El infierno de la maternidad.

Hoy traigo la historia de Laia.

Hace unos meses tuve la suerte de conocerla virtualmente y desde entonces hemos compartido muchas conversaciones vía mail.

Cuando llegó a mi estaba superando una depresión postparto que arrastraba hacía más de dos años

Hoy puede decir orgullosa que la ha superado, aunque también le ha cambiado su sentir y su vida. (Yo digo que a mejor) Porque aunque no conocí a la Laia de antes, conozco a la de ahora y es magnífica. Hace tan solo unas semanas me pidió que pusiese letra a su experiencia, que visibilizara una etapa de algunas maternidades que resulta arrolladoramente cruel.

Leyéndola he llorado y aunque he intentado ser fiel a los hechos ha sido un ejercicio difícil y doloroso que jamás me acercará ni remotamente a su experiencia. Pero aquí os lo dejo.

Y ambas esperamos que sirva para que otras mujeres no se sientan perdidas y solas.

Porque la oscuridad también forma parte de la luz.

Porque ella merece leerlo como historia y pasado, y sonreír al lado de su amado hijo.

 

Fue mi primer embarazo y tras la experiencia considero que el único. Tras una larga relación y el deseo que nunca llegaba de tener descendencia pase por un divorcio doloroso e incómodo. Al poco conocí a Ferrán. Éramos la pareja perfecta, disfrutábamos juntos y me hacía muy feliz. A los pocos meses de conocernos nos fuimos a vivir juntos. No habíamos celebrado nuestro primer aniversario cuando me quedeéembarazada. Desde el primer momento fue un notición. La emoción, la guinda de nuestro pastel, nuestra felicidad absoluta. Nos preparamos a lo grande para su llegada. Un embarazo maravilloso, un buen parto en un hospital donde me apoyaron y me hicieron sentir protagonista.

Me enamore irremisiblemente de Arnau nada más verle. Y desde el primer instante no quise separarme de él.

Salimos del hospital felices y completos. Ferrán pidió vacaciones sumadas a la paternal, teníamos todo planeado, el primer mes de vida de Arnau juntos y apoyándonos.

Cuando llegamos a casa desde el hospital me cayó todo el cansancio del parto de golpe, caí en tres días de sueño abotargado apenas roto para dar de mamar a mi bebe, y para ser alimentada con amor y ternura por mi pareja con sopas calientes y comprensión, aunque preocupado Ferrán insistió en visitar el hospital asustado por la posibilidad de hemorragias internas o infecciones. Ante su insistencia hice el esfuerzo de intentar hacer vida en el hogar.

Esfuerzo. Eso recuerdo. No me apetecía salir de casa, ni visitas. Desconectaba a escondidas el teléfono, y el timbre. El se hizo cargo de todas las necesidades del bebe, yo apenas le sujetaba para darle de mamar. Mamaba rápido y bien, una suerte de lactancia, y volvía a los brazos cálidos de su progenitor. Vivía en un abrazo permanente con él. Aun hoy es así, un vínculo increíble entre padre e hijo.

Empecé a pensar que algo ocurría, no le sentía mío ni propio. Me ponía nerviosa cuando presentía su hambre, me hacia la dormida si le escuchaba llorar. Con diez días de vida Ferrán trajo una matrona de visita y prácticamente me obligo a hablar con ella y dejarme reconocer. Predijo una depresión pos parto. Nos dijo que era mucho más habitual de lo que se piensa, que en unos días me encontraría mejor.

Ferrán le pidió a mi madre que viniese un par de semanas a vivir con nosotros y me llenó de besos y flores.

Todo empeoró. Con su actitud, con la sobreprotección comencé a sentir que nos habíamos equivocado. No era nuestro momento. Arnau sobraba, ese pequeño ser nos robaba espacio. Sentía celos del vínculo que se estaba creando entre ellos, no de mi hijo, de mi carne, sino del tiempo y del espacio que pasaba con su padre, tiempo y espacio que me negaban a mí, como una quinceañera, descubrí los celos teñidos de rencor y desprecio hacia el niño.

