Maternidad robada.

 

Las redes están llenas de historias preciosas, de mujeres valientes que superan cáncer, luchando con los médicos para no perder a sus bebes.
Valientes luchadoras, entregadas.
Heroínas.
Yo no lo soy. No lo fui nunca.

Llegué hasta aquí porque leí una historia sobre vientres de alquiler (Maternidad subrogada).
Me sentí juzgada, insultada.
No me gustó verme reflejada en una ficción egoísta que nos pintaba como mujeres sin alma.
Sé que contar mi historia no hará a nadie comprender por qué recurrí a un vientre de alquiler.
Pero me ha reconciliado con aquel mensaje, y sobretodo he conocido a la mujer que lo escribió.
Y me he reconciliado con ella.
No tenemos nada en común, a excepción de lo más grande, nuestra maternidad.
No comprende mis decisiones y yo no comprendo sus sentimientos.
Y sin embargo el respeto, hoy, nos une…
Nos acerca. Nos hermana…

 

Fue un embarazo muy deseado.
Todo fue bien hasta que en la semana 14 tuve un pequeño sangrado.
Dos semanas antes la ecografía había sido perfecta.
Descubrieron que tenía una mola. Embarazo molar con feto vivo.
Pasé de estar embarazada de un precioso bebé, y a señalarme en las ecografías sus manitas, sus piernas, su cabecita…
A tener un feto, un diagnóstico y una mola.
Se volvió invisible para los especialistas mi bebé.
Creo que el cambio de vocabulario ayuda a masticarlo. Siempre pensaré que fue el primer paso para andar el camino.
Un aviso, para prepararme.
Yo no lo sabía entonces, pero ya sospechaban el resultado.

Mi bebé estaba bien.
Una niña, Aída.
Pero parte de la placenta crecía incontrolablemente, se había convertido en una mola, un tumor.
No podían quitármelo sin poner en riesgo el embarazo.
Estas cosas solo pasan en las películas o en internet.
No podía pasarme a mi.
Nervios, miedo, pero todo continuaba.
El bebe seguía creciendo sin problema, y la mola no parecía muy preocupante. Al menos eso quise creer.
Hablaron de que sería una cesárea programada, que madurarían sus pulmones y seria prematura.
El seguimiento seguía continuo.
No podíamos dejar nada a la improvisación.
Y así seguimos varias semanas. Con control exhaustivo.
Tenía pequeños sangrados y hacía un reposo relativo, pero me encontraba bien.
Me dolía en las revisiones, me palpaban, medían, tocaban, ecografiaban…
Me practicaron una amniocentesis.

Llevaba un diario con dos columnas, las medidas de Aída y las de la mola.
Mi marido decía que era enfermizo, pero a mi me tranquilizaba tenerlo todo bajo control, hasta el último centímetro.
Ecos, analíticas, control absoluto.
Con 20 semanas la eco en tres dimensiones nos mostró a una niña preciosa.
Perfecta.
Y una sospecha confirmada, mi tumor era maligno, un cariocarcinoma.
Cáncer.
No se qué palabra me costó asimilar más en la consulta, si cáncer o aborto.
Debían limpiarme la matriz completamente.
Crecía rápido, demasiado rápido y no podíamos arriesgarnos a que se expandiera fuera de mi útero.
No podía entenderlo, ni concebirlo. Aborto? Con 20 semanas?
-Con 20 semanas algunos prematuros sobreviven- Intentaba convencer a los especialistas.
Recuerdo sus miradas al suelo, la seriedad, el silencio, sólo roto por mi voz, suplicante.
No, no puede ser, tiene que haber mas alternativas.
Está viva. Viva.

Las ecografías nos enseñaban a un bebe perfecto. Con 20 semanas ya no era un feto, era un bebe.
Mi bebé. Aída.
No podía pensar, casi no podía respirar.
Entonces recordé las veces que había leído sobre esas historias, en las que se superaba todo, se engañaba a la muerte y se salía airoso de la peor de las batallas.
Yo quería mi historia feliz. Mi cuento de hadas.
Nadie dio rodeos. Mi mola se había convertido en un cariocarcicoma, no había tiempo para historias felices.
Si me negaba a interrumpir el embarazo y a la operación no había futuro, para ninguna de las dos.
Debía elegir perderla o morir con ella.
Ecos cada 48 horas a la espera de mi decisión, lágrimas, insomnio.
La más difícil de mi vida.

