Lactancia prolongada

Lactancia prolongada.

Leo muchas veces artículos hablando de lactancia prolongada, niños amamantados mas allá de los dos años.
No soy experta, no voy a ponerme a repetir lo que dice la OMS. Entre otras cosas porque en mis tetas mando yo y a nadie le importa, y ese pensamiento incluye las tetas ajenas.

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Oro líquido.

Oro líquido.

Donación de leche materna.

La primera vez que te coloqué sobre mi pecho.
Tú, diminuto, azul, caliente y pegajoso.
Mío.
La primera vez que sostenía a un bebe sobre mis brazos.
Y sosteniéndote creí que el mundo era perfecto, redondo y luminoso.
Y con tu luz pasamos tres noches y la última  mi pecho eclosionó y se llenó del blanco néctar con el que alimentarte.
Aunque tu no sabías cómo. Yo tampoco.
No fue hasta la mañana, cuando deshidratado, inmóvil, frágil e indefenso te alejaron de mi.
Y me dejaron destrozada e incompleta.

Apenas un par de horas hasta que te devolvieron a mi lado, largas, aciagas, la soledad más dura que pude experimentar jamás.
Te devolvieron en tu urna de cristal, desprovista de calor y humanidad, atado por los cables que te daban vida.
Enchufado, oscurecido.
A mi lado aunque sólo pudiera verte, mirarte, soñarte…
Y sentir el cruel desgarro de no poder abrazarte, sostenerte, amamantarte.
Mis pechos gritaban buscando tu boca, diminuta, iletrada para alimentarse.
Calor, dolor, y las primeras gotas cayendo libres mojando mi ropa, clamando tu nombre.
Mezcladas las lágrimas y la leche.
Igual de austeras ambas, aunque dignas, irreprochables.

Sin moverme de tu lado, contando tus respiraciones, observando tus manos, tu diminuto cuerpo…
Amanecí, y oscurecí, y amanecí y…
A través del cristal, con una mano violentando tu espacio aséptico, para con un biberón proveerte de alimento.
Y mientras tu te aferrabas a la vida, yo me obstinaba en volverte a tener entre mis brazos y alimentarte con mi pecho.
Un día y otro día y otro día, hasta que perdí la cuenta.
Y mientras tanto, adicta a un sacaleches con el que exprimía hasta la última gota de mi humanidad, con la esperanza de que mi sacrificio fuese el pago de tu cura.
Y me dolías, y arañaba los segundos en los que con mis manos dentro de los ojos de buey de tu incubadora te tocaban.
Y alargaba las caricias al cambiarte el pañal, enorme para tu diminuto cuerpo.
Mientras me dolía su peso, y me desesperaba sabiendo la desesperanza de tus gramos perdidos en aquellos pañales.
Y te acariciaba manteniéndome a tu lado, de pie, hasta que el dolor y el cansancio me podían y me sentaba y apoyada la frente contra el cristal, y lloraba.
Lloraba por todo lo que no había conocido.
Por un futuro soñado que no era ese presente.
Lloraba por sentir que no había hecho bien mi trabajo, que la simbiosis de tu cuerpo y mi cuerpo habían terminado violentamente.
Mi cuerpo te había rechazado, tu cuerpo se había desprendido.
Antes de tiempo, parando el tic tac de nuestro incompleto reloj.

Mi pecho me recordaba con la cadencia sabia de la naturaleza tu necesidad de alimento cíclicamente, y cíclicamente me conectaba de nuevo a mi máquina para guardar el valioso líquido.
Oro líquido.
Para qué? Me preguntaban las enfermeras.
No sabía contestar, pero todos los días protegía mis bolsas llenas de calostro y a buen recaudo las enviaba para ser conservadas en nuestro congelador.
Como si la sola idea de perder la leche significase perderte a ti.
Nadie se atrevió a ofrecerme las pastillas para cortarme la lactancia.
Tal vez vieran mi desesperación por mantener algo en lo que no creía, porque pese a todo, pese al empeño, al sacrificio, había decidido que por tu bien no te amamantaría.
Y en mi decisión me mantuve firme, silenciosa, hasta el día en que dieron permiso para abrazarte libremente.
Puedes sacarlo y darle de mamar. Yo no quería, no podía.
Y fue una enfermera la que me regaló su tiempo y su charla, y por la que derramé las pocas lágrimas que aún me quedaban e intenté de nuevo alimentarte, con un pecho que solo conocía máquina, con una boca que no conocía mas que biberones.
Con un alma insegura y destrozada, que tardaría en perdonarse y en creer de nuevo en su naturaleza.

