Lo que perdiste en el camino…

Lo que perdiste en el camino.
Aquello que habías hallado…
Y tu? Qué has perdido?

Duele
Es así. Duele.
Todos los días escucho, leo, comparto las emociones de mujeres que perdieron un hijo, un bebé, que abortaron.
Y todas se disculpan.
Se disculpan por llorar, por sentir, por expresar su pérdida.
Y guardamos con mimo esa cartilla de embarazo, esa ecografía que certifica que existió.
Escondidas en un cajón, las escondemos para que no se vea… Porque no debe verse. Eso nos han enseñado.

Mujeres que llegan buscando consuelo, contando su pérdida, a escondidas, hablando bajito, con un desgarrador mensaje a mi página, o con un mail lleno de tristeza, lleno de lágrimas derramadas de madrugada, contra la almohada. Volcando su dolor.
Veo mensajes explicando a otras mujeres su adiós, a la espera de ese abrazo que comprenda.
Buscando unos ojos que miren en silencio escuchando su pena.
Pena. Silencio.

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Muerte obstétrica.

TRISTEZA
María Cristina Faleroni

Muerte obstétrica.

Hace dos meses os conté la historia de Ana. Dura pero con un maravilloso final, su pequeño Moisés.
“Después de la violencia obstétrica”
Hace unas semanas hablamos de contar la historia completa.
El nacimiento de David, su primer hijo.
Un testimonio tremendo, pero necesario, regenerador.
Una historia muy dura, aun queda mucho por hacer, pero estamos en el buen camino, uno en el que la violencia obstétrica no tenga cabida.

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Después de la violencia obstétrica…

Y después de la violencia obstétrica? Qué queda? Miedo. Queda el miedo.
Esta es la historia de Ana, y de lo que ocurre después, es esperanza y luz, en primera persona…

Mi primer hijo nació y murió en agosto de 2009. Fue un claro caso de mala praxis. Estaba de 34 semanas cuando me puse de parto, bien contadas porque mi marido estaba trabajando a miles de kilómetros de casa, y nos vimos solo en vacaciones. Trabajaba en una plataforma petrolífera en el golfo de México. Yo vivía en España y me había mudado en la semana 28 a Pensacola en Florida, para esperarle y que naciese allí nuestro hijo.
Cuando llegué al hospital con contracciones me dijeron que no habíamos calculado bien la fecha. Que no era un parto prematuro. Que según su ecografía(porque las anteriores no contaban) estaba de más de 36.
Vas a saber tú más que el ecógrafo me dijeron, dándome a entender además que venía de un sistema sanitario tercermundista.
Me rompieron la bolsa sin consultar y me dejaron en una sala de sofás blancos, impoluta con unas correas puestas, sin dejar que me acompañara nadie, aunque era la única en la sala. Había pasado un embarazo sola, viviéndolo con mi marido por teléfono y debía seguir sola, porque no dejaron entrar a mi amiga, la única amiga que tenía allí, trabajaba en las oficinas en tierra de la plataforma, nos ayudó a encontrar apartamento y se portaba conmigo como una madre.
No es familiar así que no entra, dijeron. En la sala de partos si quieres.
Más de 3 horas, allí. Sentada en un sillón incomodo con las correas puestas, inmóvil.
Cuando el dolor se hizo insoportable y tras hacerme un tacto, allí mismo, semi erguida, me riñeron por quejarme tanto, y me dijeron que aun no podían ponerme la epidural, porque faltaba mucho.
Aguanté el dolor, de nuevo sola, cuando no pude más, y avergonzada porque sabía que me volverían a reñir avisé.
Tardaron más de 50 minutos en atenderme. Ya no podía dejar de gritar del dolor, entonces vinieron riéndose, diciéndome que no hacía falta que hiciera escándalo que ya venían a llevarme y me pondrían la epidural.
La epidural nunca llegó. En la sala de partos se dieron cuenta de que mi bebe estaba atascado en el canal. Llevaba de parto más de una hora.
Ventosa y después fórceps. Una episiotomía brutal y un niño azul, silencioso al que vi de lejos.
Se lo llevaron porque había sufrido falta de oxígeno. No le volví a ver vivo.
Y le lloré sola, como sola recibí la noticia. No dejaron entrar a mi amiga hasta pasadas varias horas.
Mi marido llego al día siguiente y encontró una mujer destrozada y un cadáver que al intentar repatriar a España ni siquiera tenía derecho a formar parte de nuestro libro de familia. Le incineramos y trajimos sus cenizas. No consta en ningún sitio.
Se llamaba David.

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