Y ayer me enfadé contigo

Sé tú…

Ayer me enfadé contigo.
Por qué? Tal vez porque pretendo que seas otro, quien no eres, quien tampoco querría que fueses, quien no me gustó nunca…
Y sin embargo ayer me enfadé contigo, por ser tu, porque no recoges, porque gritas, porque no te importa mancharte, porque no paras quieto.

Ayer me enfadé contigo, por no ser como los demás esperan que seas.
Más obediente, más tranquilo, más silencioso, más estudioso, más atento, más educado, más…
Porque me afecta lo que piensen otros, lo que quieren otros, lo que esperan otros.
Me afectan las miradas, los susurros, las notas, las tutorías.
Y sin embargo me gustas, no es sólo amor de madre, me caes bien, me divierto a tu lado, me encantan tus pasiones, tus ganas de vivir, de saltar, de correr, de gritar, de aprender, de soñar. Tu hambre de vivir.
Tal vez por eso me enfadé, porque veo lo peculiar, lo mágico, lo grande y maravilloso que eres.
Porque me aterra que no lo vean los otros.
Porque me veo en ti.

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Guarro

bullying

 

 

Guarro le dijeron. Y allí comenzó todo.
Y se quedó sorprendido, porque era una de las palabras feas que no le dejaban decir en casa.
Guarro, guarro, guarro.
Pero él no había hecho guarrerías, hoy no, ni ayer.
Su mamá no le dejaba.
Se concentró pensando en que había hecho últimamente.
No había escupido, y hasta había aguantado estoicamente su turno en el baño para no sufrir ni un mínimo escape. Y había tenido cuidado con el rotulador, para no pintarse la cara y las manos como siempre. Y a la hora de la comida, sólo una pequeña marca sobre la camiseta daba fe del esfuerzo y el cuidado con el que sujetaba el tenedor…

Guarro, le siguieron diciendo.
El sólo había jugado, como siempre en el patio, disfrutando como niño de los pocos años que tenía, jugaba a indios y a vaqueros, y se arrastraba por la arena, simulando que ojeaba el fuerte.
Y trepaba sin miedo por los árboles mientras se lanzaba a la conquista, y sus manos embarradas, por agacharse cerca de la fuente, habían marcado sus culeras al secárselas en ellas.
Guarro le llamaron, y se fue al baño y se lavó las manos y se mojó la cara, marcada con churretes sobre el polvo adherido a su piel, y su pelo empapado de sudor, goteando camisa abajo, nada que ver con el pulcro flequillo con el que había salido de casa.
Y se miró de cuerpo entero.
Sus pantalones, por la mañana impecables ahora rasgados en las rodillas. Su camiseta manchada, mapa tenaz de tanto juego. Su babero desabrochado, tras perder los botones en el fragor del juego.
Y no se vio guarro, se vio niño, y siguió sin entender nada.

Guarro le repitieron, y allí quedó sorprendido, aunque algo asustado, porque no comprendía el porqué del insulto.
Un niño. A esa edad en la que no importan los modales en la mesa sino tan sólo la felicidad de alimentarse y comprobar sabores y texturas.
Una familia a la que no le importaban sus pantalones, necesitados de remiendo, porque significaban horas y horas de juegos felices. Ya habría noches de coser rodilleras!
Su cabello sudoroso y despeinado que no daba fe de suciedad, sino de la energía invertida.
Sus zapatos, con las punteras desgastadas, testigo mudo de las patadas dadas a las piedras, de los balones lanzados, de los goles ganados…
Guarro le dijeron.
Y fue la primera (de muchas) que sufriría en propia piel el menosprecio de otros.

No le dolió el insulto.
No lo entendió, no entendió que su alegría, su energía, su risa, pudiese traer un insulto.
Le dolió el robo, le dolería años después, cuando fuese capaz de comprenderlo, el robo de su inocencia.
Desde aquel día intentó no arrastrarse por la tierra del patio, y ya nunca más pudo ser el indio de sus juegos.
Aprendió a comer con cuidado para no mancharse, y se concentraba en el intento, y entre tanta conciencia no disfrutaba, se negó a comer las frutas que tanto le apetecían, por miedo a ensuciarse.
Dejo de reírse al lado de otros, andaba ausente y cuando alguien se dirigía a el, en guardia respondía, dibujando la persona tímida y desconfiada que sería en el futuro.

