Te regalo el mundo

Te regalo el mundo

Eso pensé la primera vez que vi a mi hijo, lo sigo pensando.
Y a cada uno de ellos quiero regalarle el mundo.

Te regalo el mundo. Y las estrellas, y el sol.

Quiero regalarle todas las risas, todos los besos y todos los ríos. Las risas se acabarán cuando se acaben los besos, y tal vez sean las lágrimas las que llenen los ríos.
Todo es vida, todo un regalo.

Te regalo todos los volcanes dormidos, y las tormentas despiertas. Y de lejos puede que veas despertar los volcanes, y cerca verás amainar las tormentas.
Te regalo los días de lluvia y la nieve en primavera. Para que valores el sol venidero y las flores nacidas en la tierra enriquecida por el húmedo y frío manto.

Quiero regalarle todas las tartas de chocolate del mundo, para que conozcas los sabores más dulces de la infancia. Ya llegarán los ácimos y los amargos a tu boca.
Quiero regalarte todos los atardeceres, porque significará que viviste todos los días.

Te regalo todos los charcos para saltar en ellos. Y la inocencia, para que nunca la pierdas saltando.

Quiero regalarte todas las playas, de aguas cálidas y calmas.
También te regalo los acantilados, y sus fieras olas y el rugir del viento.

Te regalo todos los vuelos de las águilas. Y la libertad de volar.

Quiero regalarte todos los libros y todos los poemas jamás escritos.
Los que leí y los que no.
Los que me emocionaron y los que no me gustaron.
Los que consideré maravillosos y los que pensé que no debieron ser escritos, también esos, para que tengas oportunidad de conocerlos todos y de decidir por ti mismo.

Te regalo todas las mareas, para que te guíen, para que a veces te acerquen y otras te alejen. Para que te pierdan en el mar y te encuentres.
Te regalo todos los campos de girasoles a las tres de la tarde, cuando vivos y erguidos contemplan el sol. También te los regalo al amanecer, cuando parecen yermos y dormidos.

Quiero regalarte todos los nidos de cigüeña del mundo, y todas las verbenas de pueblo. Te regalo las tradiciones para que conociéndolas innoves y crees futuros nuevos y desconocidos.

Te regalo Madagascar y esa piedra blanca del parque. Y todos los granos de arena, y todas las rocas gigantes.
Porque todos forman parte del mundo, todos tienen valor.

Quiero regalarte todas las flores salvajes. Y las de invernadero.
Las que huelen bien y las que no huelen.
Las vivas y las secas.

Te regalo las montañas más altas, y las colinas, y los valles…
Y me gustaría recorrerlos todos contigo. A tu lado, de tu mano.
Sueño imposible lo se.

Quiero regalarte todos los cuentos contados a través del tiempo, alrededor de un fuego. Y todos los fuegos. Y todas las castañas asadas. Y el humo, ese que impregna tu ropa de risas, y te recuerda la buena compañía.

Te regalo un bosque inmenso, vivo, exuberante, vestido de verde.
Y también un otoño con bosques caducos y desnudos.

Te regalo el mundo. Porque ese es mi cometido, mi sueño, mi fin.
No, no es la perfección, no somos perfectos, por eso quiero regalarte todo, lo bueno y lo malo, para que vivas, conozcas, elijas.
No sueño, ya te he regalado el mundo, mi mundo, imperfecto a veces, pero siempre hogar para ti, refugio y calor.
No es perfecto hijo mío, tu tampoco, por eso te quiero, ya ves. Porque no te quiero de ningún otro modo. No te quiero mas listo, ni mas bueno, ni mas perfecto. Yo tampoco soy perfecta.
Ni lo es el mundo.
Y sin embargo te lo regalo.
Vívelo, cámbialo, hazlo tuyo.

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Se parece a ti, será como tu.