Empecé a sentir rechazo cuando le daba de mamar, lo maquillé de dolor y supliqué a mi madre biberones y leche. El mismo día que Ferrán comenzó a trabajar de nuevo terminó mi lactancia.

Ya no me necesitaba ni para alimentarse, así que pasó a ser exclusivo de mi madre, hasta que volvía Ferrán y se hacía parte suya.

Yo pasaba el día en penumbras, durmiendo en mi habitación. Me abandoné y abandoné a todos. Me alejé emborrachada en los momentos lúcidos de culpabilidad y tristeza, y de dolor por la sensación de rechazo hacia ese ser que había coartado mi vida.

Sentía que mi madre y mi pareja llevaban una vida ajena a mí, que hablaban a mis espaldas, experimentaba frustración y desconsuelo.

Seis semanas después de mi parto Ferrán se sentó a mi lado en la cama: – Algo no va bien. Hace días que no tocas a nuestro hijo. Necesitamos ayuda. Tenemos cita en la clínica. Mañana nos atenderán.- Fue dulce, pese a todo, pese a darme cuenta de que su frente estaba marcada por nuevas arrugas desconocidas para mi, por sombras preocupadas y mucho cansancio.

Acudí a la clínica consciente pero resentida. Un equipo formado por mi ginecóloga, una matrona y un psiquiatra me diagnosticaron una depresión severa. Medicación, terapia individual y terapia grupal.

Mi madre siguió a nuestro lado. Y yo termine de hundirme. Dicen que no hay recuperación si no se llega al fondo, y yo llegue. Con las visitas y la terapia de grupo me di cuenta de que las otras mujeres habían llegado a la depresión postparto desde partos duros, pérdidas, familias que no les apoyaban, parejas que minimizaban sus sentimientos. Por qué entonces yo sufría una depresión post parto? Yo no podía quejarme de nada de eso. Todo parecía abocado a mi felicidad, mi pareja, mi familia, mi parto, mi situación, y sin embargo era la mas triste de las almas. Me hice consciente de que yo no era una depresiva, era simplemente una mala madre, que no había aceptado a su hijo. Pero me guarde de exponer lo que sentía, comencé a vivir una agotadora doble vida, la de disimular en casa como me sentía. Hoy hablo de ello con mi pareja y se ríe. Yo lo intentaba, pero solo era eso, intento. El veía como me había cambiado el carácter, me volví taciturna y antisocial, apenas tocaba a mi hijo, me escondía si escuchaba el timbre, no cogía el teléfono…

Escuchar llorar a Arnau suponía una tragedia para mí, no sabía dónde esconderme, donde negar su existencia.

Una tarde mi madre había salido a comprar, estaba sola en casa, con Arnau, había tomado el biberón apenas una hora antes, tenía 4 meses, recuerdo perfectamente su primer gorgojeo, desde otra habitación, me quedé quieta, a la espera de que fuese solo un sueño. Unos ruiditos mas de aviso, estaba despierto. Silencio para coger aire y el comienzo del fin. Un llanto monótono pero chirriante, que se adentraba en mi cerebro. Me acerque casi a hurtadillas a la cuna, me miraba. Intente hablarle. Pero no sabía cómo, nunca le había hablado. Qué tienes? Llanto. Atisbé por encima de la ropa y parecía limpio, encontré en el mueble un biberón de agua y se lo ofrecí, en vano. Seguía llorando. Pensé en cogerlo pero me daba pavor. Siguió llorando durante casi una hora, y yo de pie, delante de la cuna ajena a su dolor, embriagada del mío. Que había hecho yo para merecer a ese pequeño energúmeno gritón. Mi madre entró, le había escuchado llorar desde la escalera, había tirado las bolsas al suelo, me apartó de un empujón y le cogió en brazos mientras gritaba:- Qué le has hecho monstruo???

