Dime…

Dime…

40 días. Postparto.
Un mail.
Desesperación, casi locura, depresión, cansancio, dolor…

No se por qué te escribo. Tal vez un desahogo, pero te leo, y necesito que me digas que pasará pronto.
Vivo en un agotamiento permanente, superada, triste.
No puedo más.
No me conozco, no conozco a esa mujer que piensa: por qué no te callas cuando comienza a llorar por séptima vez en las últimas dos horas.
Que desea que se duerma y liberar los brazos para ocuparlos en nada.
Que piensa en alejarle cuando se engancha a mi pecho dolorido. Que aprieta los dientes y le odia un poco cuando culebrea sobre la cicatriz de mi reciente cesárea. 40 días y aún duele…
Dime que volveré a ser la de antes. Que volveré a sonreír. Que pasará esta lucha cuerpo a cuerpo…
Dime…

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El postparto.

Hace 60 días que di a luz. Qué bonito suena así.

Hace 60 días que de mi cuerpo nació una flor. Poético.

Hace 60 días que un milagro ocurrió en mi. Religioso.

Hace 60 días que parí, que mi cuerpo se abrió y en una pelea encarnizada sacó de mi vientre a mi hijo.
Así suena mejor.
Así me siento, como una guerrera emponderada e incansable, capaz de todo. Luchadora y defensora de mis frutos.

Así y en mil ejemplos mas(Tantos como partos) puedes verte.
Y tantos partos hay como postpartos o puerperios. No hay mas que hablar con otras mujeres, y cada una te contará su historia, su sentir.
Quien inmersa en un cóctel hormonal se come el mundo, quien tras el parto oscurece y se esconde por miedo al sol.
Quien ha sido educada o ha crecido entre mujeres que creen que después de un nacimiento hay que reposar por costumbre, o quienes el agotamiento del parto les aboca a un reposo necesario…
Todos son válidos, todos posibles.

Mi puerperio (esos 40 días, más o menos, físicos en los que el cuerpo vuelve al estado anterior de la maternidad) es un viaje hormonal, productivo y lleno de luz.
Me encuentro mejor que nunca. Así han sido en todos mis partos.
Pero cuánto dura el puerperio o postparto, 40 días?
Y el puerperio o postparto psicológico? Cuántos meses, años, vidas nos dura? Y digo vidas porque jamás volveré a ser la mujer que era antes, la maternidad coloca filtros en la mirada que jamás soñaste con ver, es así.

Y hoy que me encuentro puérpera total me da por reflexionar, tal vez sea el inicio de año, para mi un apeadero en la mitad del camino, porque dentro de unas semanas me reincorporaré a la vida laboral.
Aún estoy de posparto? Mi ropa ya me cabe, soy de esas afortunadas(O no) en las que después del parto volver al peso anterior es solo un paseo, tal vez la lactancia o la actividad diaria, tal vez la herencia genética, no lo se.
Pero me miro y veo mi vientre, blandito, apenas la única señal del embarazo. Me miro y me gusto. Me gusta también mi vientre blandito, mi piel elástica capaz de ampliarse diez veces. La única estría marcada al lado de una cicatriz antigua, el mapa mágico grabado sobre mi piel.
El primer hogar de mis hijos, su primer reino.

Y me descubro de nuevo a mi misma frente al espejo.
Y me redescubro.
Y me pongo en la piel de otras. Otras que tras estos dos meses comienzan a salir sin temor a la calle, que intenta reencontrar esa fuerza que las abandonó tras el parto.
No, no es depresión postparto, es algo más sutil, esa astenia, esa falta de energía.
No, tampoco es debilidad, porque son madres, mujeres, en las que la debilidad no cabe.

Me miro en el espejo y me pongo en la piel de Natalia.
Ella también está en pleno puerperio.
Apenas dos semanas de distancia entre nuestros partos.