Se parece a ti, será como tu.
Es a ti, mujer del futuro, mi hija, mi amor a quien escribo.
No se qué recordarás ese día de tu infancia y de mi. Qué parte de mi llevarás el día en el que  te conviertas en la mujer valiente y maravillosa que se vislumbra entre tu sonrisa?

Mañana.
Mañana ya no serás mi bebé.
Mañana ya no tendrás cinco años, sino 6, 9, 12, 18…
Ya no serás mi princesa de cuento, habrás crecido y convertido en una mujer.
Ya no necesitarás de mis manos para trenzar tu pelo, no precisarás mi ayuda para buscar tu ropa, ni el brillo de mis ojos para iluminar tu sonrisa.
Independiente de mi querrás descubrir tu vida.

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No puedo, me dijo.

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Madres. Kolwizt

No puedo, me dijo.

Crecen, y con ellos las preocupaciones.
Cambian los miedos, las angustias.
Cuando pasa el tiempo te das cuenta de lo fácil que era de bebés.
Crecen y te encuentras frente a ellos, personas, iguales, y aterra equivocarse.
Aterran sus miedos, sus dudas.
Su sufrimiento.
Aterran tus miedos, tus dudas.

No puedo, yo no se hacerlo, me dijo.
Y me dieron ganas de darle el mundo en una mano, de enseñarle que procede de la fuerza, de la más grande de las razas. La humana.
Y quise gritar que eso no era posible, que él era grande, el más grande, increíble, capaz de lograr cruzar todos los mares a los que llegue.
Un Dios.

No puedo, me da miedo, me dijo.
Y sentí que podríamos juntos, que siempre estaría a su lado para cruzar cualquier abismo, que siendo hijo mío jamás conocería la derrota.
Que la derrota no existe, que el nació perfecto y lo será siempre.
Que el miedo no forma parte de nuestro vocabulario.

No puedo me dijo.
Y grité que siguiese intentándolo, que la rendición no es posible, que hay que seguir adelante.
Que siguiese adelante, que volase, que creyese en si mismo.

No puedo me dijo.
Y me dio miedo que llevase razón.
Y me dio miedo querer vivir su vida en mi consuelo.
Y me dio miedo errar obligándole a saltar al vacío creyendo que aprendería a volar con el salto.
Y perdí la valentía de repente por miedo a perderle.
Miedo.

No puedo repitió.
Y me descubrí creyendo que tal vez fuese cierto, que la enseñanza no es convencerle de que lo intente, de que puede, sino acompañarle para no rendirse pese a sus límites.
Enseñarle a buscar nuevos comienzos, nuevos horizontes.
Conocerse, saberse humano, equivocado en ocasiones, a veces incapaz, a veces pequeño.
Descubrir sus miedos, no para superarlos, sino para convivir con ellos. Para crecer con ellos.
Para hacer de tu oscuridad caminos que lleven hacia la luz.
Para descubrir la luz en la oscuridad. Porque no hay ceguera mayor que la del que mira al sol.

No puedo dijo. Y le hablé de soñar, de vivir, de creer también en tus incapacidades.
De conocimiento, de vivir el momento, de no rendirse por encontrar un muro.
Lo salto? Lo rodeo? Vive, le dije, y elije en cada momento tu paso. A veces tendrás que pararte, pero no para rendirte, sino para pensar como continuar, para redescubrirte.
Seguir adelante siempre, aunque sepas que no puedes.
Y si se acaba el camino da la vuelta, desanda tus pasos y busca el lugar donde te equivocaste.
Porque todos los no puedo son un nuevo comienzo.

No puedo, me dije.
Y decidí seguir adelante, redescubriendo la maternidad desde todos los caminos.
Algunos difíciles, algunos dolorosos, todos a su lado.

No puedo, me dije. Y decidí vivir todos los momentos como el único.
Y decidí que mañana me preocuparía de los no puedo, y hoy viviría los ahora.
No puedo me dijo.
Y yo le contesté, no importa, yo te quiero.

 

 

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