El no lo sabía, pero no era un guarro.
Tan sólo era un niño.
No merecía insulto ni menosprecio, no merecía lástima ni rechazo.
Ellos sí, ellos sí merecían lástima, porque trataban como habían sido tratados, porque a su misma edad crecían en hogares donde los niños no juegan si se manchan, donde en la mesa no se aprende a reír.
Crecieron en hogares donde el aspecto es mas importante que el alma, crecieron manteniendo atados con cadenas sus corazones, para que no latieran con demasiado ímpetu y pudiesen arrugar sus camisas con el movimiento
Niños que temían despeinarse, o perder horquillas, y se miraban en el espejo temiendo recibir el reflejo de una coleta revuelta, o de un remolino alborotado, que trajese el rictus ofendido al rostro de quienes debían sonreírles viéndoles crecer.

Pobres los niños, aquellos que nunca lo fueron.
Pobres, aquellos que nunca supieron lo que era mancharse con el barro.
Aquellos que nunca saltaron los charcos.
Aquellos que nunca llenaron sus manos de rotulador,
Ni dominaron el arte de perder botones.
Pobres niños que nunca serían guarros.

 


Suicidios, niños que dejan de ser niños y se rinden antes de ser hombres.
Niños que ya no cumplirán mas años…
Niños que en lugar de preocuparse por la consola, la pelota, los deberes, deciden acabar con la presión a las que les someten sus compañeros.
Niños que prefieren no cumplir mas años, desesperado por su situación de acoso en el colegio.

Contra el bullying no basta condenarlo, necesitamos algo distinto.
Prestad atención a nuestros hijos, hagámoslo todos, porque ese niño muerto por la presión de otros, también es un niño, con padres, madres, educadores, abuelas, vecinos…
Nos ponemos fácilmente en la piel de esos padres pero y si es tu hijo el que está al otro lado?
Y si es tu hijo el que ríe las chanzas? El que ríe los empujones? El que jalea? El que insulta?
No, tu hijo no puede ser un acosador, pero y si es un testigo silencioso?
Todos sabemos que los niños se mueven en estos casos en clan, auspiciados por el grupo, y si es de los que ignora, de los que invisibiliza?
Es probable que nuestro hijo este en el lado equivocado, mera estadística…
Por cada niño acosado hay 25 en su entorno, qué hacen? Cómo actúan?

Por favor, estemos atentos, tus hijos, mis hijos, tal vez ni siquiera son conscientes del daño que hacen, tal vez, ni siquiera, son capaces de ver el mal.
Pero nosotros sí.
La educación no es posible si no somos capaces de ver mas allá.
Eduquemos.
Observa a tu hijo, a tu alumno, a tu vecino.
No miremos más hacia otro lado, tal vez mañana no sea el nuestro el que decida acabar con todo, pero y si es el nuestro el que ayuda a tomar la decisión?
Podremos vivir con eso?

Todos podemos hacer algo.

 

 

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Yo no creo en los Reyes Magos…

Soy una persona incrédula por naturaleza, evangelizarme a  mí es tarea ardua, y sin embargo desde que tengo hijos soy creyente.

No creo en Dios, nunca lo he hecho, simplemente porque no he recibido una educación religiosa, ni la he visto en mi casa, a veces pienso que tener  Fe es un regalo para mucha gente, la Fe la concibo como esperanza, si hay Fe nunca faltará la esperanza.
O eso creo desde mi absoluto analfabetismo religioso.

No creo en Dios y sin embargo  creo en Papá Noel, en los Reyes Magos, en el Ratoncito Pérez, en las hadas y en los duendes…
En la magia.

