Guarro

bullying

 

 

Guarro le dijeron. Y allí comenzó todo.
Y se quedó sorprendido, porque era una de las palabras feas que no le dejaban decir en casa.
Guarro, guarro, guarro.
Pero él no había hecho guarrerías, hoy no, ni ayer.
Su mamá no le dejaba.
Se concentró pensando en que había hecho últimamente.
No había escupido, y hasta había aguantado estoicamente su turno en el baño para no sufrir ni un mínimo escape. Y había tenido cuidado con el rotulador, para no pintarse la cara y las manos como siempre. Y a la hora de la comida, sólo una pequeña marca sobre la camiseta daba fe del esfuerzo y el cuidado con el que sujetaba el tenedor…

Guarro, le siguieron diciendo.
El sólo había jugado, como siempre en el patio, disfrutando como niño de los pocos años que tenía, jugaba a indios y a vaqueros, y se arrastraba por la arena, simulando que ojeaba el fuerte.
Y trepaba sin miedo por los árboles mientras se lanzaba a la conquista, y sus manos embarradas, por agacharse cerca de la fuente, habían marcado sus culeras al secárselas en ellas.
Guarro le llamaron, y se fue al baño y se lavó las manos y se mojó la cara, marcada con churretes sobre el polvo adherido a su piel, y su pelo empapado de sudor, goteando camisa abajo, nada que ver con el pulcro flequillo con el que había salido de casa.
Y se miró de cuerpo entero.
Sus pantalones, por la mañana impecables ahora rasgados en las rodillas. Su camiseta manchada, mapa tenaz de tanto juego. Su babero desabrochado, tras perder los botones en el fragor del juego.
Y no se vio guarro, se vio niño, y siguió sin entender nada.

Guarro le repitieron, y allí quedó sorprendido, aunque algo asustado, porque no comprendía el porqué del insulto.
Un niño. A esa edad en la que no importan los modales en la mesa sino tan sólo la felicidad de alimentarse y comprobar sabores y texturas.
Una familia a la que no le importaban sus pantalones, necesitados de remiendo, porque significaban horas y horas de juegos felices. Ya habría noches de coser rodilleras!
Su cabello sudoroso y despeinado que no daba fe de suciedad, sino de la energía invertida.
Sus zapatos, con las punteras desgastadas, testigo mudo de las patadas dadas a las piedras, de los balones lanzados, de los goles ganados…
Guarro le dijeron.
Y fue la primera (de muchas) que sufriría en propia piel el menosprecio de otros.

No le dolió el insulto.
No lo entendió, no entendió que su alegría, su energía, su risa, pudiese traer un insulto.
Le dolió el robo, le dolería años después, cuando fuese capaz de comprenderlo, el robo de su inocencia.
Desde aquel día intentó no arrastrarse por la tierra del patio, y ya nunca más pudo ser el indio de sus juegos.
Aprendió a comer con cuidado para no mancharse, y se concentraba en el intento, y entre tanta conciencia no disfrutaba, se negó a comer las frutas que tanto le apetecían, por miedo a ensuciarse.
Dejo de reírse al lado de otros, andaba ausente y cuando alguien se dirigía a el, en guardia respondía, dibujando la persona tímida y desconfiada que sería en el futuro.

El no lo sabía, pero no era un guarro.
Tan sólo era un niño.
No merecía insulto ni menosprecio, no merecía lástima ni rechazo.
Ellos sí, ellos sí merecían lástima, porque trataban como habían sido tratados, porque a su misma edad crecían en hogares donde los niños no juegan si se manchan, donde en la mesa no se aprende a reír.
Crecieron en hogares donde el aspecto es mas importante que el alma, crecieron manteniendo atados con cadenas sus corazones, para que no latieran con demasiado ímpetu y pudiesen arrugar sus camisas con el movimiento
Niños que temían despeinarse, o perder horquillas, y se miraban en el espejo temiendo recibir el reflejo de una coleta revuelta, o de un remolino alborotado, que trajese el rictus ofendido al rostro de quienes debían sonreírles viéndoles crecer.

Pobres los niños, aquellos que nunca lo fueron.
Pobres, aquellos que nunca supieron lo que era mancharse con el barro.
Aquellos que nunca saltaron los charcos.
Aquellos que nunca llenaron sus manos de rotulador,
Ni dominaron el arte de perder botones.
Pobres niños que nunca serían guarros.

 


Suicidios, niños que dejan de ser niños y se rinden antes de ser hombres.
Niños que ya no cumplirán mas años…
Niños que en lugar de preocuparse por la consola, la pelota, los deberes, deciden acabar con la presión a las que les someten sus compañeros.
Niños que prefieren no cumplir mas años, desesperado por su situación de acoso en el colegio.

Contra el bullying no basta condenarlo, necesitamos algo distinto.
Prestad atención a nuestros hijos, hagámoslo todos, porque ese niño muerto por la presión de otros, también es un niño, con padres, madres, educadores, abuelas, vecinos…
Nos ponemos fácilmente en la piel de esos padres pero y si es tu hijo el que está al otro lado?
Y si es tu hijo el que ríe las chanzas? El que ríe los empujones? El que jalea? El que insulta?
No, tu hijo no puede ser un acosador, pero y si es un testigo silencioso?
Todos sabemos que los niños se mueven en estos casos en clan, auspiciados por el grupo, y si es de los que ignora, de los que invisibiliza?
Es probable que nuestro hijo este en el lado equivocado, mera estadística…
Por cada niño acosado hay 25 en su entorno, qué hacen? Cómo actúan?

Por favor, estemos atentos, tus hijos, mis hijos, tal vez ni siquiera son conscientes del daño que hacen, tal vez, ni siquiera, son capaces de ver el mal.
Pero nosotros sí.
La educación no es posible si no somos capaces de ver mas allá.
Eduquemos.
Observa a tu hijo, a tu alumno, a tu vecino.
No miremos más hacia otro lado, tal vez mañana no sea el nuestro el que decida acabar con todo, pero y si es el nuestro el que ayuda a tomar la decisión?
Podremos vivir con eso?

Todos podemos hacer algo.

 

 

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