Segunda oportunidad.

infierno

Una oportunidad. La última pidió el ladrón.
Aquel que había robado las arcas. El que había traicionado la confianza.
Fui ajusticiado, pagué mis errores. Merezco comenzar de nuevo, dijo.
Y se la dieron, le admitieron de nuevo en la ciudad, pero quería mas.
Quería las llaves del banco y nadie confiaba en el.

Una oportunidad, la última, pidió el marido. Aquel que la había maltratado durante años y exigió perdón.
Cambié decía. Pagué lo que la justicia me impuso, y fui separado de los míos, y perdí el amor. Cuánto mas he de pagar?
Y ella le perdonó, la vez mil, aunque no confiaba y no quiso volver a su lado, mejor de lejos…
Y la miraron mal, porque no es de sabios guardar rencor, y fue acusada de injusta…

Una segunda oportunidad pidió el pedófilo, rehabilitado y arrepentido.
La sociedad debe perdonar mis errores, porque ya he pagado por ellos.
Y he cumplido la peor de las condenas, y he aprendido, y donado mi vida para restaurar los daños.
Y la sociedad perdonó, pero nadie quería poner a sus hijos al alcance de sus manos.

Una oportunidad, la ultima, pidió el padre que había descargado cien veces su ira sobre su hijo.
Arrepentido pedia perdón, era joven y necio, pero la vida me ha enseñado, he madurado y he pagado por mis errores, pero el hijo no confiaba, y aunque perdonado, no pudo volver a sentirse seguro con el cerca y se alejó.
Y le culparon, porque un buen hijo no abandona a su padre…

Una oportunidad, la última, la definitiva, pidió el terrorista.
Cometí errores, vendí mi vida, lo hice mal.
Quiero empezar de cero ahora que he aprendido de mis errores, dijo tras veinte años de cárcel.

Y todos se arrepintieron, y todos pidieron perdón, y una segunda oportunidad, la última gritaban, la merecida, porque todos erramos y merecemos borrar y comenzar de nuevo…

Y el juez le dio las llaves del banco al que fue ladrón.
Y el policía le devolvió el coche al que infringió las normas.
Y la esposa le abrió la puerta al que fue su marido y agresor.
Y el cocinero le dio de nuevo la sal al que estropeó la sopa.
Y el pedófilo pudo pasear de nuevo por el parque.
Y el cristalero el diamante para cortar al que había rajado el vidrio.
Y el maestro devolvió el rotulador al que emborronó el libro.
Y el bibliotecario prestó libros al que rompió las hojas.
Y al terrorista le dejaron en libertad.

Pero la mujer que no quería volver con el marido aunque le había perdonado y había sanado las heridas, vio que sus marcas eran líneas apenas perceptibles, pero a su lado sus cicatrices latían, porque por dentro seguían blandas, húmedas.
Y cerca de el, un mar de pus las abriría por mil nuevas heridas.

Una segunda oportunidad pidió el terrorista, y tras cumplir su condena salió a la calle, y le perdonaron.
Pero nadie esperó que compartiese mesa con los hijos de sus víctimas…

El perdón es tan íntimo, a veces clarificador, a veces doloroso, pero único.
Perdonar no es borrar y comenzar de cero, perdonar es solo aprender a vivir conociendo los daños, aprendiendo a compartir el mundo con quien infringió la herida.
Aprender que hay heridas que supuraran siempre que se acerquen al verdugo, aunque estén cicatrizadas.
Porque perdonar, no es eliminar el miedo, el miedo a que se repita.

Miedo.
De que el ladrón vuelva a robar las arcas.
De que el violador abuse de otra víctima.
De que el maltratador al fin mate a su mujer.
De que el pedófilo le robe la inocencia a otro niño.
De que el terrorista mate de nuevo…

De que el infierno vuelva…

 

 

 

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Desfigurada.

Desfigurada.
Desfiguradas.
Así quedaron.
Estremecida quedé yo.

Lo siento, no comparto habitualmente fotografías de este tipo, no suelo recrearme en las desgracias, pero en este caso omitirlo es dar la razón a su torturador, afianzar su propósito, negar la existencia de las víctimas.

