Lo que perdiste en el camino…

Lo que perdiste en el camino.
Aquello que habías hallado…
Y tu? Qué has perdido?

Duele
Es así. Duele.
Todos los días escucho, leo, comparto las emociones de mujeres que perdieron un hijo, un bebé, que abortaron.
Y todas se disculpan.
Se disculpan por llorar, por sentir, por expresar su pérdida.
Y guardamos con mimo esa cartilla de embarazo, esa ecografía que certifica que existió.
Escondidas en un cajón, las escondemos para que no se vea… Porque no debe verse. Eso nos han enseñado.

Mujeres que llegan buscando consuelo, contando su pérdida, a escondidas, hablando bajito, con un desgarrador mensaje a mi página, o con un mail lleno de tristeza, lleno de lágrimas derramadas de madrugada, contra la almohada. Volcando su dolor.
Veo mensajes explicando a otras mujeres su adiós, a la espera de ese abrazo que comprenda.
Buscando unos ojos que miren en silencio escuchando su pena.
Pena. Silencio.

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Maternidad robada.

 

Las redes están llenas de historias preciosas, de mujeres valientes que superan cáncer, luchando con los médicos para no perder a sus bebes.
Valientes luchadoras, entregadas.
Heroínas.
Yo no lo soy. No lo fui nunca.

Llegué hasta aquí porque leí una historia sobre vientres de alquiler (Maternidad subrogada).
Me sentí juzgada, insultada.
No me gustó verme reflejada en una ficción egoísta que nos pintaba como mujeres sin alma.
Sé que contar mi historia no hará a nadie comprender por qué recurrí a un vientre de alquiler.
Pero me ha reconciliado con aquel mensaje, y sobretodo he conocido a la mujer que lo escribió.
Y me he reconciliado con ella.
No tenemos nada en común, a excepción de lo más grande, nuestra maternidad.
No comprende mis decisiones y yo no comprendo sus sentimientos.
Y sin embargo el respeto, hoy, nos une…
Nos acerca. Nos hermana…

 

Fue un embarazo muy deseado.
Todo fue bien hasta que en la semana 14 tuve un pequeño sangrado.
Dos semanas antes la ecografía había sido perfecta.
Descubrieron que tenía una mola. Embarazo molar con feto vivo.
Pasé de estar embarazada de un precioso bebé, y a señalarme en las ecografías sus manitas, sus piernas, su cabecita…
A tener un feto, un diagnóstico y una mola.
Se volvió invisible para los especialistas mi bebé.
Creo que el cambio de vocabulario ayuda a masticarlo. Siempre pensaré que fue el primer paso para andar el camino.
Un aviso, para prepararme.
Yo no lo sabía entonces, pero ya sospechaban el resultado.

Mi bebé estaba bien.
Una niña, Aída.
Pero parte de la placenta crecía incontrolablemente, se había convertido en una mola, un tumor.
No podían quitármelo sin poner en riesgo el embarazo.
Estas cosas solo pasan en las películas o en internet.
No podía pasarme a mi.
Nervios, miedo, pero todo continuaba.
El bebe seguía creciendo sin problema, y la mola no parecía muy preocupante. Al menos eso quise creer.
Hablaron de que sería una cesárea programada, que madurarían sus pulmones y seria prematura.
El seguimiento seguía continuo.
No podíamos dejar nada a la improvisación.
Y así seguimos varias semanas. Con control exhaustivo.
Tenía pequeños sangrados y hacía un reposo relativo, pero me encontraba bien.
Me dolía en las revisiones, me palpaban, medían, tocaban, ecografiaban…
Me practicaron una amniocentesis.