Y si, se para muchos es caótico y ridículo celebrar fechas y fiestas religiosas sin creer, o alimentar a mis hijos con esa fe ciega en seres mitológicos ajenos a toda realidad.
O tal vez algunos penséis que solo es una cuestión consumista, pero no es así. Intentamos que la navidad signifique solamente ilusión, felicidad, un momento más (de tantos) de disfrutar siendo una familia.

Supongo que tal vez en unos años me desdeciré de muchas de las opciones educacionales que hemos elegido, pero hoy creo en todo lo que suponga magia e ilusión para mis hijos.

De pequeña yo escuché pasar a los reyes magos, es un recuerdo vívido y precioso, escuché el rebufar de los camellos y las voces de los Reyes y pajes. Bendita inocencia.
Pero aún hoy a mis casi 40 años, recuerdo los ruidos y los nervios, el no moverme en la cama porque los Reyes que estaban al otro lado de mi ventana no se diesen cuenta de que me habían despertado.
No recuerdo los regalos que me trajeron, ni el despertar de la mañana, tan solo aquel minuto de gloria, donde fue testigo de su existencia.

Me robaron la navidad con seis años, y lo recuerdo como un robo, como una ruptura, apenas unos días o semanas tras cambiar mi vida y conocer a mis padres, en una adopción parcial, una amiga de ellos me soltó a bocajarro(Y en pleno verano) que los Reyes no existían, y ellos lo atestiguaron, estoy segura de que aquella mujer, si ha tenido que pagar por sus pecados habrá pagado por aquel, porque no había necesidad, tan solo necedad y estupidez. Lo comparo a aquel que adrede pellizca un gatito recién nacido en el rabo para ver su reacción.
Una acción penosa y mísera, la de robar la ilusión a un niño.

Y lo recuerdo como si fuese ayer, supongo también que el entorno psicológico no era el más adecuado y que tal vez esa magia era lo único que me afianzaba a la inocencia, la única tirita para el dolor, para los cambios, la única soga que quedaba sustentando mi infancia.
Siempre me he sabido una niña adulta, demasiado madura en muchos aspectos. Y supongo que esa impronta fue la que durante años me convenció de que tal vez no sería una persona apta para la maternidad.

Hoy con mis tres hijos cerca quiero creer, y quiero que crean, tal vez es solo un deseo enfermizo de darles la magia, la infancia y los recuerdos que yo no tengo, pero creo que todos los niños merecen vivir durante un tiempo en un cuento de hadas, merecen levantarse todas las mañanas sabiéndose los reyes del mundo, felices, ilusionados, mágicos y especiales.

Hoy no quiero hijos valientes, listos, estudiosos, responsables, maduros, educados… No hoy, no ahora.
Ya tendrán tiempo de convertirse en hombres y mujeres de bien.
Hoy solo quiero niños felices, de ojos brillantes, suspirando por la magia que les traerá regalos, a ellos, porque son especiales y maravillosos hagan lo que hagan.
Sabiéndose únicos y extraordinarios.
Porque esa es la única realidad de este día, que mediante la magia y la ilusión sepan lo admirables y magníficos que son, sepan que son amados y respetados, y que ese Te Quiero, que a diario les decimos, hoy sea aún mas grande.
Hoy es el día en el que no permitimos que ningún problema, tristeza o guerra manche su infancia.

No se trata de educarles en el mercantilismo o en el consumismo, esta noche cualquier regalo será fantástico, no importa el precio o si lo construimos con nuestras propias manos, porque hoy la magia esta en el aire.
Porque el mejor regalo de todos será que mis hijos quieran compartirlos jugando conmigo sobre la alfombra.

Hoy creo.
No creo en Dios, en los Reyes Magos, no creo en Papá Noel, no creo en el Ratoncito Pérez, ni en hadas , ni en duendes, ni en magias…
Hoy creo en ellos, y sus ojos y sonrisas hacen válida mi Fe.
Hoy el mundo será un poquito mejor, porque tantos niños felices e ilusionados solo pueden proclamar un gran futuro, dichoso y feliz.
Los niños mágicos de hoy, serán los hombres coherentes del mañana.

Felices Reyes, o tal vez mejor, felices… Simplemente.

 

reyes

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