El infierno de la maternidad.

Hoy traigo la historia de Laia.

Hace unos meses tuve la suerte de conocerla virtualmente y desde entonces hemos compartido muchas conversaciones vía mail.

Cuando llegó a mi estaba superando una depresión postparto que arrastraba hacía más de dos años

Hoy puede decir orgullosa que la ha superado, aunque también le ha cambiado su sentir y su vida. (Yo digo que a mejor) Porque aunque no conocí a la Laia de antes, conozco a la de ahora y es magnífica. Hace tan solo unas semanas me pidió que pusiese letra a su experiencia, que visibilizara una etapa de algunas maternidades que resulta arrolladoramente cruel.

Leyéndola he llorado y aunque he intentado ser fiel a los hechos ha sido un ejercicio difícil y doloroso que jamás me acercará ni remotamente a su experiencia. Pero aquí os lo dejo.

Y ambas esperamos que sirva para que otras mujeres no se sientan perdidas y solas.

Porque la oscuridad también forma parte de la luz.

Porque ella merece leerlo como historia y pasado, y sonreír al lado de su amado hijo.

 

Fue mi primer embarazo y tras la experiencia considero que el único. Tras una larga relación y el deseo que nunca llegaba de tener descendencia pase por un divorcio doloroso e incómodo. Al poco conocí a Ferrán. Éramos la pareja perfecta, disfrutábamos juntos y me hacía muy feliz. A los pocos meses de conocernos nos fuimos a vivir juntos. No habíamos celebrado nuestro primer aniversario cuando me quedeéembarazada. Desde el primer momento fue un notición. La emoción, la guinda de nuestro pastel, nuestra felicidad absoluta. Nos preparamos a lo grande para su llegada. Un embarazo maravilloso, un buen parto en un hospital donde me apoyaron y me hicieron sentir protagonista.

Me enamore irremisiblemente de Arnau nada más verle. Y desde el primer instante no quise separarme de él.

Salimos del hospital felices y completos. Ferrán pidió vacaciones sumadas a la paternal, teníamos todo planeado, el primer mes de vida de Arnau juntos y apoyándonos.

Cuando llegamos a casa desde el hospital me cayó todo el cansancio del parto de golpe, caí en tres días de sueño abotargado apenas roto para dar de mamar a mi bebe, y para ser alimentada con amor y ternura por mi pareja con sopas calientes y comprensión, aunque preocupado Ferrán insistió en visitar el hospital asustado por la posibilidad de hemorragias internas o infecciones. Ante su insistencia hice el esfuerzo de intentar hacer vida en el hogar.

Esfuerzo. Eso recuerdo. No me apetecía salir de casa, ni visitas. Desconectaba a escondidas el teléfono, y el timbre. El se hizo cargo de todas las necesidades del bebe, yo apenas le sujetaba para darle de mamar. Mamaba rápido y bien, una suerte de lactancia, y volvía a los brazos cálidos de su progenitor. Vivía en un abrazo permanente con él. Aun hoy es así, un vínculo increíble entre padre e hijo.

Empecé a pensar que algo ocurría, no le sentía mío ni propio. Me ponía nerviosa cuando presentía su hambre, me hacia la dormida si le escuchaba llorar. Con diez días de vida Ferrán trajo una matrona de visita y prácticamente me obligo a hablar con ella y dejarme reconocer. Predijo una depresión pos parto. Nos dijo que era mucho más habitual de lo que se piensa, que en unos días me encontraría mejor.

Ferrán le pidió a mi madre que viniese un par de semanas a vivir con nosotros y me llenó de besos y flores.

Todo empeoró. Con su actitud, con la sobreprotección comencé a sentir que nos habíamos equivocado. No era nuestro momento. Arnau sobraba, ese pequeño ser nos robaba espacio. Sentía celos del vínculo que se estaba creando entre ellos, no de mi hijo, de mi carne, sino del tiempo y del espacio que pasaba con su padre, tiempo y espacio que me negaban a mí, como una quinceañera, descubrí los celos teñidos de rencor y desprecio hacia el niño.

Empecé a sentir rechazo cuando le daba de mamar, lo maquillé de dolor y supliqué a mi madre biberones y leche. El mismo día que Ferrán comenzó a trabajar de nuevo terminó mi lactancia.

Ya no me necesitaba ni para alimentarse, así que pasó a ser exclusivo de mi madre, hasta que volvía Ferrán y se hacía parte suya.

Yo pasaba el día en penumbras, durmiendo en mi habitación. Me abandoné y abandoné a todos. Me alejé emborrachada en los momentos lúcidos de culpabilidad y tristeza, y de dolor por la sensación de rechazo hacia ese ser que había coartado mi vida.