Llevaba un diario con dos columnas, las medidas de Aída y las de la mola.
Mi marido decía que era enfermizo, pero a mi me tranquilizaba tenerlo todo bajo control, hasta el último centímetro.
Ecos, analíticas, control absoluto.
Con 20 semanas la eco en tres dimensiones nos mostró a una niña preciosa.
Perfecta.
Y una sospecha confirmada, mi tumor era maligno, un cariocarcinoma.
Cáncer.
No se qué palabra me costó asimilar más en la consulta, si cáncer o aborto.
Debían limpiarme la matriz completamente.
Crecía rápido, demasiado rápido y no podíamos arriesgarnos a que se expandiera fuera de mi útero.
No podía entenderlo, ni concebirlo. Aborto? Con 20 semanas?
-Con 20 semanas algunos prematuros sobreviven- Intentaba convencer a los especialistas.
Recuerdo sus miradas al suelo, la seriedad, el silencio, sólo roto por mi voz, suplicante.
No, no puede ser, tiene que haber mas alternativas.
Está viva. Viva.

Las ecografías nos enseñaban a un bebe perfecto. Con 20 semanas ya no era un feto, era un bebe.
Mi bebé. Aída.
No podía pensar, casi no podía respirar.
Entonces recordé las veces que había leído sobre esas historias, en las que se superaba todo, se engañaba a la muerte y se salía airoso de la peor de las batallas.
Yo quería mi historia feliz. Mi cuento de hadas.
Nadie dio rodeos. Mi mola se había convertido en un cariocarcicoma, no había tiempo para historias felices.
Si me negaba a interrumpir el embarazo y a la operación no había futuro, para ninguna de las dos.
Debía elegir perderla o morir con ella.
Ecos cada 48 horas a la espera de mi decisión, lágrimas, insomnio.
La más difícil de mi vida.

El día que cumplía 22 semanas teníamos la cita.
Dos días antes me habían confirmado una enfermedad metastásica, uno de mis riñones tenía una pequeña zona tumefactada.
No había tiempo. No hubo bonitas fotos ni sonrisas.
Me explicaron como me harían una cesárea en la consulta, con el oncólogo, la cirujana y la ginecóloga.
No me explicó como nacería Aida, no quise saberlo.
Había leído demasiadas cosas por internet sobre abortos en mi edad gestacional y todo era horrible.
Tan sólo le pedí que me prometiese que no sufriría mi bebé y que podría verlo.
Intentarían salvar mis ovarios, pero mi útero estaba muy afectado, no creían que se pudiese hacer nada.
Me ingresaron y sólo recuerdo entrar en quirófano.
Oscuridad. Frío.

Horas después desperté.
No quise preguntar nada. En mitad de la borrachera anestésica soñaba que me llevarían a planta y mi pareja me diría que había ocurrido el milagro.
Mi bebe habría sobrevivido…
Ensoñaciones de anestesia
Me llevaron a la habitación.
Nadie me preguntó cómo estaba.
Al menos no me llevaron a la planta de maternidad.
Estaba en oncología. El médico me esperaba en la habitación, con mi familia.

Te hemos extirpado la matriz, no podíamos salvarla, te hemos hecho una histerectomía parcial, hemos respetado tus trompas y ovarios, porque eres muy joven y no conviene que ahora mismo pases por una menopausia.
Vas a necesitar fuerzas para pasar la quimio.
También te hemos extirpado un riñón el derecho, y parte del colon.
Has estado muchas horas en quirófano. Catorce.
El bebe no tenía ninguna posibilidad.
Comenzaremos tratamiento inmediatamente. No sabemos donde puedes tener alojadas células cancerígenas.
Mi madre lloraba en silencio.
Mi marido apretaba mi mano.
Tienes alguna pregunta?
Quiero verla.
Estás segura?
Sí.
Me llevaron en silla de ruedas a anatomía patológica.

