Hasta el moño de la sororidad

Sororidad.

No, no todo vale.
Y no vale dar la razón  a cualquier mujer por el hecho de ser mujer, y no basándose en si la lleva.
Sororidad, esa palabra tan de ahora, tan de mujeres, mujeres  libres,  feministas, tan cool.

Alguien se preguntará a estas alturas que es la sororidad, es el hermanamiento femenino, una forma de solidarizarse entre mujeres, pero va mas allá, comprende pensamientos y actos tanto éticos como políticos destinados a unirse y luchar contra el patriarcado que nos discrimina.

Esa sororidad se ha difuminado y convertido en otra cosa, en un todo vale.

Continue Reading

El último vals.

El último vals.

Tenia 17 años cuando se casó, era otra época, finales de los 60. La chica más bonita del barrio.
Una buena chica, trabajadora y limpia
El, un tipo guapo y listo, con futuro, emprendedor. Se casó de malva con un vestido corto, no necesitaba más, la felicidad la embellecía.

Hicieron la fiesta en casa, en domingo, después de la boda en la parroquia del barrio, sería su primera noche en su pisito nuevo.
Sería su primera noche solos.
No imaginaba que al día siguiente no podría ir a trabajar, un pequeño malentendido, una discusión y una bofetada. Nada grave, pero la puerta cerrada. El si fue a su trabajo y la dejó allí, llorando.
Cuando por la tarde volvió,  como si no hubiese pasado nada, fue a hablar con su madre, esta se rió, qué esperabas? Eres su mujer.
Vuelve y espérale con la cena hecha.

Al poco estaba embarazada.
Habían pensado que dejaría el trabajo cuando tuviesen familia, pero le dio miedo.
Miedo a no tener mas que su compañía.
Ese era su futuro, su propia familia…
Venían dos, no fue un embarazo fácil, pero era feliz. De ocho meses comenzó un sangrado, uno de los bebes estaba muerto. Era otra época.
Hay que abrir, dijeron, o la perderemos en la hemorragia, tal vez haya que elegir.
Era el primer nieto de la familia. Por supuesto el pidió que salvaran al niño…
Se salvaron los dos, madre e hijo, y tuvo que continuar su vida, sabiendo que no tenia la valía suficiente para el.

Un año después llegaría otro niño. Y los primeros celos.
Quién era ese? Por qué te mira. No le mires.
Iba a buscarla a la puerta de la oficina, ella seguía siendo preciosa.
Una chica guapa, que siempre se arreglaba y maquillaba. Hasta que tuvo que hacerlo para disimular los golpes.
No era habitual que una mujer siguiera trabajando fuera de casa siendo madre, pero se negaba a abandonar su trabajo.
Su familia le dijo que aguantara, son cosas del matrimonio y tu no se lo pones fácil, deja de trabajar; sus vecinas, es un buen gallo, defiende lo suyo; las compañeras, es porque te quiere, está loco por ti…
Era lo normal.

Le conoció por casualidad, venía a menudo a traer paquetería. Siempre le sonreía.
Joven como ella, tímido.
Un día se atrevió a traerle una flor, otro día un bombón.
Apenas un hola y su eterna sonrisa.
Se atrevió a soñar que podían amarla, de aquella forma romántica que salía en las películas.
Y soñaba mientras alargaba su jornada con los niños y la casa, y soñaba cuando se enfadaba y le propinaba alguna bofetada, y soñaba cuando ya no podía ni soñar.

Una mañana se atrevió a ir con el a tomar un café.
Y se sintió de nuevo con 15 años, y sintió lo injusta que era la vida, y sintió que llevaba mucho lastre.
Y le pesó el mundo…

El se enteró. Volvió a cerrar la puerta, pero con ella fuera.
Terminó en la escalera, con la nariz rota.
Los niños lloraban al otro lado de la puerta. De nada sirvieron sus lágrimas y súplicas.
Como pudo volvió a casa de sus padres, donde también le cerraron la puerta, las chicas buenas no toman cafes con otros hombres.