Y la veo bella y hermosa frente al espejo, pero ella no se ve. El postparto le ha hecho empequeñecer, esas voces que a modo de ayuda atosigan y ejemplarizan, que ofrecen consejos no pedidos, que critican las formas de ejercer tu maternidad…
Familia, amigos y entorno que creen que el puerperio dura exactamente 40 días, y que el día 41 es hora de abrir las ventanas y sacar las alfombras vitales al sol.
Mujeres que viven entre algodones la cuarentena y que de pronto ya no son aptas para ser mimadas y cuidadas.
Cuánto dura el postparto?
Esa sensación de viajar desnuda y descalza sobre el mundo?
Porque así se sienten muchas mujeres tras su maternidad, desnudas y descalzas, redescubriéndose en armonía consigo mismas, desintonizadas del mundo, en una realidad paralela, la suya, en la que precisan silencio, intimidad, interiorizar…

Para Natalia la maternidad le ha despertado su ente más tierno, frágil y delicado. Le ha hecho ser una mujer feliz dentro de una burbuja de jabón, desde la que cualquier situación crece y se convierte en una montaña de dimensiones desconocidas.
Una pompa jabonosa desde la que el sol brilla mas, pero desde la que la oscuridad es también mas oscura.

Y desde esa fragilidad ciertos comentarios, ciertas críticas queman como agravios y ofenden y duelen.
Pero duele más que solo tu leas entre líneas esas ofensas, y quienes te quieren intenten hacerte ver que no son tan graves, o tan duras las críticas. El sentirse sola, y abandonada con tu bebe en brazos.
Nadando entre lo que creemos incomprensión.

Malas jugadas de las hormonas.
Tristezas infinitas que se acompasan con alegrías increíbles.
Toboganes de sentimientos.

Y no, no ayuda vivir inmersos en la nueva era de la información, donde mediante cualquier dispositivo se encuentra una tribu o una amiga, pero cuando cae la luz y se desconecta se ve más amplia y sola la casa.
Donde cualquier grito de auxilio es acompañado por decenas de manos dispuestas a ayudar en las redes, pero que en la soledad de la tarde, con las ventanas oscuras no hay manos para secar las lágrimas, están lejos.
Una soledad en macro-compañía.

Y en esa soledad oscura y hormonada todas las noches ataca el pensamiento de la vuelta al trabajo, ese sentir doloroso y trasnochador que nos acompaña a todas, el día D, la hora H en la que deberemos dejar nuestro corazón durante unas horas.
Y no importa que existan abuelas, tías, o una buena niñera o nana a la que dejar en confianza a nuestros pequeños, el sentimiento será igual de autodestructivo. De abandono.
Esa soledad oscura, desde la que somos capaces de ver y sufrir momentos no acaecidos, donde nos afligimos de los posibles padecimientos de nuestros niños, que con la luz del día apenas duelen.

Ese puerperio, con o sin fecha de caducidad, con o sin tristeza, con o sin alegría, nos toca a todas.
Y durante meses el mundo será una montaña rusa, donde a veces estaremos arriba disfrutando y creciendo, y otras abajo haciéndonos pequeñitas.

Yo te digo: Rompe tu pompa Natalia! Durante unos meses tal vez un año o dos, te sentirás así, pero no estás sola, cambiamos, mejoramos, crecemos y aprendemos a vivir y compartir nuestras nuevas vidas, nuestros nuevos momentos.
Aprendemos a nadar entre hormonas y nos redescubrimos frente al espejo.
Tu en tu pompa, hermosa, frágil, etérea pero poderosa, amante y fiera.
Yo en mi locura feliz, pero también tenue y sutil, a veces quebradiza, a veces afligida.

Ambas reinas, creadoras, fuertes…
Ambas madres.

Busca en ti, y mira lo que yo veo.
Busco en mi, y miro lo que tu ves.

Y lloraremos con días de diferencia nuestra despedida del remanso maternal, y volveremos entre lágrimas al trabajo, y volveremos, y volveremos y volveremos…
Con sonrisas y alegrías a reencontrarnos con el otro yo, el yo mujer y lo compaginaremos y nos reiremos en los ratos de asueto de aquellos días hormonados y tristes.
Y aprenderemos y creceremos, y simplemente seguiremos andando por el camino…


Esencia de madre, una magnifica obra de Andrea Arco Blanco

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El infierno de la maternidad.

Hoy traigo la historia de Laia.

Hace unos meses tuve la suerte de conocerla virtualmente y desde entonces hemos compartido muchas conversaciones vía mail.

Cuando llegó a mi estaba superando una depresión postparto que arrastraba hacía más de dos años

Hoy puede decir orgullosa que la ha superado, aunque también le ha cambiado su sentir y su vida. (Yo digo que a mejor) Porque aunque no conocí a la Laia de antes, conozco a la de ahora y es magnífica. Hace tan solo unas semanas me pidió que pusiese letra a su experiencia, que visibilizara una etapa de algunas maternidades que resulta arrolladoramente cruel.