 

Una sala fría, blanca, limpia. Sobre una mesa de metal mi pequeña, tapada con una sabanita.
Era preciosa. Mi pequeña y única hija nacida de mi vientre. Diminuta pero para mi perfecta.
La enfermera pidió a mi madre que saliese.
Yo perdí un hijo como tu.
No te lo habrán dicho pero necesitas despedirte.
Tómate tu tiempo.
Hace muchas horas que nació la notaras fría y rígida. Pero es tu hija.
Recuerdo mirar a mi marido.
Adelante, me dijo, yo no puedo.
Apenas podía moverme, pese a la medicación, tenía un dolor latente en el vientre. La mujer colocó a Aída sobre mis brazos.
Su frío marmóreo me pasó desapercibido.
Apenas medio minuto de observación y me derrumbé llorando amargamente..
Déjala, necesita despedirse, escuché entre mis sollozos.
No se el tiempo que la mantuve firmemente abrazada.
Tan pequeña como una barriguita pensé. No era mas grande que aquella muñeca de mi infancia.

Aunque no pudimos inscribirla en ningún sitio, la enterramos.
Necesitaba darle un lugar en el mundo.
La recuperación fue dura, la medicación me destrozaba, pasé por quimio. Por radio.
Terapia para superar que con 26 años tenía cáncer y había perdido mi útero.
Mi carnet de madre. Robado.
Fue difícil.
No pretendo dar lástima, ni justificarme, pero me robaron mi maternidad.
Yo era madre, de Aída.
Cuando comenzamos a informarnos sobre la maternidad subrogada pensé que la vida me debía mucho.
Y que tal vez esa era la única forma de compensarlo.
No se si mi hijo algún día podrá entenderme.
Es mi hijo, mis genes, mi óvulo.
De mi cuerpo sesgado y maltrecho, imposibilitado para darle cobijo, pero el único capaz de amarle un mundo.
Antes de verle, de sostenerle, durante esos años de espera, de búsqueda de la candidata, de espera en el embarazo, dudé.
Muchas veces. Porque sabía en propia carne lo que era perder un hijo.
Y sin embargo el día que le sostuve en brazos por primera vez y le miré a los ojos, supe que no me había equivocado…
La maternidad subrogada me ha reconciliado con la vida.

Chula Vista. San Diego.

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Abandonar un hijo…

torno para bebes
Abandonar un hijo

Abandonar  un hijo…
Abandono.
Hace un par de días que por primera vez dije en voz alta algo que llevaba años pensando.
No voy a intentar convencer a nadie, no es mi intención, ni remover conciencias, ni nada por el estilo.
Es sólo mi pensamiento, mi realidad.
No quiero convencer, ni que me convenzan. Hoy cierro una herida en voz alta, y espero simplemente respeto.
Puedes no estar de acuerdo, y lo entiendo, lo respeto. Te escucho y empatizo contigo, y te ruego lo mismo de vuelta…

Hoy quiero contar parte de mi historia, y mi historia como casi todas las historias, también habla de otros.
En este caso, me permito la licencia de no consultar a esos otros.
Porque por primera vez me voy a considerar protagonista.

Fui abandonada de bebé.
Es un hecho.
Mi madre me abandonó. No voy a contar muchos detalles, no importan, a lo largo de los años he conocido otros niños abandonados.
Duele igual si el abandono fue en casa de una abuela, en un hospital, en un hospicio…
Duele igual, porque el final es el mismo, el reconocimiento mediante una prueba irrefutable del rechazo de una madre a su hijo.
Un acto contra natura. Abandonar a un fruto sano y lleno de vida.
Mi madre me abandonó. Sin mas. No supo durante años cual fue mi suerte,sus motivos tendría, no voy a juzgarla.
En realidad no la he juzgado nunca.
Creo que no lo tuvo fácil, y ese acto fue simplemente una consecuencia.
Pero ese abandono ha pesado en mi como una losa durante toda mi vida, en mis emociones, en mi relación con los demás, en mi como madre.

Y ha pesado porque por muchas vueltas que se le dé es un dolor que queda, latente, conciso y real.

No voy a sumergirme en los porqués, los había, y aunque cada uno toma las riendas de su vida, tal vez ella no pudo o no tuvo más opciones.
Se que no fue fácil, o al menos tengo la esperanza de que no lo fuera, porque creer lo contrario me habría matado hace mucho.