Aún puedo sentir el dolor de escucharte llorar, de hambre, de soledad, cuando te pinchaban y como mi pecho al oírte crecía y pugnaba por hacerme correr a abrazarte, por defenderte de ese dolor.
Y explotaba en un río de diminutas gotas, que empapaban todo a su paso.
Mi pecho lloraba al escucharte llorar, aún lo hace.
No hay nada más inmoral que el llanto de un niño, nada más violento, obsceno, doloroso, que el llanto de tu bebé.
No hay nada mas iracundo e indecente que no poder consolarlo.
Me sentí llorando lo perdido, sin haberlo llegado a encontrar.
Y fue mi pecho, tu alimento el que me dió fuerzas y esperanza.

La historia termina bien.
Volvimos a casa, y durante meses seguí incoherentemente coleccionando bolsas de leche.
Sin sentido, sin lógica.
Un tesoro bajo cero, con las distintas tonalidades que da un inicio de lactancia, desde el anaranjado calostro, hasta la mas pura leche blanca perfecta.
Mi colección termino en las mejores manos, cuando la coherencia volvió a mi, y el miedo se esfumó, fue mi regalo a la calurosa bienvenida que me hicieron en el banco de leche de Mallorca.
Litros y litros de leche en pequeñas bolsas, transportadas con cariño y mimo en dos neveras y un coche frigorífico desde mi pueblo a la ciudad, por un ángel, vestido con bermudas y una sonrisa gigantesca .
Y continué durante los meses que me permitieron, donando, al ritmo impuesto por mi conciencia preciosos botes transparentes conteniendo el más puro oro líquido.

Aún hoy me siento orgullosa de saber que mi esfuerzo sirvió para alimentar o otros bebes, prematuros y enfermos, y henchida de orgullo me siento y siento como hijos míos, de leche, cuando alguien me habla de un prematuro de aquel año.
Y es que mis bolsas iban plenas de leche, y de amor, y de calor, y de los abrazos y besos que aquella urna de cristal nos robó.
Pues fue allí que descubrí que los besos y los abrazos que no se dan se quedan encallados y llenan de soledad el alma, que la única cura es dejarlos ir, compartirlos con el mundo…
En el año 2010 doné bolsas llenas de litros y litros de amor congelado.

Los besos y los abrazos que no se dan se quedan encallados y llenan de soledad el alma. -    

Si eres madre reciente o conoces alguna cuéntale que es posible, que hay un lugar donde te enseñan a guardarlo en botes.
Si quieres donar vida busca Tu banco de leche y descubre que la maternidad es generosidad y que ese sencillo gesto puede salvar la vida a un bebe.

La donación de leche materna salva vidas. -    
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Donación de leche materna
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Amamantar trabajando

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Y para acompañar la tetada universal, aquí tenéis, en Tri-tandem, Princeso de 5 años, que solo pide muy de vez en cuando (Con retintín, ya no me quieres?) Princesa de 3 que reclama su lugar en el mundo desde la llegada de su hermano, y Princesito, con 8 meses.

 

Amamantar y trabajar.

Es la semana de la lactancia materna, así que toca llenar los blogs de fotos preciosas de bebes amamantando, y llenar nuestros muros de vítores por la lactancia. Coño! Ni que la hubiéramos inventado nosotras! Y es que ha sido tan denostada y silenciada que realmente se ha re-descubierto.

