Adiós mi amor, adiós. Perder un hijo.

Adiós mi amor, adiós.
Hace un año alguien desconocido me dio las gracias por escribir sobre el dolor.
El más inimaginable, ver morir un hijo.
Y me escribió algo :
El cuerpo llora por lo que ha perdido, el alma sonríe por lo que ha encontrado.
El resto de mis días serán para agradecer a mi hijo todo lo que me enseñó.
Detrás de la muerte de un hijo, hay un regalo, si logras superar el dolor.
Es muy duro pero real.
C.V.

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Lo que perdiste en el camino…

Lo que perdiste en el camino.
Aquello que habías hallado…
Y tu? Qué has perdido?

Duele
Es así. Duele.
Todos los días escucho, leo, comparto las emociones de mujeres que perdieron un hijo, un bebé, que abortaron.
Y todas se disculpan.
Se disculpan por llorar, por sentir, por expresar su pérdida.
Y guardamos con mimo esa cartilla de embarazo, esa ecografía que certifica que existió.
Escondidas en un cajón, las escondemos para que no se vea… Porque no debe verse. Eso nos han enseñado.

Mujeres que llegan buscando consuelo, contando su pérdida, a escondidas, hablando bajito, con un desgarrador mensaje a mi página, o con un mail lleno de tristeza, lleno de lágrimas derramadas de madrugada, contra la almohada. Volcando su dolor.
Veo mensajes explicando a otras mujeres su adiós, a la espera de ese abrazo que comprenda.
Buscando unos ojos que miren en silencio escuchando su pena.
Pena. Silencio.

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La elección

Este relato fue inicialmente publicado en Zoozobra Magazine el 28 noviembre de 2015.

 

Elecciones, la vida se compone de eso, de elegir, caminos, actos, compañías.
Nos acostumbramos a la normalidad de hacerlo, a la libertad de la elección, hasta que esta nos supera, porque no siempre es fácil, elige: Blanco o negro, bueno o malo, carne o pescado.
Pero y cuándo nos dan a elegir entre bueno y bueno?
Entre el blanco y el blanco?
Entre el dolor o el dolor?
Elegir, elegir entre la vida, vidas ajenas, pero las más preciadas, las vidas de tus propios hijos…