Leyéndola he llorado y aunque he intentado ser fiel a los hechos ha sido un ejercicio difícil y doloroso que jamás me acercará ni remotamente a su experiencia. Pero aquí os lo dejo.

Y ambas esperamos que sirva para que otras mujeres no se sientan perdidas y solas.

Porque la oscuridad también forma parte de la luz.

Porque ella merece leerlo como historia y pasado, y sonreír al lado de su amado hijo.

 

Fue mi primer embarazo y tras la experiencia considero que el único. Tras una larga relación y el deseo que nunca llegaba de tener descendencia pase por un divorcio doloroso e incómodo. Al poco conocí a Ferrán. Éramos la pareja perfecta, disfrutábamos juntos y me hacía muy feliz. A los pocos meses de conocernos nos fuimos a vivir juntos. No habíamos celebrado nuestro primer aniversario cuando me quedeéembarazada. Desde el primer momento fue un notición. La emoción, la guinda de nuestro pastel, nuestra felicidad absoluta. Nos preparamos a lo grande para su llegada. Un embarazo maravilloso, un buen parto en un hospital donde me apoyaron y me hicieron sentir protagonista.

Me enamore irremisiblemente de Arnau nada más verle. Y desde el primer instante no quise separarme de él.

Salimos del hospital felices y completos. Ferrán pidió vacaciones sumadas a la paternal, teníamos todo planeado, el primer mes de vida de Arnau juntos y apoyándonos.

Cuando llegamos a casa desde el hospital me cayó todo el cansancio del parto de golpe, caí en tres días de sueño abotargado apenas roto para dar de mamar a mi bebe, y para ser alimentada con amor y ternura por mi pareja con sopas calientes y comprensión, aunque preocupado Ferrán insistió en visitar el hospital asustado por la posibilidad de hemorragias internas o infecciones. Ante su insistencia hice el esfuerzo de intentar hacer vida en el hogar.

Esfuerzo. Eso recuerdo. No me apetecía salir de casa, ni visitas. Desconectaba a escondidas el teléfono, y el timbre. El se hizo cargo de todas las necesidades del bebe, yo apenas le sujetaba para darle de mamar. Mamaba rápido y bien, una suerte de lactancia, y volvía a los brazos cálidos de su progenitor. Vivía en un abrazo permanente con él. Aun hoy es así, un vínculo increíble entre padre e hijo.

Empecé a pensar que algo ocurría, no le sentía mío ni propio. Me ponía nerviosa cuando presentía su hambre, me hacia la dormida si le escuchaba llorar. Con diez días de vida Ferrán trajo una matrona de visita y prácticamente me obligo a hablar con ella y dejarme reconocer. Predijo una depresión pos parto. Nos dijo que era mucho más habitual de lo que se piensa, que en unos días me encontraría mejor.

Ferrán le pidió a mi madre que viniese un par de semanas a vivir con nosotros y me llenó de besos y flores.

Todo empeoró. Con su actitud, con la sobreprotección comencé a sentir que nos habíamos equivocado. No era nuestro momento. Arnau sobraba, ese pequeño ser nos robaba espacio. Sentía celos del vínculo que se estaba creando entre ellos, no de mi hijo, de mi carne, sino del tiempo y del espacio que pasaba con su padre, tiempo y espacio que me negaban a mí, como una quinceañera, descubrí los celos teñidos de rencor y desprecio hacia el niño.

Empecé a sentir rechazo cuando le daba de mamar, lo maquillé de dolor y supliqué a mi madre biberones y leche. El mismo día que Ferrán comenzó a trabajar de nuevo terminó mi lactancia.

Ya no me necesitaba ni para alimentarse, así que pasó a ser exclusivo de mi madre, hasta que volvía Ferrán y se hacía parte suya.

Yo pasaba el día en penumbras, durmiendo en mi habitación. Me abandoné y abandoné a todos. Me alejé emborrachada en los momentos lúcidos de culpabilidad y tristeza, y de dolor por la sensación de rechazo hacia ese ser que había coartado mi vida.

Sentía que mi madre y mi pareja llevaban una vida ajena a mí, que hablaban a mis espaldas, experimentaba frustración y desconsuelo.

Seis semanas después de mi parto Ferrán se sentó a mi lado en la cama: – Algo no va bien. Hace días que no tocas a nuestro hijo. Necesitamos ayuda. Tenemos cita en la clínica. Mañana nos atenderán.- Fue dulce, pese a todo, pese a darme cuenta de que su frente estaba marcada por nuevas arrugas desconocidas para mi, por sombras preocupadas y mucho cansancio.