Me escondí dentro de un armario. Esa noche me tome todo el blíster de ansiolíticos que tenía en casa. En realidad no quería suicidarme, quería huir, huir de las tremendas ganas, de la necesidad de dañar a mi hijo, ese pequeño esperpento, que descubrí también me había robado a mi madre.

Recuerdo los días siguientes ingresada en el hospital, no había sido grave, afortunadamente para mí, no tenía suficientes pastillas, y mi pareja fue rauda en avisar a la ambulancia.

La vuelta a casa, asustada. No había vuelto a ver a mi madre. Al llegar me informaron de las nuevas normas, no podía quedarme a solas, mucho menos con el bebe, Ferrán había solicitado permiso y había dejado de trabajar. Los médicos habían decidido aumentar la medicación y la terapia. Una terapeuta vendría varios días a la semana a casa para tratarme en mi ambiente. Me sentía un monigote, un títere en mi propia vida, sin voz ni voto. Hable con Ferrán de divorcio, de final, y el simplemente me pidió tiempo y paciencia. Yo no me sentía enferma, solo asqueada y cansada.

La terapeuta, impuso sus visitas, charlas, sólo comedia, decía lo que sabían que quería escuchar, aunque era imposible superar el miedo a tocar al niño. Ferrán estaba distante, y yo me hacia películas en la cabeza de vidas nuevas, lejos de todo, en las que nunca había cabida para mi hijo.

Poco a poco, nuestra convivencia se fue normalizando, más por necesidad que por superación. Un par de meses antes de cumplir el año le cambié un pañal, bajo la atenta supervisión de todos. Recuerdo, la sensación de asco. El olor. El bebe ya no lo era tanto, gateaba y buscaba cualquier ser para regalarle una sonrisa, a mi también. Me perseguía y me miraba intensamente, tal vez preguntándose quién era yo. El día que cumplía un año, la casa se vistió de colores, Ferrán decidió y así me lo hizo saber que había terminado el escondernos, que había una vida ahí fuera, y que había llegado el momento de decidir si vivirla o quedarme al margen. Ese ultimátum me rompió por dentro, mis hasta entonces anhelados sueños de libertad de pronto tan cercanos se volvieron aterradores. Organizó una fiesta de cumpleaños, y pasó toda la mañana acompañado de mi madre organizando los preparativos, Arnau, desatendido por ambos, decidió seguirme. Estaba en mi dormitorio, mío porque hacía meses que no compartía con nadie, leyendo. El pequeño aventurero entró gateando, y apoyado en la cama se levantó y ante mi vista dio sus primeros dos pasos hacia mí. Una sonrisa y un: Ma? Jamás antes dicho refiriéndose a mí. No sé que se me paso por la cabeza, no sé que manejaba mi cuerpo, pero le golpeé. Apenas un revés de muñeca, certero contra su rostro, el grito inmediato de sorpresa y dolor de Arnau, la sangre, de su labio partido y de su nariz golpeada…

El mundo enmudeció y a cámara lenta fui consciente de todo un año de dolor, fui consciente de su presencia, de su calor, de mi necesidad. Mientras el mundo se paraba le cogía en brazos y le abrazaba mientras le acompañaba en un llanto por fin liberador. Mientras le juraba que nunca más le haría daño, mientras le amaba todo lo que no había sido capaz de amarle.

Y el mundo quitó el freno y comenzó a girar de nuevo. Apenas recuerdo el resto, Ferrán y mi madre histéricos y llorando también, una ambulancia, un hospital. Había sufrido una crisis de ansiedad. Ese fue el diagnostico, pero yo sé que no, no fue una crisis. Fueron todas las lágrimas, los besos, los abrazos que no le había dado en su primer año de vida, todo el calor y el amor omitidos que reventaron y salieron a raudales en forma de lágrimas. Fue una bombilla encendida en mi cerebro.