Sus ojos. Eso recordaba, sólo eso. Sus ojos.
De color de las almendras, limpios, enormes.
No recuerda las llamas, ni el calor, ni el asfixiante aire que respiraba, sólo sus ojos.
A veces se despierta creyendo que es una pesadilla, entonces recuerda que lo fue, y se esfuerza por respirar por ellos, por los que le quedan.
Aunque varias veces al día imagina dejar de hacerlo.
Dejar de respirar, de sentir, de doler…
Tres hijos, tenía. Hasta aquella maldita noche. Maldita, maldita.
La noche en que el fuego le cambió la vida.
El incendio comenzó en el cuarto de Didiane, puerta con puerta a su dormitorio, Edmé compartía habitación con Julien, el grande en su cama, Julien aún en la cuna, al otro lado del pasillo.
Aquella noche Bernat , su marido, tenía guardia en el hospital, se había ido justo después de cenar dejándoles acostados a todos, Julien solía despertarse al rato, con hambre, y se lo llevaba a la cama para darle de mamar y ya se quedaba allí, pero aquella noche no, habría sido distinto? De haber estado en la cama, hubiera cambiado algo?
Respira, rememorarlo le corta el aire. Todos los días se ahoga, de a poco.
Didiane con 7 años, la mayor, Edmé de 4 y Julien 9 meses. Sus tres tesoros.
Era un fatídico diciembre, raro, de días encapotados y aires cálidos.
Aún no había comenzado el frío de verdad, hasta aquella noche, una leve llovizna cargaba de humedad el ambiente.
No recuerda la hora, solo los gemidos de Didiane, ese extraño olor en el ambiente, molesto, punzante que no consiguió entender y un leve resplandor, abrió los ojos y al sentir la claridad pensó que la niña se había dejado la luz encendida, la llamó, aún sin querer salir del acogedor calor de la cama.
Entonces vio el fogonazo y sintió como un soplido en la cara, Didi, Didi, Didi!! En tres zancadas estaba en la puerta de su habitación, no entendía nada, la imagen era tan incongruente, que no pudo asimilarla hasta pasados unos segundos.
Se quedó allí, inmóvil, grabando la escena como en una película antigua. A cámara lenta.
Las llamas lamían las cortinas, el edredón comenzaba a prenderse por los pies de la cama y Didi, dormida, intranquila pero dormida, gimiendo entre sueños.
Hasta que los jirones de las cortinas cayeron sobre ella, como mariposas, se desprendieron de la barra, etéreas hadas incendiarias. Siguió allí paralizada, segundos que parecieron horas, a cámara lenta las lenguas de fuego acariciando el edredón, las manos, el pijama de su hija, su cara, su pelo…
El grito de la niña la sacó del sueño. Por fin su cuerpo respondió. Corrió a destaparla y protegerla.
Al levantar el edredón fue como si alimentara las llamas, el pijama había prendido, la cabeza, a manotazos y con un cojín intentaba apagar a la niña, mientras esta gritaba horrorizada, en segundos su pelo había desaparecido, y las pestañas, las cejas, en mitad del caos, fue eso lo que vio, su rostro, detallado al milímetro.
No sabe como cerró la puerta con Didi en brazos gritando y llorando y la llevó a su cama, tal vez si hubiese reaccionado, si hubiese corrido desde ese momento…
Apenas atinó a marcar el teléfono de emergencias, hoy se para a pensarlo, recuerda hablar a voces con la operadora del 112, explicar que había un incendio en la casa, que su hija había sufrido quemaduras graves en la cabeza y rostro.
Recuerda como pensó al repetir su dirección que si no les aparecía al servicio de emergencia su número, y a la operadora, salga de casa con la niña, se encuentra alguien más allí?
Entonces como un mazazo, fue consciente.
La cogió en brazos mientras seguía llorando, y se dirigió al cuarto de los niños, al pasar justo delante de la puerta pudo sentir la violenta presión de las llamas al otro lado y el calor, que impregnaba todo. Estaba sudando.
Cuando entró en la habitación a despertar a los otros, el ruido de cristales rotos, seguido por una violenta deflagración .
Después se enteraría que al romperse la ventana el aire había alimentado el fuego.
Sintió como la embestía, cayó al suelo con la niña, intentando protegerla con su cuerpo. Pudo ver las llamas en el pasillo y el humo, que entraba a oleadas detrás suyo.
Edmé se había despertado con el estruendo y gritaba aterrorizado agarrando su almohada. Julien no, hacía pocas semanas que había aprendido a ponerse en pie en la cuna, y allí estaba con sus ojos enormes, entre asombrados y divertidos, pero sin atisbo de temor.
Didí en postura fetal, como un pequeño ovillo lloraba con grandes espasmos.
Ed, ed, tranquilo, intentó abrazarle pero solo atinó a esquivar una patada. La siguiente le golpeó de lleno en la nariz, pese a sus 4 años, sintió el golpe como el puñetazo de un púgil entrenado, y el dolor, la oscuridad momentánea, el calor de la sangre rompiendo nariz abajo como un río.
Ed, ed, tenemos que irnos- como pudo, casi violentamente consiguió cogerle. Mientras seguía gritando.
Didi no se había movido del suelo, vamos Didi, vamos, arriba.
No respondía, y se dio cuenta que estaba casi ida, no movería un musculo. Intentó cogerla con una sola mano, pero no pudo.
Ed, ed, necesito que ayudes a mama cariño, necesito que te agarres a mi espalda, vale? Tu eres muy valiente lo harás por mi? Pareció calarle y asintió. Vamos campeón, tu puedes a la espalda de mama.
El humo era asfixiante, y apenas ya se veía a un metro, subió a su espada al pequeño y cogió en brazos a Didi, como pudo, no sabía si lograría bajar las escaleras con los tres.
Julien.
Julien.
Dios mío, no podre con los tres. Ed, puedes andar? Como respuesta, sintió una repentina presión en el cuello que le dejo sin respiración, mientras su piernas se aferraban en un abrazo de supervivencia contra las costillas de su madre. Para! Para! Tranquilo, tranquilo, me ahogas.
No había tiempo, ya no, el pasillo era un infierno.
Julien seguía de pie, sus ojos, limpios, enormes, en aquel momento el mundo se paró, lo reviviría una y otra vez, esa era su condena, revivirlo, la miró y sonrió. Mamá.
Nunca había dicho mamá, solo Papá, y una especie de da, da, da.
Entonces lo supo, no tenía que elegir, el ya había elegido.
Mamá repitió. Y volvió a sonreír, para sentarse en la cuna sin más. Tranquilamente, sin miedo, como sabiendo.
Sus ojos profundos, tranquilos. Te quiero vida mía, le dijo, te quiero. Lo siento amor, lo siento.
Y con Didi en brazos, laxa y Ed aferrado a su espalda salió al pasillo. Las llamas bailaban pintando las paredes, los cuadros, fotos familiares ennegrecidas, una de ellas estalló a su paso, la escalera estaba justo delante, llegaría a ella antes que las llamas.
Bajó los peldaños de tres en tres, la puerta:- Dios mío, que no esté la llave echada.- Bernat como era de esperar sólo había cerrado con un empujón, cuántas veces le reñía, por no cerrar con llave, en ese momento pensó: Gracias, mientras haciendo malabares abria con el codo la manilla y entornaba la puerta con el pie.
El aire frío abofeteó su rostro.
Un escalón, dos, vecinos enfrente, una sirena a lo lejos, serian los bomberos? La ambulancia? Un metro mas y estaréis a salvo, un coche de policía paró justo delante del jardín, y uno de los agentes corriendo salió del coche, está bien? Le quitó a Didi de los brazos, llama a la ambulancia, quemaduras graves! Gritó a su compañero mientras la posaba con cuidado en la acera, acto seguido intento coger a Ed de la espalda, este se agarró al pelo de su madre, provocando un grito de dolor, mientras gritaba no, no, no.
Entre sus dedos, varios mechones de pelo. Cuando dejo de sentir el peso sobre la espalda dio media vuelta y corrió hacia la puerta.
-Quieta, pare! El policía gritaba. Un coche de bomberos, una pequeña furgoneta acababa de parar justo detrás, un bombero ágil, en apenas zancadas la alcanzó en el último escalón de la puerta.
-Quieta!
-Mi bebe, mi bebe esta dentro! – Gemía. Un gran estruendo, la escalera era la entrada al infierno. Ruido, sirenas, mientras el calor del abrazo que la mantenía quieta le devolvía la sensibilidad de los brazos, perdida por el frío.
Todo lo de después es una bruma.
Un hombre hablando por radio, hay un bebe dentro. Más sirenas, un depósito, mangueras.
Una voz dulce, entra en la ambulancia, nos vamos al hospital. No,no, Julien, Julien.
Un bombero, tocándole el hombro, lo siento, lo hemos encontrado, no lo ha logrado.
No pudo llorar, se quedo allí sentada en la puerta de la ambulancia, con la imagen grabada en la retina, y ese Mamá clavado en el corazón por siempre.
Vamos, otra vez la voz suave, vamos, tu marido esta esperándoos, aquí ya no hacemos nada.
Un viaje eterno en ambulancia con la sirena taladrando su cerebro.