El sí abrió. Y mientras la abrazaba le prometió que nunca permitiría que volviese a dañarla.
Y prometió que cuidaría de sus hijos.
Pero no se los dejó ver. En mucho tiempo.
Tuvo que elegir. La obligaron. Entre seguir viviendo sin vivir, con su marido y sus hijos o respirar de nuevo.
Eligió el aire…

Sus padres dejaron de hablarle.
Sus hermanos decidieron negarla.
La despidieron del trabajo.
El la odió eternamente, sus padres jamás comprendieron, sus hijos aún le recriminan sus actos…

Ella no ha podido perdonarse, pese a todo.
Eran otros tiempos.
Y ha pasado todos estos años mendigando una tarde con sus hijos, viviendo sus vidas a través de fotos.
Viéndoles crecer de lejos, en la distancia.
No fue invitada a sus comuniones, ni celebró sus logros de estudiantes, se perdió casi todos sus cumpleaños y aunque el tiempo fue limando, y pudo acercarse jamás los volvió a sentir cerca.
La invitaron a sus bodas, aunque sabe que fueron sus nueras quienes suavizaron, mucho más cuando fueron madres.
Adora a sus nietos, y los visitas asiduamente. Aunque no le llamen abuela sino María …

Nadie tendría que perdonarte, no hiciste nada que mereciera pedir perdón. Le recuerda el a diario, mientras le sigue besando con la pasión del primer día.
Huiste de la incongruencia y estupidez humana.
Decidiste respirar, no había más opciones.
Cuánto ha llovido desde entonces?
Hoy más de 40 años después sigue a su lado. Nunca le dió nada más que amor.
No tuvieron bienes, y juntos se enfrentaron al dolor profundo del rechazo de sus hijos.
Tampoco quisieron tener otros juntos, hubiese sido renunciar a los suyos, y eso nunca lo hizo.

Juntos cruzaron el umbral de la puerta de sus padres 30 años después, aquella que nunca debió ser cerrada.
Y enterraron el rencor y perdonaron que mirasen a otro lado.
Juntos asistieron al entierro de su marido y a las bodas de sus hijos.
Y hoy juntos han reescrito la historia, y a sus 72 años se han casado.
Tras toda una vida luchando.

Hoy nadie de la familia les ha acompañado, pero no les importa, hoy su corazón galopa como aquel día tan lejano, en el que se casó por primera vez.
Y piensa que la historia se escribió mal y hoy la están corrigiendo.
Al salir uno de sus hijos esperaba en la puerta del juzgado, al verle, allí, sólo, ha bajado la cabeza, a la espera de su desprecio.
Y no ha ocurrido nada.
Y le ha mirado y ha visto su sonrisa.

Lo siento mamá. Lo siento.

Y abrazados ha vuelto a tener esperanza y ha sonreído, y ese abrazo le ha reconciliado con el dolor de los últimos 40 años.
La vida es así, ha pensado mientras le abrían la puerta del restaurante, donde les esperaban su otro hijo y las familias de ambos.
La vida es así, simplemente espectacular, le ha dicho a su ahora ya marido, cuando le ha dado la mano y han bailado juntos un vals, mientras sus hijos y sus nietos aplaudían…

Continue Reading

No estas sola…

No estas sola. Madres separadas.

 

 

Mañana puede ser tu historia…

Hoy es una historia de una madre separada, pero hoy, no está sola.

Lo sabía todo. Tenía toda la información y el conocimiento sobre sexualidad, y sin embargo me quedé embarazada. Tenía 16 años y las cosas muy claras, tan claras que cuando descubrí mi embarazo ya había terminado la relación, decidí tenerlo sola.
No, no fui valiente, más bien consecuente. También debo decir que no hubo dramas, mi familia me apoyo y acogió sin preguntas.
Había decidido mi camino, y me ceñí a el. Mi embarazo y maternidad joven no supuso tragedia. Era mi decisión, y seguí mi vida ateniéndome a ella. No fue fácil lanzarse, pero salimos adelante.

Con mi bebe recién nacido conocí al que sería mi marido. Me enamoré perdidamente, era todo lo que yo podía soñar, atento, amable, encantador y adoraba a mi pequeño bebé.
Era demasiado joven y tan pronto otra relación no fue bien vista, yo me cegué, creía en el, en nosotros. Y creía que mi hijo no podía pagar mis errores, merecía un padre. Una familia.
Nos fuimos a vivir juntos, a su lado los días pasaban felices. Vivíamos alejados de la familia, en las afueras. Nos casamos apenas un año después de conocernos.
En las fotos se puede ver la felicidad. Yo estaba enamorada.
La vida me había hecho un gran regalo al encontrarle.