Ese abandono, supuso una falta total de vínculo entre nosotras, lo que yo entiendo por vínculo, algo comparable a lo que tengo con mis propios hijos. Nunca lo hemos tenido. Si acaso ha sido una relación de algún modo familiar, en la que la desconfianza ha sido la clave diaria.
Sí, hubo una convivencia, me abandonó, y volvió unos años mas tarde.
Sus motivos los intuyo, pero los ignoro a la vez. Conozco parte de la historia, la que yo viví, y otra parte, la que me contaron pero no terminé de creer.
Esa en la que se hablaba de arrepentimientos, de vidas duras, de decisiones difíciles.

Los pocos años que compartimos nunca fueron felices, y nos dejaron una huella a ambas dolorosa y profunda.
Y por qué cuento todo esto? Porque hace un par de días alguien me reprochó como podía defender el aborto.

Lo defiendo porque soy el fruto de un NO-ABORTO
Debería dar las gracias por que tomó la decisión adecuada?
Las doy.
A diario.
Soy congruente y racional. Mi madre debió abortar.
Puede parecer duro e incoherente leerlo. Pero es la realidad, mi realidad, la nuestra.

 

Cuando la gente habla del aborto, los que están en contra, hablan desde la defensa de los derechos de una vida.

La pregunta que yo me hago es porque mi vida era mas valiosa que la suya?
Dónde está la medida?
Quién otorga la regla que pone en una balanza ambas y decide cual Dios?

Mi nacimiento supuso parte del fin de su vida.
La destrozó sin mas.
Y sí, pudiera ser que el resultado hubiese sido el mismo sin el embarazo que me trajo aquí, pero yo creo que no.

Mi nacimiento destrozó una vida. La suya.
No hay paliativos a estas palabras, y no, no me siento responsable, hablo como espectadora de excepción.

Por qué lo creo?
Porque yo estaba allí, y fui testigo.
Mi nacimiento, mi existencia le hizo ser una persona desgraciada, tomó la decisión de que yo naciese, y pese a que nunca nos entendimos, creo que nunca se arrepintió.
Al menos quiero creerlo, pese a todo, pese a que cambió su vida, a que supuso una ruptura, hipotecó su futuro por nada.
Y sin embargo tomó la decisión equivocada al no pensar en si misma en aquel momento.

Probablemente ya arrastraba una dura carga, vivencias que conozco y otras que desconozco.
Lo fácil es culpar al entorno, a la juventud, a la inmadurez, a la sociedad…
Pero la catarsis final de todo ello fue mi nacimiento.
El fin de sus sueños.
El fin de la que podía haber sido su vida.

No, no soy una desagradecida, como hija podría reprocharle muchas cosas, como madre, se que algún día estaré al otro lado de los reproches, pero no le reprocho haberme dejado nacer, repito que doy gracias todos los días, sobre todo desde que soy madre.
Gracias a aquel acto, el de continuar con un embarazo no deseado estoy aquí, y gracias a aquello están mis hijos.
Fue un acto de generosidad sin precedentes en su historia, y que tampoco volvería a repetirse en su relación con el mundo.

Si hubiese abortado no existirían mis hijos, no…
Pero tal vez su vida hubiese sido distinta, y habría tenido otros hijos en el momento adecuado, y esos hijos, mis no-hermanos habrían tenido vidas, como la mía, y a su vez otros hijos…
Tal vez esa energía, esa fuente de vida se habría materializado de otro modo.

Por qué mi vida tenía mas valor que la suya? Una vida de 6, 8, 10 semanas de embarazo…
Por qué esa vida, recién creada tendría que ser sagrada y la del vientre que se la otorgaba no?
Mi vida tuvo mas valor que la de una mujer, que simplemente cometió un error
Por qué pagar por ese error durante el resto de su vida?
No, que nadie diga que lo fácil era abandonar ese error.
Eso es lo difícil, como madre hoy se que lo difícil es abandonarlo, preferiría abortar a vivir sabiendo que ese fruto de mi vientre habitaba en algún lugar del mundo. Llamadme egoísta.
Soy de las que comprenden la noticia de hace unas semanas, de unos padres que mataron a su hija gran dependiente y se suicidaron después. Para mi, su decisión es fruto de una gran meditación, preferir morir antes que abandonarla en unas manos que sabes podrían hacerle sufrir…

Mi vida supuso el fin de la suya.
No hay aplausos, ni vítores, ni celebraciones… el fin no justifica los medios.
Su vida tenía un valor, su vida era importante, su futuro truncado por esa decisión.