Pero está bien, me uno! Hay que racionalizar, dar normalidad al más normal de los actos, porque al final es eso, tras años de empresas poco éticas y mujeres mal informadas, tenemos que llenar las redes de noticias celebrando el gran descubrimiento, la lactancia, eso que nos han robado socialmente llenándolo de tabúes, y de desinformación, escondiéndola en el armario, convirtiendo algo tan natural en imagen circense, sobretodo si amamantamos a niños grandecitos(Todo aquel mayor de 6 meses, claro)

Por otro lado el exceso de información actual también trae pegas, demasiada teta por todos lados, demasiada presión a quienes aún no tienen claro que quieren hacer en sus maternidades, y no, no olvidemos que también tienen derecho esas madres a elegir.
Ese exceso de información, también puede ser a veces desinformante.
Y hace que muchas mujeres no se arriesguen a hablar de sus problemas de lactancia por miedo, y es que no siempre tiene que ser un camino de vino y rosas a veces surgen problemas, y otras veces, simplemente nos desbordamos y vemos altas montañas donde solo hay pequeños montículos, pero todo es válido en la maternidad, nada es reprochable y algo tan natural pero también tan íntimo ha de ser consensuado entre madre e hijo y disfrutar ambos en armonía.
No puede haber cabida para malestares, si no funciona, no pasa nada, es una decisión en la que nadie mas debe tener voto.
Pero claro si una mujer se siente presionada para amamantar y no lo hace, tarde o temprano presionará a otras, y viceversa, ya tenéis las famosas y ridículas guerras de teta versus biberón…

Hoy además he leído varios post donde de verdad si no llevase cinco años y medio amamantando pensaría que vaya aventura me queda por recorrer. Me replantearía seriamente si esto es lo que quiero…
Porque para amamantar y seguir haciéndolo si tarde o temprano te reincorporas al trabajo precisas poco menos que un máster, sacaleches, congelador, bolsas de leche, pezoneras, empapadores, nevera térmica, permisos, espacios, técnicas, respeto…
La reincorporación al trabajo es por experiencia, el día D y la hora H, ese terrorífico monstruo que a muchas nos llega, y que aunque se supera como una parte más de nuestra biografía(Sí, se supera, mucho mejor de lo que se piensa siempre), si además lactas se convierte en un horizonte oscuro y aterrador.
No voy a discutir nada ni a nadie, no soy experta, ni doula, ni asesora, pero si quieres dar de mamar a tu hijo y te da miedo tu reincorporación laboral, tranquila!
Lo vas a superar sin ningún tipo de problemas. De hecho tras tres reincorporaciones las 3 a los cuatro meses de nacidos mis hijos (Ni eso, exactamente 16 semanas) os garantizo que se puede.

No se os va a acabar la leche de un día para otro, tampoco os van a reventar las tetas, si podéis haceros con un sacaleches genial, y si no, pues también genial que para eso la naturaleza os dio manos. O qué creéis, que antes había sacaleches? Y no, que no me diga nadie que las mujeres no dejaban a sus bebes, porque no es cierto, las mujeres se reincorporaban al trabajo nada mas parir, y los bebes se quedaban o bien con otras mujeres que en los pueblos amamantaban a varios o con familiares que les daban papillas suaves, o leches aguadas, y sus madres se apañaban, horas lejos de ellos.
Si tienes dudas, un consejo, no acudas a blogueras como yo, simplemente desde aquí, doy voz a mi experiencia, pero no soy experta, ni asesora, lo que a mi me puede ir bien, a ti, puede irte fatal, busca expertas, asociaciones, que en todas las ciudades hay, seguro que mas cerca de lo que crees encuentras una red en la que apoyarte.

Y ahora os cuento mis reincorporaciones lactando.
Con mi primer hijo me obsesione literalmente con la vuelta al trabajo, y cuando me di cuenta tenía diez litros de leche en un congelador, no, no exagero, aun me acuerdo de la cara del pobrecito del banco de leche que vino a buscarla, porque la doné, cuando superé mi miedo.
Es una experiencia que os recomiendo, saber que tu leche ha servido para sacar adelante bebes en hospitales es una experiencia maravillosa. Una generosidad que no cuesta nada y que llena muchísimo, de verdad. Podéis buscar información AQUÍ

Mi pequeño por circunstancias había probado leches de formulas desde su primer ingreso a los tres días de nacido, así que no era muy coherente mi miedo a que pasase hambre, pero me aterrorizaba dejarle.
Y me reincorporé dejando sus biberones de leche congelada, y con un sacaleches como compañía marchaba a diario.
Trabajaba a una hora de mi casa, así que en realidad pasaba diez horas lejos de el, contando los traslados.