Por casualidad di con esta imagen, seguro que os suena, tal vez la habréis visto en algún lugar.
No os ha podido pasar desapercibida por su dureza.
Es de Ebrahim Noroozi, ganó un premio de fotografía en 2014 y capta la imagen de Somayeh Mehri (29) y Rana Afghanipour (3) madre e hija de Bam, al sur de Irán.
Sufrieron un ataque con ácido del marido de Somayeh y padre de Rana, Amir, después de que le pidiera el divorcio tras un brutal historial de malos tratos.
En junio de 2011, vertió acido sobre ellas mientras dormían. La madre perdió los dos ojos, además de las heridas visibles en su rostro y sus manos.
La hija perdió un ojo y quedó completamente desfigurada.
La imagen capta el beso de ambas. El fotógrafo lo tituló “Víctimas del amor forzado” en un país Irán, donde una mujer sigue valiendo la mitad que un hombre…

Cuando vi la foto, e intuí la edad de la niña he roto a llorar, he visto a mi hija, no he podido evitarlo. LLorar por la crueldad, por su dolor, por la injusticia…
Por eso he buscado la historia, y he decidido contarla, porque Rana, la única superviviente lo merece.
Somayeh Mehri, la madre, falleció en abril de 2015 a causa de los daños que el ácido causo en sus pulmones al tragarlo y respirarlo.

Fue historia en su día gracias al trabajo del fotógrafo, su muerte no ha merecido una reseña en las noticias.
He podido intuir con lo que he conseguido encontrar que Rana fue sometida a diversas operaciones para reconstruir parte del daño, y que hoy vive con sus abuelos maternos y una hermana algo mayor que solo sufrió quemaduras leves.
Terrible. No hay palabras.

Y sin embargo entre la devastación mas profunda, entre el dolor, entre las cicatrices que jamás volverán a dejar ver sus rostros llenos de vida, desfiguradas, destruidas, emerge la esperanza, la del profundo amor que se profesaban la una a la otra.
Pese a ser la fotografía mas dura que he visto en mucho tiempo está llena de belleza y esperanza.
Podría haberlas matado, pero no quiso hacerlo, prefirió matarlas en vida, cadáveres andantes, lo intentó, robarles la dignidad, el alma, pero no pudo.
Su alma, esa que sigue habitando entre sus ciegos ojos a causa del ácido.
Esa que brilla y reluce como un sol cuando se besan.
Esa que emerge en la fotografía y me llena de esperanza entre las lágrimas.
Cruel, matar en vida. Cruel es poco.

Una frase me ha roto el corazón, el fotógrafo plasma su beso cuando cuentan que nadie mas quiere tocarlas, sienten repulsa por su aspecto, por la carne quemada, destruida, yerma. La condena del hombre que una vez debió amarlas.
La condena es vivir en una cárcel invisible de la que no podrán huir jamás, la que forman el rechazo del resto.
Rana, estés donde estés, te abrazo y  acaricio tu imagen en la pantalla, y espero que la vida te regale los miles de abrazos y caricias que mereces. Y que alguien sepa ver entre las cicatrices la preciosa humanidad que habita debajo.

Mucho por cambiar en el mundo, un mundo dónde ninguna niña sufra por serlo.
Un mundo donde a ninguna niña le roben sus caricias…

Una historia de un país que nos queda lejos. Pero no. No nos queda tan lejos, apenas a unas horas de avión.
No son imágenes de otro mundo, ni de película, ni antiguas…
No nos queda tan lejos, cuántas mujeres han muerto ya este año?
No es comparable, he oído. por qué? Si es la misma violencia, la misma crueldad, el mismo horror…
En la puerta de casa, están muriendo mujeres por los mismos motivos, porque un hombre decidió que tenía el poder para dañarla, que le pertenecía, que no valía nada mas allá de el…
Porque para muchos hombres, en muchos países, en muchas culturas, una mujer sigue siendo menos valiosa…

 

Me gusta esta foto, las sonrisas  intactas, puras, esperanzadas…

 

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