Voy a cumplir 39 años, y no hay un solo día en el que no piense que no es justo. No lo es.
Hay otros motivos para creer que se equivocó
Y es que tampoco es justo crecer sabiendo que fuiste abandonado.
No es fácil.
Es muy bonito leer sobre adopciones, sobre niños acogidos, yo misma quiero formar parte como familia de la red de acogidas, tal vez porque yo misma se cuales son las heridas de saberse abandonado.
De saberse rechazado.

Son muy bonitos los videos de reencuentros.
Pero no llenan. He asistido a terapias con otros adultos hablando de su abandono.
Al final nos quedaba la duda, cuando hay un reencuentro, cuando se descubre a la familia…
Siempre queda la pregunta no formulada, la que envenena el corazón.
Fue suficiente tu lucha? Peleaste con suficiente ahínco para encontrarme, para no olvidarme, para no dejarme, para no mirar hacia otro lado?

Crecí sin querer exigir explicaciones, sin preguntas.
Tampoco quise buscar a mi padre, porque nunca quise herir al que años después suplió su papel, me sentía responsable del dolor ajeno, supongo.
Es otra de las herencias de los niños abandonados, la de creernos responsables del mundo.

Durante un breve espacio de tiempo pensé en buscar a mi padre pero se me pasó enseguida, pues en mi madurez pensé que si el hubiese querido encontrarme lo habría hecho, o al menos habría luchado por mí.

Cuando escucho a los antiabortistas defender su postura con tanta vehemencia pienso a veces lo fácil que es defender teorías que no nos afectan.
Yo soy igual en otros temas.
Es fácil prejuzgar, dar opiniones sin saber a ciencia cierta que ocurre tras esas decisiones.

Quiero creer que la mayoría de las personas que defienden los derechos de un óvulo fecundado provienen de familias donde han tenido amor, donde no conciben que una madre no admire y se entregue hasta la muerte.
Donde no conciben un hijo que no agradezca su nacimiento.

Como siempre las cosas no son blancas o negras, el mundo se tiñe de gris en demasiadas ocasiones.
También hay niños abandonados que superan en familias adoptivas el hecho de saberse desahuciados por una maternidad.
Que son felices y creen que ese era su destino…
Un maravilloso marco para una película.
Pero las películas son para el cine, demasiados niños felices buscan a sus progenitores, y pasan años, preguntándose por qué?
Queriendo saber, indagando.
Todos conocemos historias, aunque solo sean por los medios.
Los finales felices son posibles, pero desgraciadamente hay heridas sangrantes también en ellos

Nacer para ser abandonado es una putada.
Crecer sabiéndolo es una daga clavada en el corazón.

Hoy casi 39 años después puedo decirlo en voz alta.
39 años después doy por cicatrizada mi herida, y es así porque hoy puedo decir en voz alta:

Lo siento mamá, te equivocaste, debiste elegir tu vida y no la mía.

Y te lo agradezco, cuando miro a mis hijos, quiero creer que no te equivocaste, pero entonces sopeso tu existencia, y creo que tanto dolor no se puede poner en una balanza y pretender que la felicidad de mi familia lo enmudezca.

El aborto es a veces un mal menor. Ojala no fuese necesario nunca.

Nunca nos comprendimos. No tuvimos futuro. Estábamos condenadas a tener pasado desde nuestro comienzo.

Hoy sólo puedo agradecer tu decisión, prometiéndote, estés dónde estés, que siempre he intentado compensar tanta tristeza siendo feliz.
Hoy te lo prometo Mamá pese a todo soy feliz, ese es mi regalo para ti.

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