El día que cumplía 22 semanas teníamos la cita.
Dos días antes me habían confirmado una enfermedad metastásica, uno de mis riñones tenía una pequeña zona tumefactada.
No había tiempo. No hubo bonitas fotos ni sonrisas.
Me explicaron como me harían una cesárea en la consulta, con el oncólogo, la cirujana y la ginecóloga.
No me explicó como nacería Aida, no quise saberlo.
Había leído demasiadas cosas por internet sobre abortos en mi edad gestacional y todo era horrible.
Tan sólo le pedí que me prometiese que no sufriría mi bebé y que podría verlo.
Intentarían salvar mis ovarios, pero mi útero estaba muy afectado, no creían que se pudiese hacer nada.
Me ingresaron y sólo recuerdo entrar en quirófano.
Oscuridad. Frío.

Horas después desperté.
No quise preguntar nada. En mitad de la borrachera anestésica soñaba que me llevarían a planta y mi pareja me diría que había ocurrido el milagro.
Mi bebe habría sobrevivido…
Ensoñaciones de anestesia
Me llevaron a la habitación.
Nadie me preguntó cómo estaba.
Al menos no me llevaron a la planta de maternidad.
Estaba en oncología. El médico me esperaba en la habitación, con mi familia.

Te hemos extirpado la matriz, no podíamos salvarla, te hemos hecho una histerectomía parcial, hemos respetado tus trompas y ovarios, porque eres muy joven y no conviene que ahora mismo pases por una menopausia.
Vas a necesitar fuerzas para pasar la quimio.
También te hemos extirpado un riñón el derecho, y parte del colon.
Has estado muchas horas en quirófano. Catorce.
El bebe no tenía ninguna posibilidad.
Comenzaremos tratamiento inmediatamente. No sabemos donde puedes tener alojadas células cancerígenas.
Mi madre lloraba en silencio.
Mi marido apretaba mi mano.
Tienes alguna pregunta?
Quiero verla.
Estás segura?
Sí.
Me llevaron en silla de ruedas a anatomía patológica.

 

Una sala fría, blanca, limpia. Sobre una mesa de metal mi pequeña, tapada con una sabanita.
Era preciosa. Mi pequeña y única hija nacida de mi vientre. Diminuta pero para mi perfecta.
La enfermera pidió a mi madre que saliese.
Yo perdí un hijo como tu.
No te lo habrán dicho pero necesitas despedirte.
Tómate tu tiempo.
Hace muchas horas que nació la notaras fría y rígida. Pero es tu hija.
Recuerdo mirar a mi marido.
Adelante, me dijo, yo no puedo.
Apenas podía moverme, pese a la medicación, tenía un dolor latente en el vientre. La mujer colocó a Aída sobre mis brazos.
Su frío marmóreo me pasó desapercibido.
Apenas medio minuto de observación y me derrumbé llorando amargamente..
Déjala, necesita despedirse, escuché entre mis sollozos.
No se el tiempo que la mantuve firmemente abrazada.
Tan pequeña como una barriguita pensé. No era mas grande que aquella muñeca de mi infancia.

Aunque no pudimos inscribirla en ningún sitio, la enterramos.
Necesitaba darle un lugar en el mundo.
La recuperación fue dura, la medicación me destrozaba, pasé por quimio. Por radio.
Terapia para superar que con 26 años tenía cáncer y había perdido mi útero.
Mi carnet de madre. Robado.
Fue difícil.
No pretendo dar lástima, ni justificarme, pero me robaron mi maternidad.
Yo era madre, de Aída.
Cuando comenzamos a informarnos sobre la maternidad subrogada pensé que la vida me debía mucho.
Y que tal vez esa era la única forma de compensarlo.
No se si mi hijo algún día podrá entenderme.
Es mi hijo, mis genes, mi óvulo.
De mi cuerpo sesgado y maltrecho, imposibilitado para darle cobijo, pero el único capaz de amarle un mundo.
Antes de verle, de sostenerle, durante esos años de espera, de búsqueda de la candidata, de espera en el embarazo, dudé.
Muchas veces. Porque sabía en propia carne lo que era perder un hijo.
Y sin embargo el día que le sostuve en brazos por primera vez y le miré a los ojos, supe que no me había equivocado…
La maternidad subrogada me ha reconciliado con la vida.