La autopsia confirmó que el pequeño había muerto por inhalación de humo.
No ha sufrido le dijo el doctor, estaba dormido, no sufrió, no se enteró.
No se atrevió a contarlo. No habló con nadie.
Pero sus ojos se quedarían para siempre grabados.
Su voz, dulce, nueva.
Mamá. Te quiero vida mía, te quiero. Lo siento amor, lo siento.

Acostumbra a hablarle en silencio, cada vez que se queda sola, que es cuando ve sus ojos, y su sonrisa.
Ha recreado un millón de veces aquella noche, si no hubiese perdido tiempo, si no hubiese vuelto a su habitación, si…
Una forma como cualquier otra de torturarse, pero no puede evitarlo. No puede.
No puede olvidar, imposible, cada vez que mira a Ed, ve a Julien, cada vez que ve a Didi, y sus cicatrices…
Cualquier cosa se lo recuerda, un niño con sus ojos, otro con su edad, una mirada furtiva en la calle le hace sentir juzgada, piensa: Lo sabrá? Qué tontería. Y como un criminal continúa caminando, con miedo.
Hay días que se siente culpable, la mayoría, piensa en lo injusto de la vida…
Cree en el fondo que hizo la elección más egoísta, dejar allí al único que no gritaría por siempre en su conciencia…
El único que no suplicaría que le salvase.
Otros días sabe que hizo lo único que podía hacer, salvarlos. Que no había mas opciones, perderle o morir todos.
Pero por qué elegirle a el?

Le amaba, tanto o más que a los otros, aún le ama… Lo hará siempre.

Se mudaron, no pudo concebir volver a aquella casa, a lo que quedó de ella. No pudo recoger sus cosas, no se sintió capaz, y decidieron comenzar de cero.
Tarea imposible, el cero tiene forma de ojo, como los ojos de Julien…
Y el sol que les despierta por las mañanas le trae su sonrisa a la memoria.
Y cuando escucha jugar a sus hijos le ve, observándolos y riendo…
Y cuando respira le siente, y cuando deja de hacerlo, también…

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