Poco después de la boda nos mudamos, por motivos laborales volvimos a la ciudad, y todo comenzó a cambiar, aunque entonces no me di cuenta. Buscábamos un hijo. La noticia del embarazo fue la guinda de nuestro empalagoso pastel y el momento en el que empezaron a derrumbarse nuestros cimientos
Todo se complicó. Mi salud se vio muy afectada por el embarazo, perdí el trabajo y me derrumbe anímicamente. Y sin embargo aparentemente todo era perfecto, no fue hasta verlo desde la distancia que fui consciente de todo.
Lo teníamos todo, hoy veo que nunca tuvimos nada.
Volver a la ciudad en la que crecí, rodeada de familia, amistades, conocidos, para mi significó decir adiós a la soledad de la distancia. Sin embargo, en lugar de mejorar, mi vida se convirtió poco a poco en un infierno.

Mi príncipe azul perdió la pátina brillante y comenzó a sacar la piel de ogro que habitaba dentro.

Mi príncipe azul perdió la pátina brillante y comenzó a sacar la piel de ogro que habitaba dentro.

Llegaba a casa y tras el beso cortés comenzaba el interrogatorio.
Dónde estuviste? Con quién? A quién viste?
Desconfianza, temor, inseguridad…
No le di importancia al principio tenía 18 años. Lo llamé amor.

Para complacerle deje de relacionarme con todo aquel que le supusiese una nube en los ojos.
Dejé de tener amigos, así. En masculino.
Perdí el contacto con casi todos los hombres de mi vida.

Yo era su posesión mas preciada.
Y temía perderme.
Y yo lo comprendía.

Comprendía sus celos y los valoraba, porque significaban que me amaba.
Valoraba su enfado si me veía hablar con un hombre.
Admitía que él era un hombre y sabia más que yo. Las mujeres se relacionan con mujeres. Es lo normal.
Los hombres no entienden de amistad, quieren algo siempre, decía. Y yo lo entendía. Y transigía.

Después de los amigos, llegaron las amigas, que también se interponían entre nosotros.
Me dolía aceptarlo, pero estaba cegada, y entendía que era el pago por nuestra felicidad.
Si era dañino para mi matrimonio era justo que rompiera los puentes.
Hoy atisbo un miedo escondido detrás, el mío, miedo a perderle, a reconocer ante todos que me había equivocado.
A negarle a mi hijo su recién adquirido padre, a negarle a mi hijo aún en mi vientre la posibilidad de una familia completa…

Un matrimonio se basa en el amor y la amistad, sólo el puede comprenderte, acompañarte, tu marido, confesor, dueño…
Dueño…

Pero los puentes no eran sólo de amistades. Sin darme cuenta también rompí con la familia, con todo…
Cualquiera que requiriese de mi tiempo sobraba.
Comencé a perder el control sobre mi persona.
Me sentí sola. Fui perdiendo mi alegría, me sentía insegura, sin consuelo, ni compañía.
Mi familia tenía todas las alarmas puestas, recibí avisos, pero no quería escuchar.
Mi marido me amaba, lo hacía por nosotros, por nuestra familia.
Con cinco meses de embarazo, y problemas circulatorios me costaba andar y moverme.
Me dejó claro que como ya no trabajaba la casa era cosa mía. Y el niño.
Tras conseguir dejarme sola se desenmascaró. Dejó de ser la persona atenta y maravillosa.
Ya no tenía necesidad.
Yo no tenía donde ir.

Yo no valía para nada.
Me lo recordaba con su mirada reprobatoria a cada paso.
Me dejaba claro que debía cumplir con mis obligaciones, sin poder moverme o agacharme debía seguir el ritmo.
Miraba como me tenía que tirar al suelo para recoger juguetes.
O como me subía a una escalera para limpiar.
Me exigía cumplir mis obligaciones. Las impuestas por el.

Cuando ya no quedaba nada de mi, se alejó.
Estaba saturado por mi culpa, no podía llegar para ver mis lágrimas.
No hacía más que quejarme y amargarle.
Se buscó hobbys y nuevas amistades, que le ocupaban el tiempo que antes pasaba a mi lado.

Y la culpa era mía.
Estaba sola.
Y creí que era lo que merecía.
No era nada, no valía nada. No había futuro.