No mi historia no termina como en un cuento de hadas tras el beso del príncipe. La vuelta a casa, pese a sentirme receptiva, animada, hablar y explicar, fue dura y dolorosa, no confiaban en mi. Nadie. Arnau sin embargo sí. El aprovechaba cualquier resquicio para correr a mis brazos. Y mientras le abrazaba a veces volvían las dudas y siempre el miedo, el miedo a volver a dañarle. El miedo de rememorar las veces que en silencio en mi mente le había golpeado y dañado. El dolor de saber que durante meses había odiado a ese pequeño ángel que hoy me perdonaba y amaba incondicionalmente.

Un año más de terapia, de ayuda y medicación de besos y juegos trajeron cierta normalidad. Ferrán había vuelto al trabajo y mi madre, el día que celebramos su segundo año se marchó de casa, con el beneplácito de todo el equipo que me trataba para devolvernos el espacio en nuestro hogar. Por fin, era una madre a ojos del mundo. Mi relación con Ferrán aunque hoy es inamovible y férrea, siempre dispondrá de pozos oscuros, aquellos por los que pasamos y llenamos de bilis.

En dos meses celebraremos los tres años de Arnau. Y mi alta total. He superado mi depresión postparto, o eso dicen. Porque durante el resto de mi vida me queda superarme a mí misma. Superar el día de mañana el explicar a mi hijo toda nuestra terrible historia.

Hoy puedo decirlo alto, amo a mi hijo sobre todas las cosas. Creo que nunca dejé de amarle, pero algo superior y maligno se adueño de mi alma y me robó la vida.

Mi historia no es comparable con la de otras, y he conocido unas cuantas, no son cuantificables, ni mejores, ni peores. Sólo oscuras. Películas de terror en un momento que todo el mundo da por rosa y principesco. A la depresión postparto se suma el desprecio del entorno, se suma el desconcierto de quien te quiere, la sinrazón y la incomprensión.

El peor de los actos contra natura, el de la madre desnaturalizada.

Y sin embargo más a menudo de lo que creemos ocurre. La depresión en la maternidad existe.

No estás sola. Y entre luz, a veces se da paso la oscuridad.

Porque la oscuridad también forma parte de la luz.

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36 comentarios

  1. Madre mía cuanto e llorado al leer esto. Es a lo único que le tengo miedo, que todo el mundo lo ve como un cuento de hadas color de rosa y yo solo tengo miedo a esa depresión, no me gustan los niños en general y por eso tengo miedo de no querer al mio y pasar por un sufrimiento así. El tiempo me lo dirá…

    1. Hola Inma.
      La maternidad no es siempre de color rosa, y la depresión post parto es dura,pero no tiene porqué ocurrirte, aun así, si te ocurriese, tienes información, y sabrás pedir ayuda para superarla.
      A mi siguen sin gustarme los niños. Me gustan los míos, me encantan, me apasionan, y respeto y convivo con el resto. Te garantizo que tus hijos te encantarám, los querrás con locura, no temas eso.
      Uno de mis miedos también era ese, que pudiesen no gustarme, no caerme bien, no quererlos…
      Y sin embargo hoy te puedo decir, que te reirás de esos miedos.
      Un abrazo preciosa.

  2. Muchas gracias por compartir esta experiencia. Me ha hecho comprender lo oscura que puede ser una depresión postparto. Cuando se ve desde fuera todo parece tan fácil y la madre parece tan mala, pero desde dentro tiene que ser horrible.