Acudí a la clínica consciente pero resentida. Un equipo formado por mi ginecóloga, una matrona y un psiquiatra me diagnosticaron una depresión severa. Medicación, terapia individual y terapia grupal.

Mi madre siguió a nuestro lado. Y yo termine de hundirme. Dicen que no hay recuperación si no se llega al fondo, y yo llegue. Con las visitas y la terapia de grupo me di cuenta de que las otras mujeres habían llegado a la depresión postparto desde partos duros, pérdidas, familias que no les apoyaban, parejas que minimizaban sus sentimientos. Por qué entonces yo sufría una depresión post parto? Yo no podía quejarme de nada de eso. Todo parecía abocado a mi felicidad, mi pareja, mi familia, mi parto, mi situación, y sin embargo era la mas triste de las almas. Me hice consciente de que yo no era una depresiva, era simplemente una mala madre, que no había aceptado a su hijo. Pero me guarde de exponer lo que sentía, comencé a vivir una agotadora doble vida, la de disimular en casa como me sentía. Hoy hablo de ello con mi pareja y se ríe. Yo lo intentaba, pero solo era eso, intento. El veía como me había cambiado el carácter, me volví taciturna y antisocial, apenas tocaba a mi hijo, me escondía si escuchaba el timbre, no cogía el teléfono…

Escuchar llorar a Arnau suponía una tragedia para mí, no sabía dónde esconderme, donde negar su existencia.

Una tarde mi madre había salido a comprar, estaba sola en casa, con Arnau, había tomado el biberón apenas una hora antes, tenía 4 meses, recuerdo perfectamente su primer gorgojeo, desde otra habitación, me quedé quieta, a la espera de que fuese solo un sueño. Unos ruiditos mas de aviso, estaba despierto. Silencio para coger aire y el comienzo del fin. Un llanto monótono pero chirriante, que se adentraba en mi cerebro. Me acerque casi a hurtadillas a la cuna, me miraba. Intente hablarle. Pero no sabía cómo, nunca le había hablado. Qué tienes? Llanto. Atisbé por encima de la ropa y parecía limpio, encontré en el mueble un biberón de agua y se lo ofrecí, en vano. Seguía llorando. Pensé en cogerlo pero me daba pavor. Siguió llorando durante casi una hora, y yo de pie, delante de la cuna ajena a su dolor, embriagada del mío. Que había hecho yo para merecer a ese pequeño energúmeno gritón. Mi madre entró, le había escuchado llorar desde la escalera, había tirado las bolsas al suelo, me apartó de un empujón y le cogió en brazos mientras gritaba:- Qué le has hecho monstruo???

Me escondí dentro de un armario. Esa noche me tome todo el blíster de ansiolíticos que tenía en casa. En realidad no quería suicidarme, quería huir, huir de las tremendas ganas, de la necesidad de dañar a mi hijo, ese pequeño esperpento, que descubrí también me había robado a mi madre.

Recuerdo los días siguientes ingresada en el hospital, no había sido grave, afortunadamente para mí, no tenía suficientes pastillas, y mi pareja fue rauda en avisar a la ambulancia.

La vuelta a casa, asustada. No había vuelto a ver a mi madre. Al llegar me informaron de las nuevas normas, no podía quedarme a solas, mucho menos con el bebe, Ferrán había solicitado permiso y había dejado de trabajar. Los médicos habían decidido aumentar la medicación y la terapia. Una terapeuta vendría varios días a la semana a casa para tratarme en mi ambiente. Me sentía un monigote, un títere en mi propia vida, sin voz ni voto. Hable con Ferrán de divorcio, de final, y el simplemente me pidió tiempo y paciencia. Yo no me sentía enferma, solo asqueada y cansada.

La terapeuta, impuso sus visitas, charlas, sólo comedia, decía lo que sabían que quería escuchar, aunque era imposible superar el miedo a tocar al niño. Ferrán estaba distante, y yo me hacia películas en la cabeza de vidas nuevas, lejos de todo, en las que nunca había cabida para mi hijo.