Chula Vista. San Diego.

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Maternidad subrogada, almas de alquiler

La maternidad subrogada, almas de alquiler

Irivana tenia 10 años cuando vino con su padre desde Tallin, Estonia.
Era una edad difícil pero ella una chica lista, se amoldó fácilmente al clima cálido del mediterráneo en un pueblo del levante.
No le costó aprender los dos idiomas de la escuela, ya llevaba una buena base de inglés, además del estonio y ruso como idiomas maternos. En el colegio en estonia, también aprendió alemán.
Desde el principio brilló en el colegio, y entre los demás niños.

Cuando llegaron a España en pleno auge del ladrillo no falto trabajo, ni recursos, en Tallin, su padre sin estudios apenas tenía oportunidades para la creciente economía tecnológica, pero en España encontraron un paraíso.
Casi diez años después las cosas han cambiado.
Sigue siendo una buena estudiante, la mejor de su clase, pero la universidad es inaccesible, hoy por hoy para su familia.
Pidió una beca, pero no le basta para pagar matrículas y vivir, dado que no esta cerca de su casa y debe mantenerse.
Trabaja limpiando casas por horas para echar una mano a sus padres y ver si puede al final del verano juntar para poder intentar su sueño. Estudiar.
Así conoció a Virginia. Trabajando para ella.
Y la admira, es la mujer en la que ella quiere convertirse.
Virginia lo probó todo. Antes de rendirse.
Todo. Pero al fin un medico se sentó junto a ella y mirándole a los ojos le hizo saber que nunca sería madre. Nunca.
Su ilusión, su meta. La maternidad le ha sido negada por la naturaleza.
Virginia es una profesional incansable, culta y emprendedora. Y no, no se rinde.De hecho no recuerda un solo día en el que lo haya hecho.
Irivana tiene esa belleza pálida y rubia que agradan tanto a los mediterráneos, tal vez por el contraste de una tierra tostada por el sol y la brisa marina. Tal vez fue eso lo primero que vio Virginia, o su inteligencia y honestidad…
No recuerda cuando lo pensó por primera vez. Cuando creyó que sería el contenedor biológico perfecto de su hijo.

Cómo surgió? Tal vez fue Virginia preguntando de que lugar de Rusia procedía, pero Irivana no es rusa, es estona, aunque a Virginia le da igual.
Virginia no es de las personas que escuchan, Irivana sí. Llenó su mente soñadora de generosidad, empatizó con virginia, vivió su dolor desde el principio…
Maternidad subrogada, porque vientre de alquiler sonaba horrible…
Los negocios son así, ley de oferta y demanda. un bufete de abogados les puso en contacto con una organización.
Todo era fácil. Caro, pero fácil.
12000 euros para Irivana, eso solucionaría su vida, la universidad, la situación crítica de sus padres…
A sus 20 años, tendría tiempo de tener sus propios hijos, esto sería un favor, gestar al hijo de otro…
No se lo dijo a sus padres, sabia que no la apoyarían, y desde el comienzo los abogados de Virginia le dejaron claro que no podía contarlo, no era legal en España.
El primer pago fue para la matrícula de la universidad.
La que quiso elegir. Era simplemente feliz.
Sabía que tendría que esforzarse, pues el final del curso coincidiría con el final del embarazo y tendría que vivirlo en Rusia.