  3. Con respecto a Sara, que critica de esa manera a Laia, decirte que si no has pasado por una depresión por favor no hables de esa manera. Cuando alguien pasa por una depresión tan profunda no se siente como un humano. Todo lo ves desde fuera como si fuera un sueño. No te apetece levantarte de la cama y esperas la muerte. Lai consiguiO salir y eso es lo que importa. Yo tengo tres hijos y también he sufrido depresión aunque no posparto. Soy bipolar tipo 2 y mis depresiones son endógenas. Es decir sin motivo. Vienen porque sí debido a un problema con los neurotransmisores. Gracias a la ayuda de mi pareja y de mi psiquiatra hago una vida normal. Nunca me han internado.
    Me ha gustado leer a matrona. Sí. Es cierto. Las enfermedades mentales son algo muy serio y por desgracia estigmatizado. Yo me tomo mi pastilla como un diabético se toma la suya. Sin embargo un diabético no tiene problemas en decir que lo es… Yo no me atrevo a decir que soy bipolar. Enfermedad mental sueña fatal.

    Laia enhorabuena por salir y no te quepa duda eres una buena madre. Esa que pegó a su hijo no eras tú. Era la depresión.

    Noé buen blog. Enhorabuena

  4. ¿Qué pasará por dentro de nosotros para que el mejor momento, el ansiado,se transforme en el peor infierno? No puedo acercarme a imaginar el horrible dolor que ha tenido que sufrir Laia y me alegro muchísimo de que lo haya superado por ella, Ferrán y Arnau. Increíble como este pequeñito supo acercarse a su mamá para ayudarla, su instinto es alucinante. Gracias por compartir la historia.

  5. No tengo palabras. Pobre mujer. Me alegra saber q al menos encontró luz entre tanta negrura. Ojalá algún día se perdone a si misma y pueda disfrutar sin miedo.

  6. Una historia impactante. Muy positiva la disposición de Laia para dejarse ayudar dentro de su sufrimiento personal. También la posibilidad que ese bebé tuvo de vincularse afectivamente con su padre y su abuela a pesar de las dificultades que estaban viviendo en el hogar durante esos dos primeros años. Unos años muy importantes para el desarrollo emocional.
    Que Laia haya sido capaz de avanzar en esa enfermedad es una garantía de que puede seguir trabajando para reparar en lo posible el vínculo madre-hijo.

  7. Leyendo esto siento tristeza y pena por ese niño rechazado por su madre, lo duro que tuvo que ser para un padre estar sólo en la crianza de su hijo, pero también siento pena por su madre, se perdió un año increible de cambios, ver crecer a su hijo, es algo que nunca volverá…

  8. Me alegro un mundo por ella, me alegro un mundo de que haya conseguido terminar con un proceso tan largo y terrorífico, me alegro de que no haya sido más que una etapa.

    Sin embargo, sin que se me malinterprete, creo que los verdaderos héroes y los verdaderos valientes en su historia son ese marido y esa madre, esos capaces de amar incondicionalmente. Ésos personajes son los que marcan la diferencia en las depresiones, sin su intervención, comprensión, amor y paciencia, historias como ésta tendrían finales muy distintos.

    Enhorabuena por ese pedazo de familia, y enhorabuena por haberse enfrentado a ella misma y haberlos dejado entrar a cuidarla.

  9. Una “madre desnaturalizada” es algo casi casi tan negativo como una falta de comprensión ante una enfermedad mental. No creo que esto tenga nada que ver con valentías. Basta ya de frivolizar las enfermedades mentales como propias de gente débil, respetemos que haya mujeres que puedan verse hundidas en la miseria en momentos en los que supuestamente “deberían” ser las personas más felices del mundo.
    La depresión postparto es una enfermedad muy bien definida. No se es más floja por sufrirla, ni por padecer una gripe, ni un cáncer, pero la sociedad nos tiene acostumbrados a todos a negar esta realidad que, efectivamente, sorprendería a muchos por su frecuencia.
    Pretender aceptar sólo las depresiones de las madres rodeadas de miseria es tan ignorante como pretender aceptar sólo las anorexias de las chicas de 150 kilos. Las enfermedades mentales son algo muchísimo más complejo que eso (y ojo, que pueden afectar tarde o temprano a cualquiera…), que requiere apoyo y tratamiento especializado, no críticas de quienes no conocen de qué hablan.
    Mi máxima admiración a quienes permanecen al pie de cañón ayudando y apoyando con todo su ser a quienes padecen esta devastadora enfermedad.