A punto de parir estaba destruida como persona. Desnutrida de afecto.
Había perdido el contacto con todos, y aunque lo necesitaba, no podía permitirme pedir ayuda. Ya no había puentes…

 

Una tarde recibí una llamada. Una amiga de toda la vida.
Y me derrumbé, le conté en que se había convertido mi vida. Como me abandonaba para correr y desahogarse. Como me sentía.
Mientras hablaba fue aclarándose mi mente, haciéndome consciente de la realidad.
Y el golpe final.
Tu marido no está corriendo. Tiene una amiga.
Por eso te he llamado.

Mi venda se cayó.
En ese momento contabilicé la dignidad perdida, el amor propio regalado, el tiempo donado para nada, y sobre mis cenizas y los trozos que aún quedaban de mi corazón supe que había terminado todo.
Recogí las pocas cosas que cabían en una bolsa, y con mi hijo y mi embarazo me marché.
Volví a casa de mis padres.
Me costó explicar, tuve que romperme de nuevo para uno a uno arreglar los trozos.
Me di cuenta de la ruina que era mi vida.
De la devastación de mis ilusiones.
Seguía creyendo que era culpa mía, que lo merecía, pero había cambiado en algo, mis hijos no lo merecían.
Mi hijo no merecía esa vida, ni esa mujer aniquilada como madre.
Tenía 19 años. Separada. Madre de dos.
En el transcurso de las siguientes semanas fui consciente de que nuestra vida estaba basada en mentiras.
Que probablemente nunca me quiso, y si lo hizo yo no merecía esa clase de amor.
Sobretodo fui consciente de que nunca me querría.

Tras unas semanas de tranquilidad protegida y cuidada por mi familia necesité respuestas.
Y obtuve el mapa de una mísera y triste red de mentiras y engaños.
Deudas, infidelidades…
No me dio explicaciones. Las pedí, pero me tenía en tan poca consideración que ni siquiera creyó que las mereciese.
Le dio igual mi dolor, mi desesperación, mi angustia. Nuestro bebé…
Decidí separarme.
Le dejé todo, tan sólo le pedí la custodia de mi pequeño a punto de nacer.
Y me la dio.
Hoy soy consciente de porque no le quería.
Entonces lo consideré generosidad, la señal inequívoca de que aún me amaba…

Mi hijo nació, y al poco el reapareció en mi vida, yo aún no era consciente de la magnitud del daño que me había hecho, necesité ayuda psicológica para asimilar todo lo ocurrido, pero a mis 19 años, a pesar de todo, estaba enamorada.
Y retrocedí, aún a riesgo de perder definitivamente a mi familia.
Me pidió una oportunidad y se la di.
Era mi marido, el padre de mi hijo, mi familia.
Desandé el camino de la comprensión haciéndome creer que había sido mi culpa.

La oportunidad apenas duró un par de meses.
El tiempo exacto en el que desperté e hice preguntas.
Necesitaba respuestas. Y el volvió a intentar manipularme, acusándome de quererle hacer daño.
De querernos destruir como pareja, como familia.
Dos meses después al fin vi que no habría respuestas porque nunca hubo nada.

 

No quedó nada. De mi. Solo escombros de la mujer joven y llena de vida que debía ser.
Sin autoestima, sin ilusión, con una maleta llena de miedos y desconfianza.
Mi yo había muerto para siempre, y comenzaba el resto de mi vida.

La terapia me trajo las respuestas, había vivido sometida, en un juego macabro de posesión y manipulación que me había destruido.
Durante años las heridas me han impedido quererme y rehacer mi vida.
Me ha costado mucho volver a confiar, cualquier acto, un pequeño detalle, hace saltar mis alarmas de auto protección.
He tenido que aprender de nuevo a no apartar a nadie de mi camino.
Hoy diez años después puedo decir que forma parte superada de mi historia.

Ya no duele.

Esa vivencia ha forjado a la persona que soy hoy, no soy la misma, sino la versión mejorada de mi misma.
Más fuerte, madura.
No le guardo rencor, ni siquiera espero que entienda lo que hizo.
Probablemente no es ni consciente.

 

Detectar que te están anulando no es fácil. Aprender que tu vida no puede supeditarse a los deseos de otro tampoco.
La manipulación es un íncubo que te posee e invalida tus sentimientos.
Si alguna vez lo sospechas cerca, huye, lucha por ti…

No. No estas sola. Hoy menos que nunca.
Ha nacido una maravillosa iniciativa para ayudar desde todos los ámbitos a las madres separadas
Madres separadas

También podrás encontrar grupos de apoyo también grupo online y toda la información que necesites.
No lo dudes. No estas sola. Estamos contigo!

 

Continue Reading