Lo único que no te tiene que gustar de la vida, es morirte.

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Para mis tres soles.

Lo único que no te tiene que gustar de tu vida, es morirte.
Nos llamaron locos, hace cinco años porque naciste al comienzo de la crisis, no hicimos números, no hicieron falta, porque sabíamos que las crisis van y vienen a lo largo de la historia, son cíclicas y temibles, pero pasan, y aunque dolorosas, aunque mordientes dejan enseñanzas, nos hacen fuertes, nos dan herramientas para sobrevivir. Las crisis pasan, pero sabíamos que nuestra vida quedaría.
Nos llamaron locos, dos! Y en tiempo de crisis! Pero nosotros no decidimos cuando empiezan los baches, ni las dificultades, pero elegimos vivir, seguir adelante pese a todo.
Nos llamaron locos, tres!! Y es que todos fuisteis deseados y bienvenidos. Significáis luchar por el futuro, y es que vosotros sois la mejor inversión, la única que siempre estará en alza, la que no cotizará en bolsa pero moverá el mundo.
Nos llaman locos, no se puede! Qué futuro les vais a dar si no cambian las cosas?
Un futuro brillante en el que todos los días amanece, en el que hay sonrisas y lágrimas, en el que hay experiencias y trabajo, y lucha, y paseos, y flores, y lluvias, en el que cuando ya no quede nada seguiremos teniendo ganas de intentarlo y de comenzar de cero.

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Hace diez años…

Hace diez años. Esta era yo.

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Me sentía la reina del mundo, una triunfadora, en el punto álgido de mi existencia, de mi carrera profesional, de mi vida.

No tenia hijos, ni los quería.

No me interesaba la infancia, ni la maternidad, ni la educación, vivía al margen de todos los temas relacionados.
Los niños me aburrían y no me consideraba apta para tenerlos, ni los quería.
Hace diez años no sabía que me derretiría una boca desdentada llena de babas…
No sabía que mi corazón aletearía cada vez que escuchase sus voces.
Y que hasta un pañal sucio merecería una sonrisa.
Hace diez años no sabía lo que era preocuparse por proveer la nevera medianamente, era más fácil encontrar Martini que leche en ella.
No me preocupaba la casa en orden, o la lavadora puesta.
No me interesó guardar las instrucciones de la tele para saber cómo poner el control parental.
Jamás pensé que forraría las esquinas de los muebles para que alguien no se golpeara con ellos.
Ni se me pasó por la cabeza que tendría que elegir entre tener la casa bonita o práctica.
Hace diez años nunca imaginé que una tarde perfecta sería aquella en que en silencio observara dormir a mi hijo. Renunciando a mi siesta.
O viendo una película infantil abrazada a uno de ellos.
O en un parque llenándonos de arena.
O tirados en la alfombra haciendo construcciones.

Hace diez años ni imaginaba lo que sería llegar a casa deseando abrazarles y llenarles de besos, y que ese tiempo de vino y risas comentando el día a la llegada del trabajo se convertiría en baños con patitos de goma, y risas y cosquillas sobre la cama.
Hace diez años comía todos los días caliente y tranquila, si sola, en compañía de uno de mis libros; si acompañada, con una charla relajada.
No sabía la satisfacción de mal comer y repartir tu plato entre la concurrencia de la mesa, para terminar comiendo sobras frías pringosas de kétchup. Y es que el plato de mama siempre es el mas rico, aunque sea idéntico al resto.
Y es que no hay mejor compañía que la suya.
Hace diez años me hubiese reído de decirme alguien que cambiaria nuestras cenas de restaurante regadas con cava por una hamburguesa con queso y coca-cola.

Hace diez años me cuidaba, tenia una preciosa melena y alguna vez me hice un corte valiente de los de visitar a menudo la peluquería, y llevaba el control de mis citas con la esteticista, y utilizaba cremas especificas para mi tipo de piel sin mirar el precio.
Y tenía una colección de perfumes y de maquillaje.
Y me conocía todas las tiendas de ropa.
Hoy mi coleta mal peinada me acompaña a todas partes, ya no uso cremas, la esteticista ya no se acuerda de mi, y en el baño la colonia infantil fue destronando los perfumes según se fueron acabando.
El maquillaje es ahora propiedad de mi hija.
Y ya sólo conozco las tiendas de ropa con sección infantil.
Y sin embargo cuando unas manos diminutas me llenan de polvos de talco me siento cuidada y plena.
Más que nunca.

Hace diez años el sexo en nuestro matrimonio era nuestra máxima exposición de amor, hoy basta cogerse la mano a un metro de distancia, separados nuestros cuerpos por sus cuerpos, y mirarnos, para saber, inequívocamente, lo grande que es nuestro amor.
Lo grande que hemos creado. Lo increíble de nuestra familia y de nuestra pareja.
Y es que veinte años no son nada. Juntos, siempre.

Hace diez años no sabía lo que era dar de mamar a un niño, ser su alimento y su consuelo, su rincón en el mundo y su sosiego.
No imaginaba que un gesto hasta entonces para mi desconocido pudiera significar tanto.
Que ese vinculo perduraría y formaría lazos increíbles entre nosotros.

Hace diez años no sabía lo que era una mala noche despertando cada diez minutos, o en vela vigilando una fiebre, o una tos, ni el miedo irracional y absurdo cuando cada dos minutos compruebas si respira.
No sabía lo que era temer, temer perderlos, que sean dañados. No hay mayor dolor que pensarlos dolidos.
Hace diez años no sabia que no hay dolor como un parto, inmenso, redondo, vivo, por el que pasarías una y mil veces con tal de volver a sentirlos y a olerlos por primera vez entre tus brazos.

Hace diez años mi vida era maravillosa.
Hoy es la versión corregida y mejorada de ella.
No me han cambiado los años, me han cambiado ellos.
A mejor.

Y es que hace diez años, jamás sospeché que la maternidad pudiese cambiarme la vida de tal modo…
Hemos crecido diez años.

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