    1. Jade. El termino madre desnaturalizada es un pequeño juego entre Laia y yo. Es como se veia a si misma. Antes de darse cuenta de que sufría una enfermedad. Es lo que ella cree que supuso el fin, darse cuenta y asumir que estaba enferma. Porque antes de eso se consideraba simplemente una mala madre. Por eso empleamos ese termino. Pq lo que queria era contar su historia y poder ayudar a quienes se puedan ver como ella.

      1. Lo sé, lo sé, si entiendo perfectamente que ella se sintiera así, lo que no comprendo es que haya gente que no sólo no la entienda, sino que la juzgue duramente, como si Laia hubiera elegido libremente ese comportamiento. Las enfermedades mentales son durísimas. Tanto para quien las padece como para quien las acompaña. Me ha encantado el relato, acerca a la sociedad una realidad escondida.

        1. Supongo que nos cuesta ponernos en el lugar de otro, entenderlo, sobretodo cuando las acciones que se relatan nos parecen lejanas e imposibles en nuestra vida, tal vez ese es el infierno, no ser capaces de ver las partes que no nos gustan de la maternidad. Yo digo que los pañales son preciosos, hasta que los quitas cagados. pero sucios y limpios, son parte de la maternidad. 🙂

  10. ¿Qué se supone que tenemos que decir? ¿Que qué mujer más valiente, gracias por compartir tu historia, qué duro todo, qué mal lo tuviste que pasar?
    De acuerdo, una depresión puede cambiar mucho la perspectiva, pero no se puede reducirlo todo a ” Creo que nunca dejé de amarle, pero algo superior y maligno se adueño de mi alma y me robó la vida” para no asumir la responsabilidad de sus actos. No, no le amabas, entiendo que pasaras por una depresión, que lo vieras todo negro, pero si de verdad le hubieras amado, ante el mas mínimo impulso de hacerle daño te habrías apartado de el, le habrias puesto a salvo hasta librarte de tus fantasmas.
    Lo siento pero no siento ningún tipo de empatía o comprensión por una persona capaz de golpear a un bebé con fuerza suficiente para partirle el labio.
    Un abrazo muy fuerte para su hijo, espero que tengas una vida feliz y no te queden secuelas, y otro para su marido y su madre, que son los que han sabido demostrar su capacidad de amar.
    En cuanto a Laia, será maravillosa pero su escrito transmite todo lo contrario y no hablo solo de la depresión, todo es “yo” pensaba, “yo” sentía, “yo” creía, “yo” quería, “yo” esperaba. Ni una sola palabra sobre los sentimientos de su familia ni del niño al que trajo al mundo, egoísmo en estado puro.

    1. Yo no soy Laia, no puedo hablar por ella, pero si puedo decirte algo que vengo meses pensando, has visto últimamente un noticiero? Algun telediario? Has visto en las ultimas dos semanas los niños asesinados por sus madres? El bebe de dos años atado con cinta y acuchillado encima del cambiador? El de casi tres y su hermano de once ahogados en la bañera? La depresión es algo muy serio, es una enfermedad y afortunadamente muchos podemos ponernos en su lugar y acompañar algo que aunque nos parezca duro, e impensable en nosotros tiene cabida en el mundo. El relato lo he escrito yo, poniéndome en su lugar explicando con mis palabras lo que he podido entender, está en primera persona porque por difícil que te pueda parecer hay muchísimas mujeres que se han sentido así, y gracias a una sociedad que no las comprenden esconden sus sentimientos y no cuentan y comparten esa dureza. Por eso está escrito en primera persona, porque es su historia, ni la de su marido, ni la de su madre, ni la de su hijo. Es la historia de Laia, para bien o para mal, simplemente. Lo lamento pero no entiendo tu falta de empatía, aunque la respete, porque soy consciente de que el dia de mañana puede ser cualquiera quien pase por ello, incluida tu, yo, cualquier mujer, porque la mente es algo ingobernable y la enfermedad aun mas. Ojala si te ocurre, que espero que no, encuentres en tu camino personas que no te juzguen y que pese a todo continúen a tu lado, porque ese es el final, podía ser una mujer, una hija, abandonada y sola, y no lo es, eso demuestra simplemente que si es maravillosa. Un abrazo