Lo arreglaron, para que ella pudiese viajar a Kiev. Allí le hicieron la implantación.
Coincidiendo, si todo salía bien, con las vacaciones de verano del año siguiente. Claro que saldría bien! A Virginia todo le salía bien.
Dios estaba de su parte!
Un mes en Kiev, los primeros días en reposo, después disfrutando de una otoñal y preciosa ciudad. Volver a España. Llena de ilusión y de futuro.
El embarazo comenzó bien, ningún problema, ni síntoma.
En la clínica le hacían revisiones quincenales, y todos los días hablaba con Virginia.
Su madre la notaba extraña pero lo achacó al comienzo de la universidad, lejos de casa. Le dijo que había encontrado un trabajo, así que no esperaban que fuese a verlos a menudo.
Preparaba así los meses venideros, cuando se le comenzara a notar el vientre abultado.
Desde el principio no quiso pensar en el bebé.
No lo sentía suyo.
No lo era. Era un favor, un favor que le solucionaría la vida.
Se veía como una de esas mujeres de clase media americanas que cedían su vientre para ayudar a otras mujeres.
Se sentía bien, completa, feliz.

Con casi 18 semanas sintió las primeras patadas, era un niño.
Ese día tras contárselo apresuradamente a Virginia por teléfono, recibió flores y bombones.
Era una niña mimada y adorada.
Su vientre ya señalaba ciertas redondeces.
Comenzó a soñarle.
Le llamarían Isaías, como su abuelo… Como su abuelo genético.
Cómo sería? Tendría sus ojos? Su voz? No tendría nada suyo? De algún modo, sería suyo?
Huía de los fantasmas. Esos fantasmas que inconscientemente comenzaban a molestarle.
No es mi hijo. Sólo un favor.
No tendrá nada tuyo le decía Virginia.
Pero ella le sentía. Aunque intentaba silenciarle.
Comenzó a pensarle por su nombre. Isaías. Isaías.
Lo esperaban para mediados de julio.
El primero de mayo se instaló en Kiev, en un piso cerca de la clínica. Lo compartía con otras mujeres embarazadas.
Apenas hablaban. conoció a 4 en un mes. Mujeres rusas, jóvenes, bonitas. pobres. Venidas desde el país vecino a parir
Pasó esos mes paseando, por orden del médico, estudiando, se alimentaba según la estricta dieta que le impuso Virginia. Vieron a verla 1 vez, a comprobar que todo iba bien.
Seguía siendo su niña mimada, su amiga.

Sus padres no sospecharon que le hubiesen dado una beca para mejorar su ruso.
Estaban muy orgullosos de ella. De su chica lista. De la joven estudiante universitaria, responsable y trabajadora…

Isaías decidió adelantarse un mes largo. Faltaban semanas para que Virginia y su marido llegasen desde España a esperar el gran día.
Los planes eran pasar las últimas semanas todos juntos.
Cuando llamó a Virginia diciéndole que acababa de romper aguas a las seis de la mañana esta se enfadó.
Le gritó llorando que cómo podía hacerle eso.
Que era pronto, que Isaías podía sufrir algún daño. Y sería todo culpa suya.

Una hora después ya habían mandado a una enfermera y un chófer. Le acompañaron al hospital. Le confirmaron que había roto aguas, el bebe estaba bien. Era pronto, pero estas cosas pasaban, no habría problema alguno, era grande.
Las primeras contracciones ni las notó.
Estaba muy verde, le dijeron.
Pasó el día en la habitación de la clínica, relajada, con su música y un par de libros.
Virginia no llamó. Pero las enfermeras le dijeron que habían enviado por fax su plan de parto.
No habría riesgos. No se asumiría ningún riesgo con el bebe.
En caso de que todo fuese bien el parto seria natural. Sin epidural.
Si hubiese algún signo de alerta se procedería a una cesárea inmediata.
Irivana se asustó. Se sintió de pronto inexistente, invisible. Sin voz ni voto. Un cuerpo sin valor.
Fue consciente entonces de su soledad, lejos de casa. Lejos de su mundo. sola.
Y en mitad de su dolor comenzaron las contracciones, rítmicas, dolorosas…
Como una muñeca sin vida, era explorada cada media hora, nadie le preguntaba como estaba, como se sentía, ni siquiera le hablaban.
Cuando las contracciones se hicieron insoportables la trasladaron a la sala de partos, entre gritos de dolor.
Dios! Cómo dolía! cállate! Has firmado, no puedes quejarte.
No hay nada para el dolor para ti.
Asustada decidió hacer caso y lloró en silencio.
Los minutos se hicieron horas, las horas una vida…

