegue.

A la que nunca le suelta de la mano, y vive en un “ay” cada vez que se aleja, a la que baila con el en el filo de los acantilados de puntillas.

A la que alarga las sombras y cose alas para que aprenda a volar sin miedo.

A la que sabe que siente, que sufre, que su corazón aletea con cada cambio, que su mundo se derrumba de dolor por no saber explicarlo y entenderlo.

A la que cada día le insiste, despacito… Y cambia los golpes por abrazos y llora en silencio de madrugada cada herida.

A la que colorea el mundo para que sonría y esconde y disfraza lo que le intranquiliza.

A la que tira de su mano para que le de el sol, y borre los grises.

A la que le abraza cuando llora, y cuando ríe, y cuando canta y cuando juega y cuando come…
Porque cada “cuando” es un premio y un logro.
A todos.
A todas.
Porque hacéis un mundo mejor.

Noe del Barrio

Azul no es un color, es una forma de vida

Artículos Relacionados