      1. Sí veo los telediarios, y de los casos que comentas, me dan pena los bebés. Entiendo que la depresión post parto sea algo serio, lo que no entiendo es que la persona afectada no ponga a sus hijos a salvo antes de agredirlos. Te puedo asegurar que si algún dia paso por ello, a la minima señal de dañar a mis seres queridos, voy a pedir que me ingresen y no me dejen salir hasta estar curada.
        Finalmente, que no este abandonada y sola, demuestra las cualidades de su familia, no necesariamente las de ella 🙂

        1. Jo Sara! Y de verdad que me siento fatal contestándote de nuevo porque no es porque no te respete, no es así, pero si me gustaría que fueses consciente de que es una persona que estuvo enferma, muy enferma, pero no lo sabía. Ella no era consciente desgraciadamente, de hecho, el momento en el que fue consciente fue cuando todo cambió. Y si llevas razón, tiene una familia maravillosa. Eso es una suerte y una riqueza tremenda. Ojala todas las madres fuéramos conscientes en caso de sufrir una enfermedad como es la depresión. Y te repito, su familia es maravillosa, a la altura de lo que merece ella. Pese a todo, o tal vez por ello. 🙂 Un abrazo guapa

    2. Mira chica, Dará, no tienes ni puñetera idea de lo que es una depresión, infórmante un poquito. No es egoísmo como dices, ojalá. La depresión es un infierno para la persona que lo vive en primera persona y su entorno. Yo, por desgracia se de lo que hablo, con 7 depresiones a mis espaldas incluida una postparto. Desgraciadamente, a parte de encontrarnos en esa horrible situación tenemos que sufrir los juicios a la ligera de gente como tú. Mi animo y apoyo para la protagonista de esta historia y sobre todo por contarla sin tapujos, cuando uno se encuentra así lo mejor es contarlo y desahogarse. No hay de que avergonzarse, no estas sola, no eres mala persona, no estas loca, tienes depresion y gracias hoy en día contamos con la ayuda de profesionales, tratamientos y técnicas para salir del pozo. Porque se sale, el interruptor se vuelve a encender y se hace la luz.

      1. Perdona, ¿y cómo sabes tú que no tengo ni puñetera idea de lo que es una depresión? ¿Es que hay que haberla padecido en primera persona para poder opinar? ¿Los testimonios de los que la hemos sufrido, no en nuestras carnes, sino en familiares cercanos, no cuentan nada? ¿Nadie piensa como puede haberse sentido el hijo de la protagonista de la historia, rechazado, despreciado y finalmente agredido por su madre durante los primeros dos años de su vida? ¿Solo hay que sentir pena por ella? ¿Los sentimientos de los que hemos vivido años de abuso físico y verbal no importan porque al no haber estado enfermos no tenemos ni puñetera idea? A lo mejor la que juzga a la ligera eres tu.
        Esa horrible situación la sufre la persona depresiva, que necesita ayuda, nadie ha dicho lo contrario, pero también su entorno. También la necesitamos los que hemos sufrido desprecios y malos tratos y arrastramos muchas carencias. Al haber padecido 7 depresiones sabras que las personas deprimidas solo se centran en si mismas, solo ven sus problemas y su situación, no conectan con su entorno ni con las personas que las rodean. Me parece perfecto que se las ayude a salir del pozo, con lo que alucino es con la grandísima empatía que se esta mostrando hacia la protagonista de la historia y la nula comprensión hacia el infierno que han vivido su marido su hijo y el resto de su familia.