Sentía que mi madre y mi pareja llevaban una vida ajena a mí, que hablaban a mis espaldas, experimentaba frustración y desconsuelo.

Seis semanas después de mi parto Ferrán se sentó a mi lado en la cama: – Algo no va bien. Hace días que no tocas a nuestro hijo. Necesitamos ayuda. Tenemos cita en la clínica. Mañana nos atenderán.- Fue dulce, pese a todo, pese a darme cuenta de que su frente estaba marcada por nuevas arrugas desconocidas para mi, por sombras preocupadas y mucho cansancio.

Acudí a la clínica consciente pero resentida. Un equipo formado por mi ginecóloga, una matrona y un psiquiatra me diagnosticaron una depresión severa. Medicación, terapia individual y terapia grupal.

Mi madre siguió a nuestro lado. Y yo termine de hundirme. Dicen que no hay recuperación si no se llega al fondo, y yo llegue. Con las visitas y la terapia de grupo me di cuenta de que las otras mujeres habían llegado a la depresión postparto desde partos duros, pérdidas, familias que no les apoyaban, parejas que minimizaban sus sentimientos. Por qué entonces yo sufría una depresión post parto? Yo no podía quejarme de nada de eso. Todo parecía abocado a mi felicidad, mi pareja, mi familia, mi parto, mi situación, y sin embargo era la mas triste de las almas. Me hice consciente de que yo no era una depresiva, era simplemente una mala madre, que no había aceptado a su hijo. Pero me guarde de exponer lo que sentía, comencé a vivir una agotadora doble vida, la de disimular en casa como me sentía. Hoy hablo de ello con mi pareja y se ríe. Yo lo intentaba, pero solo era eso, intento. El veía como me había cambiado el carácter, me volví taciturna y antisocial, apenas tocaba a mi hijo, me escondía si escuchaba el timbre, no cogía el teléfono…

Escuchar llorar a Arnau suponía una tragedia para mí, no sabía dónde esconderme, donde negar su existencia.

Una tarde mi madre había salido a comprar, estaba sola en casa, con Arnau, había tomado el biberón apenas una hora antes, tenía 4 meses, recuerdo perfectamente su primer gorgojeo, desde otra habitación, me quedé quieta, a la espera de que fuese solo un sueño. Unos ruiditos mas de aviso, estaba despierto. Silencio para coger aire y el comienzo del fin. Un llanto monótono pero chirriante, que se adentraba en mi cerebro. Me acerque casi a hurtadillas a la cuna, me miraba. Intente hablarle. Pero no sabía cómo, nunca le había hablado. Qué tienes? Llanto. Atisbé por encima de la ropa y parecía limpio, encontré en el mueble un biberón de agua y se lo ofrecí, en vano. Seguía llorando. Pensé en cogerlo pero me daba pavor. Siguió llorando durante casi una hora, y yo de pie, delante de la cuna ajena a su dolor, embriagada del mío. Que había hecho yo para merecer a ese pequeño energúmeno gritón. Mi madre entró, le había escuchado llorar desde la escalera, había tirado las bolsas al suelo, me apartó de un empujón y le cogió en brazos mientras gritaba:- Qué le has hecho monstruo???

Me escondí dentro de un armario. Esa noche me tome todo el blíster de ansiolíticos que tenía en casa. En realidad no quería suicidarme, quería huir, huir de las tremendas ganas, de la necesidad de dañar a mi hijo, ese pequeño esperpento, que descubrí también me había robado a mi madre.

Recuerdo los días siguientes ingresada en el hospital, no había sido grave, afortunadamente para mí, no tenía suficientes pastillas, y mi pareja fue rauda en avisar a la ambulancia.

La vuelta a casa, asustada. No había vuelto a ver a mi madre. Al llegar me informaron de las nuevas normas, no podía quedarme a solas, mucho menos con el bebe, Ferrán había solicitado permiso y había dejado de trabajar. Los médicos habían decidido aumentar la medicación y la terapia. Una terapeuta vendría varios días a la semana a casa para tratarme en mi ambiente. Me sentía un monigote, un títere en mi propia vida, sin voz ni voto. Hable con Ferrán de divorcio, de final, y el simplemente me pidió tiempo y paciencia. Yo no me sentía enferma, solo asqueada y cansada.

La terapeuta, impuso sus visitas, charlas, sólo comedia, decía lo que sabían que quería escuchar, aunque era imposible superar el miedo a tocar al niño. Ferrán estaba distante, y yo me hacia películas en la cabeza de vidas nuevas, lejos de todo, en las que nunca había cabida para mi hijo.

