Enuresis nocturna

Enuresis nocturna: en primera persona

Hoy traigo una entrada especial, con la colaboración de una pediatra fantástica, Amalia Arce, una mamá de dos, autora del libro: “Diario de una mamá pediatra” lectura muy recomendable para todos.

Podéis encontrarla además en su web
http://www.dra-amalia-arce.com/  
un rincón para padres y madres, donde encontrar información útil y profesional desde el punto de vista de una madre.

Esta entrada la encontrareis en dos colores, una historia ficticia por un lado y la opinión profesional por el otro.

Espero que os sea de ayuda!

Mi hijo mayor tiene 5 años recién cumplidos. Usamos pañal. No nos preocupa (por el momento)

Sobre los 5-6 años se considera la edad “normal” para el control de esfínteres nocturno. A partir de esa edad, hacerse “pipí” por la noche se llama enuresis nocturna. A la edad de 5 años, entre un 15 y un 20% de los niños todavía van a tener escapes nocturnos, debido a una maduración más tardía de todas las conexiones que controlan la diuresis.

Me han invitado hace muy pocos días al grupo de Facebook:
 Mamás y papás en la lucha con el pañal nocturno
Os dejo el enlace, y os invito a acudir para ver que hay muchos niños con enuresis nocturna, que no ha de ser motivo de vergüenza para nadie, y en compañía y viendo la realidad de otros es más fácil de sobrellevar.

La presencia de escapes nocturnos es un tema frecuente de consulta en el pediatra. A muchos padres les preocupa y también por ello buscan recursos en internet y foros donde sentirse acompañados por personas que viven las mismas realidades.

Aunque en la mayoría de foros y páginas médicas se aboga por intentar quitar el pañal para intentar generar noches secas, yo soy de la opinión de no tener prisa: el pañal da seguridad y su presencia no evita que pueda haber noches secas y en cambio condiciona de forma importante cómo son las noches “mojadas”.

Hoy no voy a dar mi opinión, porque no se si la tengo. Hoy soy oyente:

“Me llamo Manuel y tengo 48 años.
Yo era un meón. Meón. Así me llamaban en casa.
Soy el pequeño de tres.
Meón, meón, meón.
En mi época no había pañales de colores, ni de tallas grandes.
Una toalla y un hule, era a lo más que podía aspirar. Mis sabanas, eran mías y sólo mías. No pasaban por el resto de camas, hoy hablaríamos de higiene, entonces era una tortura, mis sabanas eran mías, porque eran sucias.
Cuántas noches en el frío toledano las odie!

Poner “motes” a los niños y a las niñas por suerte no es tan frecuente ahora como se hacía antiguamente, generalmente resaltando algún aspecto “negativo”. La influencia en la autoestima y en el propio desarrollo emocional puede ser nefasto.

No recuerdo una línea en el tiempo. No se como fue el principio si lo hubo.
Yo era un meón, era un hecho asimilado, como tener orejas o ser un chico.
Recuerdo.
Recuerdo unas convivencias en mi colegio bajar al patio con el pantalón mojado entre las risas de los demás.
Recuerdo los gritos de mi padre, cuando al llegar a casa preguntaba a mi madre como había amanecido.
Recuerdo los golpes, muchos, que los hubo.
Recuerdo los días en que mi madre se apiadaba de mis lágrimas y escondía apurada las sabanas
Recuerdo los días en los que saturada y sobrepasada las exponía para escarnio entre el vecindario en las cuerdas de mi ventana.
Recuerdo las burlas de mis hermanos: Nunca tendrás novia meón.
Recuerdo con 8 años, y con 10, y con 11 y con 13 y con 14…
Recuerdo los sábados aburridos en los que mis abuelos se llevaban a mis hermanos a dormir, a mí no, por meón.
Recuerdo sentirme superado, asustado, aterrorizado.
Recuerdo las lágrimas, la ropa escondida, el olor del colchón.
La piel escocida por el hule húmedo.
Recuerdo la sed. Desde que volvíamos del colegio y merendábamos tenia prohibido beber. Sed. Sed en la cena. Sed de noche. Sed.

Qué crueldad! Seguramente lo más triste debe ser pensar que en tu casa no tienes refugio para tus problemas. La confianza que los niños tienen en sus padres es máxima: saben que es el lugar al que acudir cuando las cosas no van bien….y qué pasa si no encuentras allí el consuelo necesario?

