Custodia compartida

Custodia compartida.

Un divorcio, amable, casi.
Se marchó de casa después de navidad, tras meses de roces que terminaron en indiferencia.
Un me marcho, un lo siento. No había más, ambos lo sabían. Tras 14 años de matrimonio.
Y allí se quedó ella con las dos niñas, de 10 y 12 años, la casa, la vida. Todo.

No hubo conflicto, no hubo guerras, el sabía que era lo mejor para ellas.
Un buen padre que sólo quería lo mejor para sus hijas.
Los miércoles, el único día sin extraescolares las recogía después del cole y se las llevaba, las devolvía siempre cenadas.
Y con una sonrisa.
Los fines de semana alternos también, a casa de su madre, donde se había mudado, encantadora y amante abuela.
No había nadie en el mundo que las cuidase mejor.

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Custodia compartida

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8 años. Pero en sus ojos hay muchos más…
Tenía 4 cuando se divorciaron. Amistosamente.
8 años desde entonces.
Compartidos.
Mitad y mitad.
Ya tenía que estar acostumbrado, o eso piensan ellos, porque he pasado la mitad de mi vida así, de casa en casa.
Una semana con cada uno. Y con cada uno una casa, una familia, una cama, un armario, una vida…
He aprendido a andar de puntillas, a pasar desapercibido, a lidiar y a sacar partido…

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Lo que queda de las tardes de invierno.

Invierno
Lo que queda de las tardes de invierno.

Había tenido uno de esos días después de una semana agotadora, en los que el mundo se ve cuesta arriba y tan lejos…
Gripe, cansancio, invierno, soledad, un cóctel horrendo para una madre sola.
Domingo de frío y final de mes.
Por qué estás triste mamá?
No estoy triste cariño, sólo cansada.
Y arrastrando los pies ordenó la ropa, dejó la comida del día siguiente preparada, y la merienda del cole para su hija, fregó los platos de la cena.
La bañó y después de ponerle el pijama, le cortó las uñas. Dejó preparadas en el baño las horquillas y las gomas del día siguiente para su pequeña, porque le encantaban las trenzas.
Y la acostó con el beso de buenas noches pero sin cuento, ya es muy tarde, le dijo,  no se sentía capaz de seguir disimulando su tristeza y se fue al salón.
Sola, en el sofá lloró amargamente al pensar en esa tarde de domingo desperdiciada, sin parque, sin paseo, sin alegría.
Qué recordaría el día de mañana su hija?
Y se durmió con la tele puesta pensando que mañana intentaría hacerlo mejor y el siguiente fin de semana sería mágico, porque no quería esa vida, ella merecía algo mejor, algo mas, todo.
Criar sola no era fácil, pero no tenía que pagar por sus errores.
Mañana lo haré mejor, mucho mejor. Y soñó con paseos, y excursiones, y compras. Soñaba que le daría el mundo…

Veinte años después su hija sonríe.
También es domingo, invierno y hay un sofá parecido.
Un sofá en el que acaricia su vientre abultado.
Sonríe pensando en su madre y piensa que ojalá consiga ser como ella. Le queda poco de espera para conocer a la madre en la que se va a convertir.
Su madre. La crió sola, siempre con una sonrisa.
Le ha venido a la mente no sabe por qué una tarde de domingo.

En su mente infantil sabe que algo no va bien.
Recuerda sus ojeras y sus lágrimas furtivas, su cansancio y pese a todo, todo ese amor, pintando los detalles.
No recuerda las tardes en el parque, ni las vacaciones, ni los juguetes, ni la ropa.
Y sin embargo recuerda como le cortaba las uñas con cariño.
Como con sus dedos entrelazaba su pelo para hacerle una trenza y la afianzaba en su cabeza con las preciosas horquillas que le gustaban.
Recuerda los baños llenos de jabón y su dulzura mientras le frotaba las rodillas ennegrecidas.
Recuerda el yogur, ese que le daba a la mitad, cuando se lo pedía, porque el tuyo está mas bueno mami. Y con una sonrisa le regalaba su postre.
Recuerda sus besos de madrugada, entre sueños, cuando se levantaba a ver si estaba bien.

Recuerda.
Y quiere ser como ella.
Y es que sus recuerdos están plagados de detalles, la vida es eso, detalles que componen, como en un cuadro, que cuando se pinta amorosamente persiste en el tiempo.
Sonríe y coge el teléfono:
Sí?
Tenía algo que decirte mamá.
Qué?
Te quiero.

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