Poco a poco, nuestra convivencia se fue normalizando, más por necesidad que por superación. Un par de meses antes de cumplir el año le cambié un pañal, bajo la atenta supervisión de todos. Recuerdo, la sensación de asco. El olor. El bebe ya no lo era tanto, gateaba y buscaba cualquier ser para regalarle una sonrisa, a mi también. Me perseguía y me miraba intensamente, tal vez preguntándose quién era yo. El día que cumplía un año, la casa se vistió de colores, Ferrán decidió y así me lo hizo saber que había terminado el escondernos, que había una vida ahí fuera, y que había llegado el momento de decidir si vivirla o quedarme al margen. Ese ultimátum me rompió por dentro, mis hasta entonces anhelados sueños de libertad de pronto tan cercanos se volvieron aterradores. Organizó una fiesta de cumpleaños, y pasó toda la mañana acompañado de mi madre organizando los preparativos, Arnau, desatendido por ambos, decidió seguirme. Estaba en mi dormitorio, mío porque hacía meses que no compartía con nadie, leyendo. El pequeño aventurero entró gateando, y apoyado en la cama se levantó y ante mi vista dio sus primeros dos pasos hacia mí. Una sonrisa y un: Ma? Jamás antes dicho refiriéndose a mí. No sé que se me paso por la cabeza, no sé que manejaba mi cuerpo, pero le golpeé. Apenas un revés de muñeca, certero contra su rostro, el grito inmediato de sorpresa y dolor de Arnau, la sangre, de su labio partido y de su nariz golpeada…

El mundo enmudeció y a cámara lenta fui consciente de todo un año de dolor, fui consciente de su presencia, de su calor, de mi necesidad. Mientras el mundo se paraba le cogía en brazos y le abrazaba mientras le acompañaba en un llanto por fin liberador. Mientras le juraba que nunca más le haría daño, mientras le amaba todo lo que no había sido capaz de amarle.

Y el mundo quitó el freno y comenzó a girar de nuevo. Apenas recuerdo el resto, Ferrán y mi madre histéricos y llorando también, una ambulancia, un hospital. Había sufrido una crisis de ansiedad. Ese fue el diagnostico, pero yo sé que no, no fue una crisis. Fueron todas las lágrimas, los besos, los abrazos que no le había dado en su primer año de vida, todo el calor y el amor omitidos que reventaron y salieron a raudales en forma de lágrimas. Fue una bombilla encendida en mi cerebro.

No mi historia no termina como en un cuento de hadas tras el beso del príncipe. La vuelta a casa, pese a sentirme receptiva, animada, hablar y explicar, fue dura y dolorosa, no confiaban en mi. Nadie. Arnau sin embargo sí. El aprovechaba cualquier resquicio para correr a mis brazos. Y mientras le abrazaba a veces volvían las dudas y siempre el miedo, el miedo a volver a dañarle. El miedo de rememorar las veces que en silencio en mi mente le había golpeado y dañado. El dolor de saber que durante meses había odiado a ese pequeño ángel que hoy me perdonaba y amaba incondicionalmente.

Un año más de terapia, de ayuda y medicación de besos y juegos trajeron cierta normalidad. Ferrán había vuelto al trabajo y mi madre, el día que celebramos su segundo año se marchó de casa, con el beneplácito de todo el equipo que me trataba para devolvernos el espacio en nuestro hogar. Por fin, era una madre a ojos del mundo. Mi relación con Ferrán aunque hoy es inamovible y férrea, siempre dispondrá de pozos oscuros, aquellos por los que pasamos y llenamos de bilis.

En dos meses celebraremos los tres años de Arnau. Y mi alta total. He superado mi depresión postparto, o eso dicen. Porque durante el resto de mi vida me queda superarme a mí misma. Superar el día de mañana el explicar a mi hijo toda nuestra terrible historia.

Hoy puedo decirlo alto, amo a mi hijo sobre todas las cosas. Creo que nunca dejé de amarle, pero algo superior y maligno se adueño de mi alma y me robó la vida.

Mi historia no es comparable con la de otras, y he conocido unas cuantas, no son cuantificables, ni mejores, ni peores. Sólo oscuras. Películas de terror en un momento que todo el mundo da por rosa y principesco. A la depresión postparto se suma el desprecio del entorno, se suma el desconcierto de quien te quiere, la sinrazón y la incomprensión.

El peor de los actos contra natura, el de la madre desnaturalizada.

Y sin embargo más a menudo de lo que creemos ocurre. La depresión en la maternidad existe.

No estás sola. Y entre luz, a veces se da paso la oscuridad.

Porque la oscuridad también forma parte de la luz.

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