Una enfermera le preguntó si tenía sed.
Sí.
No han venido los padres, pero les esperan mañana. Estate tranquila, todo saldrá bien.-Era mayor, y en sus ojos leyó su pena.
Vio el reflejo de si misma, se vio. Triste y sola.
Entonces en sus ojos vio algo mas. A ese pequeño ser que pugnaba por salir de su cuerpo…
Su hijo, sí, suyo.
Gestado durante 8 meses. Alimentado por su sangre y su cuerpo.

Las contracciones eran tan seguidas que no podía respirar, empuja! Empuja!
Pero no podía, no quería. Salir de su cuerpo seria decirle adiós, cuando ni siquiera le había dicho hola.
Un adiós tan pronto.
Suyo.
Su carne, su vientre.
Ardía. Su cuerpo ardía y entre gritos se abrió camino por el.
Entre gritos. Y dolor. Y lágrimas.
Le vio. Sucio, diminuto, Frágil. Ya no había dolor.
Expuesto en la camilla mientras le limpiaban y veían sus constantes. Le oyó llorar. Y lloró.

-Sus padres aún no han llegado, llegaran mañana. Llevadle al nido.
-Quieres verlo?
-Sí. Es tan bonito. Puedo cogerle?
Las enfermeras se miraron, el medico se encogió de hombros mientras esperaba a que saliese la placenta.

Su cuerpo era cálido y suave. Sus ojos.
Sus ojos. Nunca olvidaría su mirada. Su rostro perfecto, el vello de su diminuto cuerpo.
Sus manos.
Y de nuevo sus ojos. Su mirada. Su reflejo.
Y le amó, le amó tanto y tan desesperadamente como creía que no volvería a amar en la vida.
Su corazón se hinchó y galopó sin mañana.
Su mente se inundó y se emborrachó de sus ojos.
Su boca encontró el pecho. Su pecho. Y se aferró a el como a la vida.

No. Le dijo la enfermera mientras se lo quitaba de encima. Es mejor que no. Mañana te dolerá mas. Será más difícil.
Mañana? No hay mañana, sólo hoy, sólo ahora, mi hijo.
Mi vida, mi amor. Mi ahora. Estaba perturbada, gritaba, intentado soltar los arneses de sus piernas, No, NO, NO, gritaba mientras se lo llevaban. Sólo recuerda los gritos, las manos agarrándola. Y después la oscuridad. El silencio.

Cuando despertó no había nadie en la habitación. Pasó un rato antes de que alguien viniese a verla.
-Tienes sed?
-No. Dónde esta mi hijo?
No es tuyo. Quiero mis cosas. Mi teléfono.
El teléfono de Virginia estaba desconectado. Un abogado fue por la tarde. Un sobre. Un cheque…
No quiero firmar. No hay nada que firmar. No hay marcha atrás.
Un billete de avión.
Y un vacío enorme…
Cómo volver? Dónde?

El mediterráneo ya no era cálido ni soleado. El mundo había oscurecido.
No había nadie en la casa de Virginia. Ni al día siguiente, ni a la semana.
Un cartel de “Se vende” en la ventana.

Isaías. Isaías, tiene los ojos azules, como su madre…

Querido Isaías, perdóname, perdóname porque me enamoré de ti cuando ya no quedaba tiempo…
Así comenzaba la carta a su hijo, la que escribió y metió en una botella.
La tiró al mar, junto con las llaves de su alma.
Si la encontráis, no la abráis por favor.
Dejad que navegue y algún día su legítimo dueño pueda leerla y entenderla.
Tal vez entonces Irivana pueda perdonarse a si misma y pegar los trozos destrozados de su alma…

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