Deje de mearme en la cama con 15 años.
Sin más.
Se espaciaron los amaneceres húmedos en apenas dos meses. De pronto no hubo.

La mayoría de enuresis nocturna desaparecen entre los 6 años y la pubertad. Un porcentaje mínimo de adolescentes y adultos jóvenes mantienen el problema más allá. La pubertad marca la desaparición en muchos casos seguramente por cambios en los patrones hormonales y en el ritmo de sueño.

Aunque no deje de ser un meón.
Lo fui los siguientes 20 años. Los 20 años en los que mi autoestima hecha trizas deambuló arrastrándose bajo mis pies.
20 años. El día que dejé de ser un meón lo recuerdo como si fuese ayer.
Fue el día en que mi  hijo mayor cumplió 5 años. El día en el que le pasé el testigo.
El día que grité al mundo, a mi madre, a mis hermanos, a mi familia y a una docena de invitados que mi hijo no sería un meón. El día que su abuela le dijo: Hoy es tu cumpleaños, ya eres un hombrecito, si traes pañal para dormir en casa de la abuela no vendrás mas…
Ese día cuantifiqué el dolor, las humillaciones, los golpes, las mofas…
Y decidí que mi hijo no pasaría por lo mismo.
Ese día cambie mi vocabulario: Mis hijos se hacían pipí en la cama, no meaban.

Tengo dos. Hijos. El mayor hizo pipí nocturno hasta los 14, el pequeño hasta los 12.
Pasamos con los dos por un especialista, que certificó que no había nada fisiológico o preocupante.
Tal vez sólo herencia.
Nunca le pregunté a mi padre si el se meaba en la cama…

Los factores hereditarios son muy importantes en la enuresis nocturna. Muchos de los niños que tienen enuresis han tenido uno o ambos progenitores con el mismo problema. De hecho si ambos, padre y madre, han tenido enuresis, la probabilidad de que el hijo tenga enuresis es del 70%. La enuresis nocturna es más frecuente en niños que en niñas.

Para ellos no hubo sed, ni golpes, ni gritos, ni miedo…
Nadie se rió nunca.
No hubo premios, ni castigos, solo comprensión.
Les acompañamos en lo que para ellos a cierta edad fue una lucha.
Probamos a levantarnos cada dos horas, aunque usábamos los pañales. Escondidos entre los productos del carro, para que nadie los viese.
Hoy tienen 18 y 15 años. Ya no usan.
Ya no se les escapa el pipí.
Lo superamos.
Juntos…

Afortunadamente en el caso de que la enuresis preocupe (y siempre comento que esta preocupación la tienen que expresar los propios niños y no los padres), en la actualidad podemos disponer de tratamientos para intentar paliarla.

Yo aún me levanto 3 veces de madrugada por miedo a un escape, ellos no.
Yo aún, inconscientemente, controlo la ingesta de líquidos en la cena y después, por si acaso. Ellos no.
Yo aún me despierto sobresaltado y compruebo que todo sigue seco… A mis 48 años. Ellos crecieron sin miedo. Y vivieron con naturalidad su problema. Porque lo era. Y me dolía no poder solventarlo, me dolía su vergüenza y aprendimos a no mirar si habían quitado la sabana, húmeda por algún escape de un pañal.
Aprendimos cuando algún amiguito les invitaba a dormir y no era de la suficiente confianza a leer en sus ojos y poner excusas apoyándoles.
Aprendimos a negociar con las monitoras de las convivencias para que disimulasen y evitar que los demás niños descubrieran su secreto.
Aprendimos que todo llega. Y que en nuestra familia los hombres sufrimos de enuresis nocturna hasta la pubertad.
Aprendimos que no es vergonzoso, aunque el resto crea que si, que no es motivo para dañar a un niño, ni a nadie.

Aprendimos.
Hoy yo no soy un meón, no debí serlo nunca.
No culpo a mis padres. Lo hicieron lo mejor que supieron, pero olvidaron que este meón era un niño, que no sabía, ni podía controlar su cuerpo. Olvidaron amarme en mi imperfección, esa misma imperfección que me hizo ver a mis hijos simplemente perfectos.”

Aunque es frecuente atribuir factores psicológicos a la enuresis, se demuestran en un muy pocos casos. Lo que sí puede ocurrir, como describe Manuel es una afectación emocional posterior, una especie de estrés postraumático con todo lo vivido y que puede ser difícil de “metabolizar” en la mente de un niño.

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