La guerra de los Rose delante de los niños.

La guerra de los Rose. Os acordáis? Aquella película sobre un divorcio, y era una comedia, y sin embargo escondía una realidad terrible, la de pasar de amarse a odiarse con furia.
Pero y cuando ocurre? Y cuando ocurre delante de los niños? Qué ocurre, cuándo son testigos de la batalla campal?

Ayer una amiga necesitaba desahogo.
Había discutido con su marido, una de esas discusiones que mueven montañas.
Durante días habían ido bramando en silencio, cada uno por su lado, envenenándose con los pequeños gestos, masticando ofensas, escupiendo diminutos desplantes que al final se convirtieron en un río de rabia.
Se dijeron cosas que no sentían, se gritaron y dañaron con palabras como puñales.
Se odiaron durante un rato, como tanto se habían amado durante su vida juntos.
Y durante un rato desearon no haberse conocido nunca, y se lo dijeron…
Una situación a la que no debiéramos llegar nunca, como parejas, y que sin embargo a veces pasa.
Cuando el enfado ennegrece nuestros actos, cuando la rabia oscurece la coherencia.
Cuando todo duele, cuando todo daña.

Sus hijas estaban delante. 7 y 5 años.
La mayor le pregunto directamente cuando amainó la tormenta si se divorciarían.
-Dónde lo habrá aprendido? Nunca le hemos hablado de divorcio, ni siquiera pensábamos que supiese lo que era, hasta ayer.
La pequeña lloraba. Y se abrazo a su madre desconsolada.
La tormenta pasó, la noche llegó.

Hoy todo son caras largas, aunque tras hablar más calmados lo han arreglado.
Pero duelen las cosas dichas. Sus heridas necesitan sanar despacio…
Las niñas, las niñas. No deberíamos haber discutido delante de ellas.
No se qué hacer. Disimulamos que no ha pasado nada.
Pero las veo mal. Qué harías tu?

No tengo ni idea de que deberías hacer, pero si discutiste delante de ellas también deberían formar parte de la reconciliación. Son personas, entenderán mejor la verdad que no el silencio.
Deberían ya que fueron testigos de la guerra, saber que después, el esfuerzo y las ganas de entenderse traen paz, que no hay ataque que merezca el odio infinito, que la vida continúa y también los malos momentos forman parte de ella.

Deberían saber que os equivocasteis, que no se puede dañar a quien se quiere, que no forma parte de la normalidad, es simplemente que a veces erramos y hay que remendar los rotos.
Edúcalas para que aprendan de vosotros a reconocer los errores, a enfrentarse a ellos, a solucionarlos.
Háblales, de que en el amor no todo vale, que esto no debiera ser, que se puede discutir, y negociar sin necesitad de sacar las armas.
Que las guerras solo traen lágrimas y que ahora vosotros debéis secar las vuestras.

Explícales que lo ocurrido os dañó, os hirió, y dejará una profunda cicatriz que debéis ahora curar con esmero y respeto.
Explícales que vuestro amor es inmenso y esto se solucionará, pero que la cicatriz es para siempre, porque las palabras que se clavan, permanecen en la piel grabadas, con el tiempo parecen ausentes, invisibles, y sin embargo un día podrían comenzar a emerger y a sangrar de nuevo.

Edúcales para saber que el amor no significa renuncia, que a veces se acaba y hay que mantenerse fuerte pese a todo, que cuando se acaba se puede decir adiós con una sonrisa y no con una lágrima.
Porque el principio y el fin forma parte de la vida, una estación más en nuestro camino, pero no el final del trayecto.

Enséñales que ese amor fue vuestra elección, y el fin de el también sería opción, y no por ello dejaréis de amarlas.
Que el fin no significa que mengue vuestra humanidad, que vuestra ruptura no significa recortaros como personas, mucho menos como padres.

Y ya que formaron parte del drama, no las invisibilices disimulando, no las insultes considerándolas testigos ciegos del terremoto.
Hazlas parte.
Y la próxima vez, haz que el respeto y la cordura sean los caminos para discutir vuestras diferencias. La guerra, no es el camino.

 

La guerra de los Rose

 

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Campeón por la gloria de tu madre!

Campeón, por la gloria de tu madre!

Campeón, por la gloria de tu padre!

Y ahí está, Menganita, vestida de tules.
Preciosa, peinada como una reina.
Preparada para un día más, pasarse una hora llorando, desgranando su infancia sobre el parquet de la escuela de ballet.
Tres años y el conocimiento de que sus deseos no importan, ni su cansancio.
Que el amor que recibe a diario, desaparece al llegar a la escuela y no merecen sus lágrimas valor.
Porque sólo el esfuerzo, conseguirá que su mamá sonría y se sienta orgullosa de su niña.
Y un día tras otro, se nos rompe el corazón a las otras madres, aquellas que simplemente quieren una actividad para las tardes de invierno.
Ocio extraescolar, al que se falta si hay un cumple, o si hace frío, o si nos apetece hacer una guerra de cosquillas.
Y un día tras otro se parte el corazón de su maestra, impotente, cuando inconsolable se queda en su clase.
No han servido charlas, comentarios de tal vez al año que viene, cuando sea mas grande… Súplicas, volcadas sobre tierra árida, sobre pared sorda…
Es el deseo de su mamá. Su gloria perdida.

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La vida es música.

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La vida es música.

Un pequeño relato escrito para La pedagogía blanca. Y publicado en su web el 14 de abril de 2014

Un instituto.
Una clase con 36 chavales de entre 14 y 16 años, hormonados, beligerantes, ruidosos…
Os suena?
Es el marco donde comencé el instituto, a mediados de los ochenta.
Entonces aún se separaba a los que “valían” para estudiar de los que no, ofreciendo ir al instituto o a formación profesional la mayoría de las veces como recurso para separar a los más alborotadores de los menos…
Yo era de los alborotadores, aunque muchos años después y casi rozando los cincuenta sea un hombre de pro, responsable y con hijos adolescentes.
Me llamo Diego, y en el instituto aprendí que un docente puede hacerte cambiar la vida, que el amor por lo que se hace y el respeto por las personas a las que se enseña puede marcar la diferencia.

La vida es música.

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