A media jornada me sacaba leche, y pese a trabajar en un hospital donde incluso podía haber subido a un lactario, me sacaba leche en el wáter, literal.
No necesité nunca de ningún sitio específico. Sentada en la taza con mi teta fuera y el móvil para no aburrirme, en eso dedicaba en torno a diez o quince minutos, eran de mi tiempo de comida, aunque nadie nunca me dijo nada del tiempo.
A la vuelta a mi casa, en mi coche, me ponía el sacaleches y lo utilizaba conduciendo, como lo oís, lo dejaba enganchado en el sujetador y conducía tan tranquila, tenia pilladas las entradas a los pueblos así que me lo ponía en una entrada de la autovía, parada, cambiaba de teta en otra paradita y terminaba en la rotonda de Algaida. Paraba para ello, así que tranquilas, mi seguridad nunca estuvo en juego, pero siempre tenia suficiente leche para mi bebé.
Mallorquinas, cuando paséis por la carretera de Manacor, altura Algaida, acordaros de mi teta viajera y echaros unas risas!

Dejé de utilizar el sacaleches a los doce meses, cuando comenzó a tomar cola-cao, comía perfectamente y yo no notaba las subidas, así que considere que podía estar sin utilizarlo.
Aunque siguió mamando, incluso durante el embarazo de mi segunda hija. Y no se destetó hasta los tres años y medio. Aquí puedes leer la historia.

Cuando Princesa nació, comenzamos un tándem, me reincorpore a las 17 semanas, y utilicé el sacaleches, porque tenía mucha, al mamar los dos mi producción era bestial, lo que me suponía un problema, subidas tremendas, pero sólo trabajé tres meses, por circunstancias en mi empresa, una reforma integral, tuve la suerte de acogerme a un ere tecnológico, lo que supuso sumado a mis vacaciones casi seis meses en casa pero con sueldo, un regalo para mis pequeños y para mi, la verdad.
Y sacaleches olvidado.

En mi tercer embarazo desteté a mi pequeña, porque lo pasé bastante mal con la Agitación del amamantamiento, que ya había sufrido antes, pero que en esta ocasión se me hizo cuesta arriba. Aquí cuento nuestro adiós.
No sabía si la subida sería igual de fácil, debido a que no lactaba como en el anterior, pero todo fue bien, algún pequeño problema de agarre los primeros días, pero nada reseñable.
Me reincorporé de nuevo a las 16 semanas, y aunque llevaba el sacaleches, se me olvidaba utilizarlo, o no encontraba el momento, apenas una semana o dos después dejé de utilizarlo, también cabe decir que mi pequeño no ha querido un biberón ni aunque le maten, así que no comía si yo no estaba, le adelantamos las papillas pero tampoco estaba preparado, así que hasta que ha llegado su momento, estaba sin comer durante mi horario de trabajo, nunca han sido más de cuatro horas, porque hago horario partido y me acogí a la hora de lactancia. Así que mi jornada ha sido reducida estos meses.
Supongo que saber que la leche la tirábamos porque tras calentarla y no comerla poco mas podían hacer no me resultaba muy gratificante sacarme.

Aún de vez en cuando noto alguna subida, pero voy al baño y me saco manualmente, de hecho he cogido la técnica y es muy rápido, me saco lo justo para quitar la molestia, y cuando llego a casa ya vamos a buffet libre.
No he perdido leche, no me ha bajado la producción porque mi peque tomaba todo lo que necesitaba durante el tiempo que pasamos juntos, incluidas las noches.
Creo que el éxito consiste en confiar plenamente en nuestro cuerpo y en la naturaleza, de un día para otro no se nos va acabar la leche.

Esta es mi historia de lactancia y trabajo, probablemente no sea igual a ninguna otra, cada historia es un mundo y si buscáis seguro que encontráis mil mas, eso os puede dar la clave, no hay dos lactancias iguales, como no hay dos mujeres iguales, así que tranquilas, confiad en vuestra naturaleza, se puede, no hay que hacer un esfuerzo sobrehumano, de hecho, hoy se que no hay que hacer ningún esfuerzo.
Sólo dejar que todo fluya, sin agobiarnos, y si necesitáis apoyo, o tenéis dudas, pedid ayuda.

 

Y felices lactancias!

 

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