Llegar tarde…

Llegar tarde.

Somos los que siempre llegan tarde, a todas partes, al colegio, al trabajo, a dormir…
Ya nos dan por perdidos.
Somos tardones. Es una forma de vida.
Nunca llegamos tiempo al cole, porque comemos sin prisas, con risas y charlas.
Hay días que terminamos de comer antes , aprovechamos y después jugamos, y siempre se nos va la hora.
Ir justo de hora incluye llevar algún lamparón, o una manos sucia que con las prisas se nos escapó, o crema dentífrica en la nariz por jugar a última hora en el baño. La coleta sin peinar, las zapatillas mal abrochadas…
Llegar 15 minutos antes, para esperar en la puerta, pudiendo escurrir los minutos en unos patines, o cantando, o saltando
Y es que nos parece una pérdida de tempo llegar pronto para esperar allí, con lo divertido que es estar juntos.

Al trabajo también llegamos tarde casi siempre, porque apuramos los minutos, los besos, los abrazos, concentramos los momentos juntos para que no se escapen, y los amasamos en fortunas disfrutadas.
La puntualidad es una gran virtud, les explico, pero seréis mas felices si os llenáis de besos y no de relojes.
La puntualidad es una gran virtud les repito, pero mayor virtud es ser feliz, porque ilumina la vida y crea mejores personas que las tristezas y las prisas.

Somos una familia de tardones, y se nos escapan las tardes cuando estamos juntos como si fuesen mariposas, vuela el tiempo y faltan horas, se hace de noche y aún faltan cenas, y baños…
Y terminamos cenando tarde y saltando el baño para hacer cosquillas en la cama.
Nunca cumplimos como las familias normales, y siempre nos parece poco el tiempo que pasamos juntos

No nos gustan los relojes y nos sorprenden siempre las horas, cuando aparecen en las esquinas metiéndonos prisa.
Y vivimos en guerra permanente, como huidos de la justicia para que no nos encuentren.
Y como fugitivos vivimos escondiéndonos en rincones donde no llega el tiempo y si el tiempo nos encuentra, nos volvemos piratas y sólo lo medimos por la cadencia del sol y las estrellas.
Somos tardones, y tal vez por ello valoramos nuestro tiempo y nos duele cuando pretenden que nos ciñamos y programemos nuestra vida.
Bastantes horarios absurdos tenemos ya.
Y es que no queremos vivir con prisas.
No necesitamos hacer planes juntos, ni tener tareas, ni planificar el mundo, nuestro mundo.
Nos gusta perder el tiempo tranquilos sin pensar en nada, ni planificar nada.

No queremos prisas, queremos tirarnos en la arena a vuestro lado y que no conozcáis el valor de las horas, sólo el valor de los besos, de las sonrisas y de los rayos de sol sobre la piel.
No queremos que conozcáis aún el valor del tiempo.
Ese tiempo que el mundo nos roba.
Nos despoja de besos.
Nos usurpa calma.
Nos sustrae sonrisas.
Nos quita atardeceres agarrados de la mano.
Ese ladrón de tiempo, que no nos permite disfrutar de vuestro crecimiento.
Esas carreras para llegar a tiempo. A tiempo de qué? De ahorrar más tiempo.
Tiempo para tener prisa…
Como en aquel libro de la infancia, Momo, de Ende, el mundo se esta volviendo gris por falta de tiempo.
Seamos ricos, un día, solo un día, olvidemos el reloj y que sea el sol y el estómago quienes nos indiquen la hora.
Vivamos, disfrutemos.
Andar al son del movimiento del mundo, girando, fluyendo, enseñando el valor de las cosas importantes.
El valor real del tiempo, el que pasamos juntos.

"la persistencia de la memoria" Dalí
“la persistencia de la memoria” Dalí
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Y ayer me enfadé contigo

niño espaldas

Sé tú…

Ayer me enfadé contigo.
Por qué? Tal vez porque pretendo que seas otro, quien no eres, quien tampoco querría que fueses, quien no me gustó nunca…
Y sin embargo ayer me enfadé contigo, por ser tu, porque no recoges, porque gritas, porque no te importa mancharte, porque no paras quieto.

Ayer me enfadé contigo, por no ser como los demás esperan que seas.
Más obediente, más tranquilo, más silencioso, más estudioso, más atento, más educado, más…
Porque me afecta lo que piensen otros, lo que quieren otros, lo que esperan otros.
Me afectan las miradas, los susurros, las notas, las tutorías.
Y sin embargo me gustas, no es sólo amor de madre, me caes bien, me divierto a tu lado, me encantan tus pasiones, tus ganas de vivir, de saltar, de correr, de gritar, de aprender, de soñar. Tu hambre de vivir.
Tal vez por eso me enfadé, porque veo lo peculiar, lo mágico, lo grande y maravilloso que eres.
Porque me aterra que no lo vean los otros.
Porque me veo en ti.

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Crecerás

Mi pequeño ya tiene 15 meses.
15 meses de ser casi uno. Y hoy le miro mientras duerme y me embeleso.
Le siento crecer. Cada paso que da, mi bebé. Que pronto dejará de serlo.

Crecerás, como tus hermanos, y seguirás necesitándome, pero de otra forma.
Sin ese hambre primal que me hace ahora tuya, imprescindible, necesaria.
Dejaré de ser tu Dios para ser solo mamá, tal vez la pesada, tal vez la que te perseguirá para que te vistas, la que te dará besos cuando caigas, la que te mirará con tristeza si enfermas, la que te reñirá de vez en cuando, la que te ayudará a hacer los deberes y a atarte los zapatos.
No perderemos nuestro vínculo, pero si será menos privado, más amplio, dejaré de pertenecerte como ahora, dejarás de idolatrarme y aprenderás a reconocer mis defectos y a verme sin divinidad.
Me querrás igual pero distinto.
Te querré mas.

Crecerás y te alejarás. Es ley de vida.
Me alegra saber el significado de tus pasos, que lo habremos hecho bien.
Respetaré tu necesidad de alejarte y estaré siempre esperando, alerta por si me necesitas, porque no hay distancia suficiente entre tu y yo para que no lleguen mis abrazos para consolarte.
No es lo suficientemente grande el mundo para que si me necesitas no corra a tu lado.

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