Poco a poco, nuestra convivencia se fue normalizando, más por necesidad que por superación. Un par de meses antes de cumplir el año le cambié un pañal, bajo la atenta supervisión de todos. Recuerdo, la sensación de asco. El olor. El bebe ya no lo era tanto, gateaba y buscaba cualquier ser para regalarle una sonrisa, a mi también. Me perseguía y me miraba intensamente, tal vez preguntándose quién era yo. El día que cumplía un año, la casa se vistió de colores, Ferrán decidió y así me lo hizo saber que había terminado el escondernos, que había una vida ahí fuera, y que había llegado el momento de decidir si vivirla o quedarme al margen. Ese ultimátum me rompió por dentro, mis hasta entonces anhelados sueños de libertad de pronto tan cercanos se volvieron aterradores. Organizó una fiesta de cumpleaños, y pasó toda la mañana acompañado de mi madre organizando los preparativos, Arnau, desatendido por ambos, decidió seguirme. Estaba en mi dormitorio, mío porque hacía meses que no compartía con nadie, leyendo. El pequeño aventurero entró gateando, y apoyado en la cama se levantó y ante mi vista dio sus primeros dos pasos hacia mí. Una sonrisa y un: Ma? Jamás antes dicho refiriéndose a mí. No sé que se me paso por la cabeza, no sé que manejaba mi cuerpo, pero le golpeé. Apenas un revés de muñeca, certero contra su rostro, el grito inmediato de sorpresa y dolor de Arnau, la sangre, de su labio partido y de su nariz golpeada…

El mundo enmudeció y a cámara lenta fui consciente de todo un año de dolor, fui consciente de su presencia, de su calor, de mi necesidad. Mientras el mundo se paraba le cogía en brazos y le abrazaba mientras le acompañaba en un llanto por fin liberador. Mientras le juraba que nunca más le haría daño, mientras le amaba todo lo que no había sido capaz de amarle.

Y el mundo quitó el freno y comenzó a girar de nuevo. Apenas recuerdo el resto, Ferrán y mi madre histéricos y llorando también, una ambulancia, un hospital. Había sufrido una crisis de ansiedad. Ese fue el diagnostico, pero yo sé que no, no fue una crisis. Fueron todas las lágrimas, los besos, los abrazos que no le había dado en su primer año de vida, todo el calor y el amor omitidos que reventaron y salieron a raudales en forma de lágrimas. Fue una bombilla encendida en mi cerebro.

No mi historia no termina como en un cuento de hadas tras el beso del príncipe. La vuelta a casa, pese a sentirme receptiva, animada, hablar y explicar, fue dura y dolorosa, no confiaban en mi. Nadie. Arnau sin embargo sí. El aprovechaba cualquier resquicio para correr a mis brazos. Y mientras le abrazaba a veces volvían las dudas y siempre el miedo, el miedo a volver a dañarle. El miedo de rememorar las veces que en silencio en mi mente le había golpeado y dañado. El dolor de saber que durante meses había odiado a ese pequeño ángel que hoy me perdonaba y amaba incondicionalmente.

Un año más de terapia, de ayuda y medicación de besos y juegos trajeron cierta normalidad. Ferrán había vuelto al trabajo y mi madre, el día que celebramos su segundo año se marchó de casa, con el beneplácito de todo el equipo que me trataba para devolvernos el espacio en nuestro hogar. Por fin, era una madre a ojos del mundo. Mi relación con Ferrán aunque hoy es inamovible y férrea, siempre dispondrá de pozos oscuros, aquellos por los que pasamos y llenamos de bilis.

En dos meses celebraremos los tres años de Arnau. Y mi alta total. He superado mi depresión postparto, o eso dicen. Porque durante el resto de mi vida me queda superarme a mí misma. Superar el día de mañana el explicar a mi hijo toda nuestra terrible historia.

Hoy puedo decirlo alto, amo a mi hijo sobre todas las cosas. Creo que nunca dejé de amarle, pero algo superior y maligno se adueño de mi alma y me robó la vida.

Mi historia no es comparable con la de otras, y he conocido unas cuantas, no son cuantificables, ni mejores, ni peores. Sólo oscuras. Películas de terror en un momento que todo el mundo da por rosa y principesco. A la depresión postparto se suma el desprecio del entorno, se suma el desconcierto de quien te quiere, la sinrazón y la incomprensión.

El peor de los actos contra natura, el de la madre desnaturalizada.

Y sin embargo más a menudo de lo que creemos ocurre. La depresión en la maternidad existe.

No estás sola. Y entre luz, a veces se da paso la oscuridad.

Porque la oscuridad también forma parte de la luz.

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