        1. Estas calificando de egoistas y egolatras a personas enfermas. Tienen empatia con Laia porque la historia habla de ella en primera persona. Esta muy bien que pienses en las necesidades de su entorno pero para ello no es necesario desprestigiar al enfermo. Obviamente has sufrido en carne propia la convivencia con una enfermedad mental. Se lo duro que es por experiencia personal. Y se las secuelas que deja en el entorno pero no se puede juzgar a la ligera al enfermo, pq es simplemente una enfermedad. Ojala nunca tengas que pasar por una. Es algo que yo pido a dirio, que no me toque. No empatices con ellos si no quieres, muestra tu apoyo a sus familiares y amigos pero no menosprecies a nadie, su dolor es igual de tangible que el tuyo. Y como aprendizaje personal, por dura que haya sido tu convivencia no deja de formar parte de tu vida, de tu yo. Gracias a ello, pese al dolor, pese a veces el rencor q sentimos sobretodo si ocurrio en la infancia, eres quien eres. Alguien maravilloso, que ve mas alla que el resto. Gracias a ese dolor eres mejor, eres tu. Aprende a vivir con ello y olvida el rencor. Un abrazo preciosa. Esto da mucho para hablar y este seguramente no sea el lugar. Pero recuerda que no estas sola. Desgraciadamente muchas infancias estan marcadas por ello. Noedelbarrio@gmail.com

    3. Sé la historia de una madre incomprendida, que por apartarse de su bebé para mantenerle a salvo, cómo tú dices, se tiró desde un 8º, y de otra que se ahorcó, por favor, si desconoces el tema, mejor no digas nada, qué valiente es la ignorancia…

      1. Que historia mas dura María. La tristeza es que haya que dar notoriedad a estas historias tan tristes para darnos cuenta de que existen y de que nos puede ocurrir a cualquiera. Un abrazo.

    4. Medio año más tarde, me gustaría añadir una nueva perspectiva al debate que, creo, todavía no se ha comentado. Esta situación que puede resultar escandalizante ha pasado después de mucho tiempo de rechazo al bebé. Tiempo en el cual la madre ya fue diagnosticada con su enfermedad y, por lo tanto, su entorno (su familia no enferma y que se supone responsable y a cargo del bebé) ya conocía la situación en la que se encontraban y los peligros que tenía el permitir dejar al bebé a solas con su madre enferma.

      Este caso es comparable al padre que deja que su hijo juegue sin supervisión en un segundo piso justo al lado de las escaleras. Si el niño se cae por las escaleras la culpa de quién es? De las escaleras?

      Cuando la madre ha quedado inhabilitada por su enfermedad, el responsable de la criatura es un adulto que sí esté habilitado para cuidarla y ser responsable.

  11. Buffff!!!!!!!!!! Admirable el amor incondicional de esa familia.Mucha fuerza para esa mama valiente. Arnau estará orgulloso de toda su familia el día que tenga conocimiento de todo .Besos.

  12. Que duro¡¡¡ pero es un relato que tendrian que leer mas de un@, ya que muchas veces piensan que la depresión es un cuento, esta claro que lo es, pero de terror para la persona que lo esta viviendo y la que esta a su lado viviendo el dia a dia..

    1. Tendemos a juzgar lo que no conocemos, a no comprender lo que nos resulta doloroso, pero existe, y debe darse a conocer, para que se comprenda. Que no sea un estigma.

    1. Valiente y fuerte y grande y maravillosa. A veces la vida nos regala momentos que hubiésemos preferido no vivir, pero todos forman parte del camino. Y el camino a veces nos pone piedras para que aprendamos a volar y demos la mano a quienes no se atreven si a rodearlas.